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viernes, 14 de marzo de 2008

Izquierda Unida contra Arquímedes

Es cuanto menos llamativa la facilidad con que durante estos últimos días, la más ortodoxa gauche divine ha sabido sustituir el materialismo histórico por los principios pitagóricos. El desmerengamiento-que diría Fidel Castro- sufrido por Izquierda Unida en las elecciones del pasado domingo ha hecho que más de una calculadora tirase humo esta semana buscando el consuelo matemático en una ley d’Hondt que se presenta más implacable para los diputados izquierdistas que la brigada político-social de Franco.

Pero ésta no es la única aflicción numérica que desazona a las fuerzas del progreso. El otro gran enigma matemático que amenaza con inmovilizar a la progresía española es la teoría del Arquímedes. Se trata de ese extraño e implacable fenómeno por el cual las aguas izquierdistas se ven desplazadas por la irrupción del cuerpo felipista o zapateristas de turno, que aprovecha su líquido elemento para elevarse en cada contienda electoral en la que el voto útil llama a rebato.

Poco se puede decir del primero de estos desvelos aritméticos. Tan sólo sorprende cómo no pocos militantes y teóricos parecen haber recibido su impacto con la misma inesperada fe con que Pablo de Tarso aceptó su conversión. Si aquel tuvo que caer de su caballo –según noticias no confirmadas, todo sea dicho- para aceptar la llamada de Dios, otros han tenido que caer del grupo parlamentario para descubrir las perversiones de una ley electoral que está vigente más de treinta años.

Más calado tiene el impacto del principio descubierto por el sabio de Siracusa en los avatares de la izquierda española. Y es que desde que Felipe González impidió a Santiago Carrillo convertirse en el Enrico Berlinguer que liderase la descomposición de la izquierda, las relaciones con el socialiberalismo postmoderno han marcado los amores y odios de la siniestra. Así, no pocos han optado en los últimos tiempos por pasarse con armas y bagajes a la pretendida casa común como Diego López Garrido, o incluso al universo de papel cuché de Anita Obregón como Cristina Almeida.

Gaspar Llamazares optó –al menos por el momento- por la fórmula intermedia. Frente al quijotesco ZP, él representaría el papel del pragmático escudero, compañero de viaje leal que finalmente vería recompensada su entrega si no con una ínsula, al menos con un ministerio. Desgraciadamente, cuando dejó el cobijo virtual de Second Life, el asturiano descubrió que su organización se encontraba “sola, fané y descangallada” que diría el tango de Discépolo.

Por el contrario, otros afrontan la maldición arquimediana con la determinación del campesino frente a la sequía: sacando al santo a pasear. La supuesta coherencia ideológica se exhibe así a golpe de hoz y martillo, reivindicando una pretendida especificidad política que a menudo es mera retórica y, en ocasiones, simple reparto de cargos y anhelo por llegar a fin de mes con el acta de diputado, concejal o liberado sindical. Algo que explica la facilidad con que muchos militantes comunistas acaban en los brazos del PSOE o lo pronto que se olvidan aquellos abrazos peligrosos de algún secretario general del Partido a su homónimo socialista en plena campaña.

Con todo, lo más preocupante es que absortos entre cálculos y logaritmos se acabe olvidando el materialismo histórico. O lo que es lo mismo, esa imbricación crítica en una sociedad cada vez más desarticulada y vulnerable a fuerza de recibir golpes de ese neoliberalismo beato y cuartelario de los populares, o aquel otro con el rostro amable de ZP. Por eso es urgente recuperar a Marx, a Karl y a Groucho, a los dos, para que la próxima crisis financiera nos pille, al menos, confesados. Y salir a pasear por las calles, aunque eso nos deje sin un diputado.

sábado, 8 de marzo de 2008

Desde la angustia

España, 8 de marzo. Hoy, víspera de elecciones generales, es jornada de reflexión. Y sin embargo, resulta difícil pensar con tres disparos en el cerebro.

Las detonaciones que ayer segaron la vida en Mondragón de Isaías Carrasco retumban hoy entre las fauces de la bestia. Ayer unos salvapatrias arrojaron sus esputos de plomo con la pretenciosa vocación de promover el diálogo de las bocas partidas. Hoy otros salvapatrias nos recordarán de nuevo el añejo discurso del “no hay descanso contra la hidra” y lanzarán sus índices temblorosos contra quien ose cuestionar la cárcel y el silencio

Pero entre ese retumbar de ecos en la caverna, sólo una certeza: Isaías quedó tendido en el suelo, como un simple cuerpo descoyuntado cubierto de sangre y vergüenza. Los salvapatrias podrán ahora escuchar complacientes sus discursos retroalimentados, entregarse al onanismo mental de las grandes palabras.

Y mañana otra voz podrá ser amordaza, otro pensamiento prohibido, otro disparo esparcirá la nada. El tiovivo macabro sigue así su rueda. Por eso hoy, 8 de marzo, en España es imprescindible la reflexión. Mucho más, incluso, que ir a votar mañana.

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Imagen: Comiendo cuchillo de Juan Roberto Diago

lunes, 25 de febrero de 2008

De autodeterminaciones y otras bombas



Las incursiones de los aviones y helicópteros turcos sobre las regiones de Zap, Hakurk o Haftanin en busca de guerrilleros del PKK han hecho que la política internacional regrese a la situación en que se hallaba antes de la polémica independencia de Kosovo: la arbitrariedad, la ley del más fuerte, la impunidad. El respaldo de Estados Unidos a esta nueva intervención de Ankara en el norte de Iraq desarma así todos los miedos despertados no sólo entre algunos competidores regionales como Rusia, preocupada porque el ejemplo kosovar se extienda por tierras caucásicas, sino incluso entre ciertos aliados, como el Gobierno español de José Luis Zapatero temeroso de que el influjo balcánico diera alas suficientes a cualquier lehendakari de turno encaprichado en aguarle la campaña electoral.

Sin embargo todo fue un espejismo. Porque la comprensión norteamericana a los ataques contra los kurdos en territorio iraquí –entre democráticos a regañadientes, eso sí, y condicionada, por supuesto, a que, como señaló el Secretario de Defensa, Robert Gates, los turcos se vayan “cuando hayan cumplido su misión”- deja bien a las claras que la voluntad de Washington no era convertir los hechos consumados de Kosovo en un precedente universal de respeto a la autodeterminación. A fin de cuentas, el apoyo de Georges Bush a la independencia kosovar, al margen del derecho internacional, sólo pretendía culminar la construcción de la macrobase militar de Campo Bondsteel. Eso y, de paso, lograr que en vísperas de la entrega de los Óscar los norteamericanos recuperarán unas gotas de autoestima contemplando en sus televisores la imagen de ciudadanos agradecidos enarbolando la enseña de las barras y estrellas por las pobres calles de Pristina, todo un espectáculo para un público resignado hace tiempo a ver la patriótica bandera cubriendo sólo interminables féretros procedentes de Iraq o Afganistán.

Por eso las bombas turcas que hoy estarán cayendo sobre las montañas de Qandil y sus habitantes, son un mensaje claro para los gobiernos preocupados por lo que puedan pensar, entre tantos otros, sus ciudadanos en Chechenia, Palestina, Transnitria, Osetia del Sur, Nagorno Karabaj, Xinjiang, Tibet, Sáhara Occidental, Chipre, Mindanao, Pattani, Québec, o Euskadi. La respuesta a sus temores es clara: señores gobernantes, ustedes pueden seguir haciendo con sus respectivas minorías lo que les dé la gana.

De este modo, la Audiencia Nacional puede insistir estos días en prohibir partidos con la tranquilidad de conciencia que otorga las firmes convicciones democráticas. Y por eso, también, en la región de Mitrovica miles de serbios ignoran cuál será su futuro en el nuevo Kosovo independiente. Tal vez huir, como ya han hecho tantos otros miles de serbios durante los últimos años ante el mutismo de la prensa internacional que había decidido que aquellos infelices formaban parte de los Imperio del Mal. Eso sí, esta vez su posible expulsión estará supervisada por un general español. Todo un consuelo.

miércoles, 23 de enero de 2008

El dulce sueño de las mil y una noches



Desde los encuentros de José María Aznar con George Bush en el rancho de Crawford, la derecha española se encuentra atrapada por el embrujo de Karl Rove. Frente a los nostálgicos progresistas anclados en el afán de analizar la realidad para cambiarla —esa trasnochada reality-based community—, un asesor presidencial -que todo indica que fue Rove en una reprimenda privada al periodista Ron Suskind- defiendió la opción de inventar a cada momento realidades que se ajusten a los planes diseñados por el gabinete de sabios de la Casa Blanca.

El asesor del presidente norteamericano elevó así el engaño al rango de teoría política. Y desde ese momento, ni Washington ni el Pentágono reparan en gastos para buscar los mejores relatos con los que embaucar a los ciudadanos en lo que ya se conoce como la estrategia de Sherezade. Así, el Despacho Oval se llenó de diseñadores y productores televisivos a los que se encargó las mejoras tomas del presidente para promocionar sus hazañas bélicas por Oriente, o incluso de magos, como David Blaine, tal vez en un desesperado intento de sacar de la chistera las desaparecidas armas de destrucción masiva que justificaran la matanza.

Pese a lo cuestionado de sus teorías a la vista de lo que ocurre por Afganistán, Irak o Palestina, la música de Rove sigue inspirando a las cabezas pensantes de la calle Génova. El problema radica en que a la hora de escribir buenos guiones, España nunca tuvo la tradición épica de Hollywood, ni siquiera la colorista de Bollywood. Por eso, a Mariano Rajoy en lugar de superproducciones a lo Cecil B. de Mille, se la ha llenado la agenda política de películas a lo Sáez de Heredia de la posguerra.

En realidad no podía ser de otra forma con un imaginario conservador construido sobre la base de Raza, A mi la Legión y Marcelino, pan y vino. Una fusión entre cuartel y sacristía que se deja sentir en los grandes relatos difundidos por el PP durante estos últimos cuatro años: la conspiración judeomasónica tras los atentados del 11-M, la ruptura de España, la patria entregada a las malvadas ambiciones de los terroristas. Guiones vetustos y exagerados que pese a los intentos de la Conferencia Episcopal, parecen llegar agotados al arranque de la campaña.

De hecho, en las últimas semanas los populares han dejado en segundo plano los grandes relatos, ante el tirón de audiencia obtenido con el culebrón barato de amores y traiciones protagonizado por Alberto Ruiz Galladón y Esperanza Aguirre. Un sainete recibido con alborozo por la audiencia progresista empeñada en presentar al ambicioso alcalde de Madrid como a una especia de antihéroe con el que identificarse.

Y es que, con todo, lo peor no es tanto el afán del PP por crear y recrear ficciones a la medida de sus estrategias políticas, como la incapacidad de los socialistas por imponer sus propios relatos, más inspirados en la modernidad manchega de Pedro Almodóvar. En realidad, si en un principio el PSOE se sintió incómodo por la presión mediática que recaía sobre la desorientada personalidad de José Luis Rodríguez Zapatero, lo cierto es que ahora se encuentra encantado con la marcha del relato popular. Especialmente con la irrupción de Manuel Pizarro como estrella invitada en el serial televisivo. Su entrada en escena ha permitido rebajar la tensión sobre Zapatero y redirigir el protagonismo de la campaña electoral hacia los número dos de cada partido. Una maniobra que permite al europeísta Felipe González alertar del giro del PP hacia la derecha ultramontana, mientras se disimula el desmelene neoliberal que supone situar a Pedro Solbes en el primer plano de la pugna política. De este modo, el Ministro de Economía, pletórico de osadía, amenaza con debates para matizar los delirios del ex presidente de Endesa. Y al mismo tiempo, el Gobierno apoya la causa saharaui regalando misiles a Marruecos, el derecho de la mujer a decidir libremente su maternidad retrocede a los años 70 del siglo pasado y el juez Baltasar Garzón se entrega ensimismado a su misión histórica de salvar la democracia prohibiendo partidos.

Mientras tanto, Sherezade continúa relatando las historias que inventara Karl Rove. Y la reality-based community española sigue entregándose al sueño dulce de las mil y una noches.

jueves, 20 de diciembre de 2007

La democracia del carpetazo


Las nuevas tecnologías casi han condenado a la prehistoria de los recuerdos aquella castiza expresión que daba por acabado un asunto que se antojaba difícil e interminable: “dar carpetazo”. Aquel pesado caer de azules tapas de cartón sobre los papeles y el seco latigazo de unas gomas amarrando las esquinas, señalaban que había llegado el momento de conducir aquellos documentos y legajos a los fríos depósitos del olvido, aceptando así una lógica burocrática tan incomprensible, como incuestionable.

En cualquier caso, hoy, cuando las carpetas están quedando reducidas a un inmaterial icono en la pantalla del ordenador, seguimos sumidos en esta cultura del “carpetazo”. Más aún. Esa resolutiva forma de entender la vida se ha incrustado hasta tal punto en la sociedad que cada vez nos sorprende menos esta suerte de “democracia del carpetazo” en que se ha convertido la política.

No en vano, tiempo atrás, aún lograba escandalizarnos la facilidad con que algunos políticos recurrían a este rigor burocrático para zanjar los contratiempos. Todavía causa cierta dentera ética recordar la afirmación de “teníamos un problema y lo hemos resuelto”, lanzada por José María Aznar hace algo más que una década, para justificar la decisión de dar carpetazo a la incómoda llegada de inmigrantes a base de narcotizadas repatriaciones.

Por el contrario, a estas alturas ni siquiera nos inmuta que el progresista Gaspar Llamazares, tras sentirse exultante por haber sido designado candidato de IU con el rechazo del 14,1% de la militancia y la indiferencia del 62,5%, decida animar la participación crítica en el seno de la organización a golpe de “carpetazo”, purgando a Felipe Alcaraz, Manuel Monereo y Willy Meyer de la dirección. O desautorizando la asamblea de EUPV para ir en defensa de una minoría tan “perseguida” en el País Valenciano que tiene la mayoría en el grupo parlamentario autonómico, donde pudo aplicar la “política del carpetazo” de su mentor en Madrid y destituir contra lo acordada a la dirigente Glòria Marcos.

Lo más curioso, con todo, no es la apatía con que se reciben estos hechos, sino el alborozo con que son acogidos por comunicadores y columnistas encantados con esta nueva “democracia del carpetazo” que pone coto a las ideas “añejas” y “trasnochadas” de una izquierda que se resiste a la modernidad. No en vano, este tipo de prácticas son desde ahora esencia misma de la arquitectura política europea desde el momento en que Bruselas optó por “dar carpetazo” a la crisis abierta por el rechazo ciudadano a la Constitución comunitaria, con la expeditiva decisión de anular cualquier referéndum y aprobar el documento camuflado ahora como Tratado de Lisboa.

Eso sí, para guardar las formas, una comisión de sabios analizará los retos que aguardan al futuro de Europa. Al frente de la misma estará Felipe González, cuya filosofía política se condensa en un proverbio: “gato blanco, gato negro. Lo importante es que cace ratones”. La oposición democrática en Venezuela seguro que está encantada.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Las dudas



René Descartes nos recordó hace tiempo que la duda es buena consejera en el difícil camino del conocimiento. El dogma es enemigo de la curiosidad y una mínima dosis de duda es, posiblemente, el mejor antídoto contra la intransigencia. Si el filósofo francés aplicaba la receta al campo de la investigación, no parece menos apropiado el remedio para los delicados males de la política.

Y, sin embargo, la duda cartesiana parece un recurso cada vez más en desuso en nuestras decadentes y autosatisfechas democracias. Si las gigantescas letras que componían la palabra ZWEIFEL(1), con que el artista nórdico Lars Lamberg coronó el Palast der Republik de Berlín, el antiguo parlamento de la RDA, estaban cargadas de escepticismo ante la caída del muro, la decisión de la canciller Angela Merkel de eliminar el oxidado edificio de las orillas del río Spree no está menos llena de metafórica certeza. En la nueva Europa neoliberal del siglo XXI no hay espacio para la duda.

Como tampoco lo hay en los Estados Unidos, donde la gastada democracia alabada un día por Alexis de Tocqueville se rinde ante los herederos del senador Mcarthy empeñados en dar en Guantánamo una última vuelta de tuerca a su obsesiva caza de brujas. Frente al terrorista, como ayer frente al comunista o al hereje, no cabe la duda: sólo la implacable determinación. Más aún, la mínima vacilación resultará sospechosa.

De este modo, el terrorista, encarnación del Mal como el Ángel Caído, ni siquiera necesita materializar su maldad. Y si a los ojos de Dios un mal pensamiento es suficiente para la condena eterna, a los ojos del Estado postmoderno y globalizado un pensamiento inadecuado merece la respuesta de todo el peso de ley. En Guantánamo… o en Madrid.

Por eso es irrelevante que al medio centenar de imputados en el proceso 18/98 no se les acuse de ningún atentado, ni de comprar explosivos. Simplemente, pertenecían a la izquierda abertzale, lo que irremediablemente les convierte en miembros de ETA y, por lo tanto, en merecedores de 527 años y seis meses de prisión. A fin de cuentas, como señala el informe del fiscal, ¿acaso no buscaban “impulsar la revolución desde dentro del sistema democrático”?.

También ANV forma parte de la izquierda abertzale. Aunque ellos mismos siempre se definieron así, lo ha descubierto ahora la Guardia Civil. Y lo ponen por escrito, en rigurosos informes de los servicios de benemérita inteligencia, cuya sola existencia evidencia las peores sospechas. Por eso habrá que ilegalizarla, y luego encarcelar a sus líderes o, incluso, quién sabe, a sus miles de votantes.

Más aún, tal vez algún día sea necesario ilegalizar o encarcelar a esos afiliados, votantes o simpatizantes de IU o del PCE –puede que incluso a algún despistado socialista- que aspiran a realizar la revolución desde dentro del sistema democrático. Como si pensar que el objetivo de la democracia es posibilitar la transformación social y política sin recurrir a la violencia, no les convirtiera en sospechosos de ingenuidad.

No, frente a las ideas inapropiadas no cabe la duda, ni el titubeo, ni la indecisión. Mariano Rajoy, Ángel Acebes y Eduardo Zaplana están vigilantes. Y los asesores de José Luis Rodríguez Zapatero recomiendan un giro al centro.

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(1) "Duda" en alemán

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Tierra de nadie


A fuerza de vivir a medio camino entre la globalización y la realidad virtual, hemos acabado condenados a deambular por una especia de tierra de nadie, de limbo geográfico donde afrontar el día a día. Espacio incierto al que ni la muerte parece poner perfiles definidos una vez apurado el último trago.

Es lo que le pasa a José Herrera, difunto tullido y desventurado, que espera desde hace semanas en una fría morgue valenciana que alguien decida cual es el destino final de sus incompletos huesos. Recaló con sus males en una residencia de Picassent, pero le atacó la definitiva en la habitación de un hospital de Valencia. Ahora, ni unos ni otros quieren hacerse cargo de sus incompletos huesos, o lo que es lo mismo, del gasto que supone lanzarlos a una fosa común.

Y es que ya no queda espacio físico ni para la muerte. En Guanajuato hicieron de ello virtud cuando descubrieron que aquella tierra, tan buena para las fresas en la vecina localidad de Irapuato, no lo era menos para los cadáveres en tránsito a mejor vida. El entusiasmo con que los visitantes gringos contemplaban aquellos cuerpos tan bien conservados, les animó a ir vaciando sus nichos para dejar paso a nuevos inquilinos, haciendo de sus anteriores moradores piezas valoradas de su museo de Momias.

Claro que en ocasiones la vida se encarga de destrozar tanto al últimado que no se le deja opción al terruño para obrar el milagro de la conservación. Siempre en tierra de nadie. Como a ninguna parte conducía la carretera que veintidós trabajadores afganos estaban construyendo para el ejército norteamericano en la hermosa región sureña de Nuristán. Descansaban en sus endebles tiendas cuando un avión norteamericano decidió que ya habían llegado demasiado lejos y les reventó el sueño con bombas inteligentes.

También Larami y Moushin vivían en ese agujero negro que son los banlieue, los barrios periféricos, hasta que su motocicleta se empotró contra aquel coche policial. Ahora Viliers-le-Bel arde de nuevo, espontáneo, marginal, salvaje. Mientras las fuerzas antidisturbios le recuerda que sólo son tierra de nadie.

jueves, 8 de noviembre de 2007

El retorno de los "racailles"


Ante la disyuntiva de ser el payaso o el director de pista en el gran espectáculo del circo político europeo, Nicolas Sarkozy ha optado sin dudarlo por asumir los dos papeles. Y el de trapecista, domador, prestidigitador y fonambulista si fuera necesario. Porque el nuevo inquilino del Elíseo ha demostrado en su trayectoria pública una profunda vocación de saltimbanqui y contorsionista, capaz de lograr la más estrambótica postura al culminar esa pirueta del más difícil todavía que deja boquiabierta la mirada del público.

El presidente francés sabe que en la política actual mandan los golpes de efecto que rompen la monotonía de los informativos. Con ellos, se asegura sobresalir lo preciso para despuntar sobre quien le rodea o al menos hacerse visible en las fotografías. Como cuando manipuló aquella instantánea en el inicio de la invasión de Iraq, para aparecer más alto junto a George Bush mientras se desmarcaba del vibrante discurso contra la guerra de su compañero de gabinete Dominique de Villepin. Una foto de familia que el presidente galo, con su mirada pícara de Jean Paul Belmondo, reitera estos días entre lágrimas en los ojos por los soldados norteamericanos muertos y redobles de tambores de guerra apuntando a Teherán.


Pero, sin duda, su salto mortal más arriesgado fueron sus provocativas declaraciones como ministro del Interior calificando de racailles, chusma, a los jóvenes de los suburbios que en el otoño de 2005 prendían con el fuego de su desesperanza las calles de París. Todo un guiño de ponderado racismo, una versión de populismo lepeniano con buenos modales dirigida a la pusilánime clase media francesa, a la vez que primera toma de posiciones en la que iba a ser su larga carrera por la sucesión de Jacques Chirac.

Ahora Sarkozy, tras haber equiparado la pobreza y la escoria, se saca de la chistera su particular solución a todos los males: tratar a los pobres como basura, recortándoles las prestaciones sanitarias, endureciéndoles las condiciones de jubilación o aumentándoles la jornada laboral. Y si los trabajadores se echan a la calle siempre queda el recurso de ese artista con tablas que es capaz de asombrar al respetable con un triple mortal sin red.

Entonces Sarkozy proyecta su visión social del estercolero a las relaciones internacionales y descubre así el Chad, un país racaille al que despreciar por la insolencia de encarcelar a unos blancos por el nimio secuestro de un centenar de negritos al que sólo se intentaba dar una vida mejor, poco importa que en contra de su voluntad. Sin duda, un argumento demasiado tentador y televisivo como para no convertirse en protagonista, especialmente si, además, de este modo se eclipsan las posibilidades de que las vinculaciones de su hermano François con el Arca de Zoé se transformen en escándalo.

En cualquier caso, su habilidad de encantador de serpientes es tal que hasta en España no han faltado voces que le reprochen a José Luis Rodríguez Zapatero no haber convertido su Z electoral en la marca del mítico Zorro, y encarnado por un heroico Antonio Banderas haber al menos emulado al francés en las gallardas maneras de afrontar el incidente africano. Otros, los más progresistas, prefieren el referente italiano de Walter Veltroni. A fin de cuentas, los gitanos rumanos, ¿qué son sino racailles?.

sábado, 3 de noviembre de 2007

La ley del olvido

La izquierda española lleva tantos años tratando de convencer a propios y extraños de que el camino más corto entre dos puntos es la marcha atrás, que al final ha terminado por creerse su extravagante teoría geométrica. Fue su particular caramelo mental para tragar la amarga píldora de una transición política vendida como modélica y va camino de convertirse en una especia de argumento pitagórico con el que deleitar los oídos ante la mal llamada Ley de la Memoria Histórica.

En realidad no podía ser de otra forma, pues una ley que se reclama de la memoria sólo puede aspirar a la litúrgica regulación del olvido. Así ha sido desde el principio de los tiempos, desde que el poeta Simónides de Ceos inventó el arte de la memoria: esa selección de cosas y hechos a recordar, ordenados en arquitectónicas imágenes mentales que las protegen del olvido. Porque, en última instancia, toda selección no es más que una elección, o lo que lo mismo, la marginación definitiva de aquellos elementos que condenamos de partida a la tiranía de la amnesia.

Por eso, cualquier intento de regular legalmente la memoria ha de asentarse sobre la renuncia, práctica, por otro lado, en la que parece sentirse especialmente cómoda la progresía institucional de este país. Y, por eso, era inevitable la balbuceante alusión que la recién aprobada ley hace de la figura del maquis, esos guerrilleros cuya indómita rebeldía, paradojas de la vida, ha terminado siendo más incómoda para la pusilánime democracia que para el franquismo. Pero sobre todo, esto explica por qué los legisladores se contentaron con proclamar la injusticia –ya sabida por todos- de unos juicios sumarísimos que en ningún momento se plantearon anular: desautorizar aquellas sentencias hubiera sido deslegitimar plenamente a quién las dictó, a quien firmó tantas condenas de muerte, a quien designó a su sucesor, a quien restableció la monarquía que hoy, nos repiten, a todos nos cobija.

Anular los juicios suponía, pues, desenterrar demasiados muertos y excesivas preguntas. ¿Qué fue de aquellos obreros muertos en Vitoria? ¿Por qué Manuel Fraga se convirtió en prohombre de la patria en lugar de pasar al banquillo de los acusados? ¿Cómo pudo ser posible que cuarenta años de ignominia asesina se saldaran con el estribillo ingenuo de una libertad sin ira?

Simónides utilizó por primera vez ante testigos su arte de la memoria en Tesalia, para poder identificar los cuerpos sin vida del noble Scopas y su hijo destrozados por un derrumbe. Sin embargo, la memoria de Estado lejos de devolver el rostro a los fallecidos, siempre termina guardando algún cadáver en los rincones del olvido. La memoria de antaño o la de hoy. La que aspira a poner punto final cuanto antes al renovado afán por desenterrar el recuerdo de tanta fosa común perdida. O el silencio que evita pronunciar el nombre de Angel Berrueta, el panadero asesinado en Iruñea, cuando nos evoca toda la tragedia del 11-M. Y es que algunas muertes son menos que nada. Simplemente pasan.

Imagen: "Punto de retorno" (2000), de Jorge Ignacio Nazaval

viernes, 19 de octubre de 2007

Mentiras sin sexo y cintas de vídeo



Hace tiempo que la actividad política en España se ha convertido en un ejercicio virtual de sombras chinescas, que nos entretiene en su proyección mientras la platónica realidad parece estar en otra parte. Eso explica en gran medida la afición cinematográfica que en las últimas semanas los dos grandes partidos están demostrando en su lucha por llevarse el gato electoral a sus respectivas aguas.

Obviamente, no se trata de una inclinación cinéfila a lo arte y ensayo, con sesudos debates de cine-club clandestino del tardo-franquismo. No, en realidad, se limitan a moverse por el espacio amable del video doméstico, como propuesta segura para atraer la atención del votante y televidente, o más exactamente, del nuevo televotante. La democracia adquiere de este modo un nuevo carácter, que cede los espacios participativos de antaño -la calle, la fábrica, el parlamento, el casino provinciano o el café- para dar paso a un nuevo referente de pluralidad en el universo divertido del YouTube.

Y es que la cosa ha ido degenerando velozmente. Muy lejos queda ya la mínima calidad formal con que se planteara Hay motivo. Ahora todo vale. Desde el candoroso video de las Juventudes Socialistas, a la caspa audiovisual que generó como réplica. Del solemne y decimonónico Mariano Rajoy convertido en una suerte de Agustina de Aragón defensora de la bandera nacional, a José Luis Rodríguez Zapatero como encarnación de una simpática Sor Citroën dispuesta a cantarnos los logros de su gobierno acompañada por los eucarísticos acordes de una guitarra.

No es extraño que ante este panorama el neonato Público nos plantee el juego de hallar las siete diferencias entre las imágenes contrastadas del presidente del Gobierno y el pretendido líder de la oposición. Un entretenimiento amable y familiar con que los mass media nos recuerdan, una vez más, lo gratificante que puede ser seguir viviendo en el sistema ideado por don Antonio Cánovas del Castillo. Menos mal que, desde dentro, Gaspar Llamazares nos prepara para esa lucha final en las barricadas de Second Life.

lunes, 11 de junio de 2007

Euskadi o la cicatriz de Norma Jean Baker



He de reconocer que sus últimas fotografías me han reconciliado con la hermosura irreal de Norma Jean Baker. En realidad, la belleza cocinada por Hollywood de Marilyn Monroe para su distribución por los grandes almacenes del celuloide y la vida, siempre me resultó demasiado artificial para el deseo erótico, del mismo modo en que siempre he sido escéptico ante el potencial revolucionario del malgastado rostro de Ernesto "Che" Guevara impreso en camisetas puestas a la venta en el Corte Inglés o en el aeropuerto José Martí de la Habana.
Sin embargo, la sinuosa silueta de la mujer, congelada por el mercenario objetivo del fotógrafo Bert Stern para la revista Vogue, me provoca una irremediable atracción. Al observar las instantáneas tengo la sensación de que sus manos no tapan deseperadamente los senos para salvar la censura de la moral pública, o para acrecentar la excitación de la mirada, sino para evitar que la vida se le escape a borbotones como finalmente le ocurriría cinco días más tarde. Y sin embargo, no hay lucha ni resistencia en la imagen, sólo un plancentero abandono, mientras la profunda cicatriz de su costado parece convertirla en una suerte de Cristo lanceado, pero de puro libido resucitado.
Ignoro si Marilyn o Norma intuían su muerte en aquella lejana sesión fotográfica en el hotel Bel-Air de Los Ángeles. Tal vez una sí, pero la otra no. En cualquier caso poco importa, aunque resulte tentador pensar que la deseada estrella encontró aquel día entre alcohol, barbitúricos y flashes, el coraje suficiente para enfrentarse a sus propias cicatrices. Es poco probable que así fuera, teniendo en cuenta su preocupación porque la herida quedara visible, según relata el propio Stern.
Y es que, en el fondo nadie quiere dejar al descubierto sus cicatrices, y como el personaje de Oscar Wilde la mayoría opta por ocultarlas en algún rincón perdido, en ese retrato embozado bajo pesados cortinajes que tapen nuestras heridas, nuestras llagas, nuestras pústulas, a cobijo de las curiosidades ajenas, a salvo de nuestra propia mirada. Un afán encubridor que obsesiona a las personas, pero también a los pueblos, a los estados.
Tal vez por temperamento o por tópico, España ha sido un país proclive a las cicatrices. Y de entre los muchos jirones en las carnes que todavía arrastra, la violencia política en Euskadi sigue siendo una de las más lacerantes huellas. Mirarla abiertamente supone reconocer el fracaso de una transición tan idealizada como frustrante, donde la "democracia" insiste en cimentarse a golpe de leyes de excepción, censuras y cárcel. También implica admitir la agonía de unos sueños emancipadores sustentados en demasiada pólvora y vísceras esparcidas.
Por eso, los Dorian Gray de Madrid o Bilbao prefieren el resguardo autista de sus cuadros descompuestos en el fondo del desván. De este modo, los malos actores de esta tragicomedia llamada España o Euskadi, pueden seguir sobreactuando con el alarido indecente de los Mariano Rajoy y sus patrias en peligro, que tan buenos réditos electorales parecen darle; con la inadmisible incocencia desconcertada de José Luis Rodríguez Zapatero y su ambigüedad temorosa de perder cuatro votos, o con la martiriología de Arnaldo Otegui y su socialismo liberador de txapela y herriko taberna.
No sé si Marilyn Monroe o Norma Jean Baker fueron capaces de enfrentarse a la visión de sus propias cicatrices en aquella lejana jornada de 1962. Si lo hicieron, sin duda, ya fue demasiado tarde, y una de las dos, o ambas, la real y la inventada, amanecieron muertas en la cama un 5 de agosto de aquel año.
Aquí en España, en Euskadi, también hace mucho tiempo que fue demasiado tarde. Y seguimos sin querer ver nuestras llagas.

viernes, 25 de mayo de 2007

Penes, abejas y otros hinchazones

Sus Satánicas Majestades no dejan de sorprendernos. Si hace unos meses era Keith Richards quien desvelaba su travesura –luego desmentida- de haber esnifado las cenizas de su difunto padre, ahora es un colaborador de Mick Jagger quien nos descubre la que, sin duda, no será la última extravagancia que nos depare el más canalla de los Rolling Stone.

El caso es que, al parecer, el mítico artista, acomplejado por ciertos comentarios de su ex amante Janice Dickenson sobre el tamaño de su miembro viril, no tuvo mejor ocurrencia que someterse a la iniciática ceremonia de una supuesta tribu amazónica. El secreto ritual en cuestión consistía según ha transcendido, en introducir el pene en una caña de bambú donde le aguardaban las picaduras de decenas de abejas; ceremonia que, según los expertos en este tipo de prácticas, logra incrementar tanto las dimensiones del órgano en cuestión, como los furores eróticos de quien la realiza.

En cualquier caso, el interés por la historia no se centra en verificar los resultados del animista rito, sino en contrastar como, al final, detrás de las provocadoras poses del sexagenario cantante, no se esconde el espíritu desafiante de un transgresor, sino la más primaria de las obsesiones de cualquier macho humano: ver quién la tiene más grande.

Un afán por proyectar el glande hacia el infinito que, en el tránsito de la caverna a la sociedad digital, ha ido complicándose freudianamente hasta sublimarse en las más variadas manifestaciones. Porque, ¿qué otra cosa más que esa búsqueda del gran falo puede latir detrás de, por ejemplo, los esfuerzos de algún dirigente popular en tierras africanas para “hinchar” las urnas con votos adquiridos al módico precio de un bono por alimentos? ¿Cómo si no iban a encontrar valor algunos pupilos de Carlos Fabra para invocar los demoníacos conjuros que han debido de ser necesarios para lograr el no menos milagroso “alargamiento” de los censos municipales?

Se consuma así la simbiosis clásica entre el inconsciente sicalíptico y la erótica del poder. Erótica que, en cualquier caso, podemos rastrear no sólo por las libidinosas geografías de la política, sino también en las lubricadas ciénagas de la economía. Desesperado deseo de la gran verga superlativa del mercado continuo, como el que hallamos agazapado entre las operaciones financieras de mi paisano Enrique Bañuelos en Astroc, con las que “estirar” a cualquier precio la más flácida cuenta de resultados.

Claro que, eso sí, entre Mick Jagger y los Fabras y Bañuelos de turno, hay una diferencia clave en este tipo de rituales chamanísticos: estos últimos nunca sienten el más mínimo escozor por las picaduras. No porque sean inmunes a las furibundas abejas, sino porque, en estos casos, sus aguijones siempre se acaban clavando en nuestros indefensos genitales.

miércoles, 23 de mayo de 2007

El culebrón venezolano de El País

Pobrecita libertad de expresión, tan cerca de Jesús de Polanco y tan lejos de la calle. Uno no puede evitar readaptar el viejo dicho mexicano a la vista de la aguerrida campaña en defensa de tan universal derecho que desde hace semanas viene promoviendo el diario El País. El motivo no es otro que la decisión del gobierno venezolano de no renovar la concesión de frecuencia en abierto al canal televisivo RCTV por estimar que la misma finaliza el día 27, en contra del planteamiento de Marcel Garnier y el resto de dueños del canal privado que aseguran disponer de licencia hasta 2022.
Contrasta esta escandalizada defensa de los derechos de RCTV –que siempre podría seguir sus emisiones como canal de pago-, con los silencios del Grupo Prisa ante la connivencia de la televisión con los militares que intentaron acabar por la fuerza con el gobierno democráticamente elegido de Hugo Chávez en abril de 2002. Por entonces, la transparencia informativa tan defendida ahora, llevaba a las páginas de El País a moverse en una medida ambigüedad que hacía aparecer como golpista ¡al propio presidente detenido ilegalmente por los militares sublevados!
Con semejante ejemplo desde la vieja y democrática Europa, no es de extrañar que por aquellos días la emisora -que pasará a la historia de las telecomunicaciones como la productora de telenovelas como Cristal- optara abiertamente por colaborar con los militares derechistas y silenciar cualquier información sobre la resistencia popular que impidió el triunfo del golpe de estado. Vergonzosa colaboración denunciada por el periodista Andrés Izarra, que abandonó entonces la cadena como protesta, o puesta al descubierto por un filme documental tan emotivo como La revolución no será retransmitida, realizado por los irlandeses Kim Bartley y Donnacha O’Briam.
Desde entonces RCTV, aliada mediática de los sectores oligárquicos de Venezuela, ha venido manteniendo una beligerante guerra abierta contra el proceso de transformación social que viene impulsado el movimiento bolivariano liderado por Chávez; un proceso que, por cierto, cuenta con el respaldo mayoritario de la población como han tenido que reconocer todos los observadores internacionales que han supervisado los distintos comicios convocados todos estos años. Ataques que, como recordaba recientemente Ignacio Ramonet, no son distintos a los sufridos en los años 80 por la revolución sandinista desde las páginas de La Prensa, o en los primero 70 por el gobierno chileno de Salvador Allende desde el periódico El Mercurio.
Todo ello queda eclipsado para El País que, frente al activismo abiertamente golpista defendido por el PP en contra de Venezuela, prefiere optar por la versión más socialdemócrata de la sacrosanta defensa de la libertad de expresión, como una especie de homenaje final a la vieja amistad que en otro tiempo unió al estadista Felipe González con el democráticamente corrupto Carlos Ándres Pérez.
Al final todo acaba reducido a lo básico, a esa defensa de los valores universales. Y frente a la vía venezolana al socialismo, El País cierra filas con ese modelo de vida hecho culebrón que promueve RCTV: el amor entre la chica pobre y el rico caballero como alternativa a la justicia social. Porque menos arriesgado que dejarse tentar por proyectos utópicos es seguir la invitación que el propio canal nos lanza desde la publicidad de su programación: “disfrutar junto al Dr. Eladio Lárez del programa educativo por excelencia: “Quién quiere ser millonario”".

martes, 22 de mayo de 2007

Entre sonrisas y Glòria

La sonrisa, ese leve arqueo de la boca capaz de transmitir una sensación gratificante a quien lo percibe, se ha convertido, sin duda, en uno de los elementos más importantes para cualquier campaña electoral que se precie. Desde carteles y vallas publicitarias, las dentaduras blancas y brillantes de los candidatos, delicadamente retocadas por los responsables de imagen, nos asaltan por las esquinas para augurarnos la plácida felicidad que nos aguarda si con nuestra papeleta logramos auparles hasta la cima de un cargo público.

De este modo, la sonrisa se convierte en ariete amable del debate político, pieza esencial dentro de esa dialéctica afectuosa de imágenes que caracteriza la pugna mediática entre los dos grandes partidos por conquistar ese amórfico y supuestamente decisivo voto centrista. La lucha de clase se transforma así en una suerte de lucha de muecas, de la que, hasta la fecha, han sabido salir airosos por estas tierras valencianas los aspirantes más conservadores.
Porque, indiscutiblemente, la derecha ha sabido sonreír mucho mejor que sus contrincantes durante todos estos años. Y si ataño fue el toque bronceado y pícaro de Eduardo Zaplana, aprendido de su maestro Julio Iglesias, el que encandiló al electorado, ahora, tras la visita de Joseph Ratzinger, los aspirantes del PP confían en repetir triunfo poniendo el acento familiar en ese ponderado rictus alegre y amable. No en vano, observando sus caras fotografiadas se tiene la sensación de que todos esos felices momentos familiares, esas decenas de bodas, bautizos y comuniones vividas con su inevitable fotografía, no han sido para el candidato conservador más que capítulos de un largo entrenamiento que culminó en ese definitivo posado para el cartel electoral.
Por eso nos resulta difícil no encontrar en un rostro como el de Francisco Camps, el reflejo de aquel tío con quien acabábamos enfrascados en inocentes juegos de cartas las lejanas sobremesas de Navidad; igual que intuimos en el semblante de Rita Barberá, la rememoranza de aquella peculiar tía–abuela que nos preparaba unas sabrosas torrijas, con doble ración de azúcar y canela, con las que se hacía perdonar su soltera extravagancia.
Todo es perfecto en esas grandes sonrisas de centro derecha. El gesto de los candidatos nos deja entrever sus dientes incisivos por entre unos labios entornados, ligeramente, sólo lo justo para no poner excesivamente al descubierto unos caninos que pudieran amedrentar, hacer temer a quien los mira que detrás de esos colmillos pudiese existir un desmesurado afán por hincarle el diente privatizador a los servicios públicos, a algún negocio urbanístico o, directamente, a las arcas de la administración.
Por el contrario, en la orilla progresista del mar indefinido del centrismo, no parecen terminar de encontrar la medida al difícil arte de la sonrisa democrática. Joan Ignasi Pla, por ejemplo, se dirige desde los carteles a su potencial votante con una sonrisa apretada de labios cerrados. Gesto forzado y desconcertante para quien lo contempla, incapaz de descifrar si el mohín del candidato es debido a un exceso de pudor, herencia de una lejana austeridad izquierdista, o a un desesperado intento por ocultar algún resquicio de halitosis política. En suma, una ocultación bucal difícil de interpretar en alguien que, por otro lado, se afana en prometer prótesis dentales gratuitas en sus mensajes radiofónicos.
Frente al acomplejado gesto de Pla, Carmen Alborch se convierte en la sonrisa desbordada del socialismo valenciano. La ex ministra de cultura apuesta por la alegría como bandera. Es la política hecha verbena. La alternativa a la casta y familiar Valencia de los populares se convierte para Alborch en un Cap i Casal hecho espectáculo, con giganta, cabezudos y merchandising diseñados por Javier Mariscal y Francis Montesinos. Una fiesta de colores a la que resulte tentador acercarse, aun a sabiendas de que al día siguiente sólo nos quedará el decepcionante dolor de cabeza de la resaca.
Por ello, ante este panorama de labios amables, uno agradece la actitud de Glòria Marcos, su renuncia a la sonrisa dental del buen candidato. Porque aunque los pactos con Enric Morera le hayan obligado a un peinado que poco le favorece, la cabeza de cartel del Compromís prefiere desde su fotografía callejera dirigirse al transeúnte/ciudadano, no con la ensayada expresión de forzada simpatía en los labios, sino con la firmeza de su mirada. Encaramada en las paredes la coordinadora de EU parece buscar por las acera el guiño anónimo de algún vistazo cómplice en hacer posible un cambio. Aunque, eso sí, con su silueta básica de blanco y negro, parece recordarnos que, a pesar de las sonrisas y los colores, las cosas siguen estando jodidas.

jueves, 22 de marzo de 2007

Entre el tartamudeo y el alarido

Durante los últimos meses nos hemos acostumbrado en España a que la vida política y social discurra entre el tartamudeo y el alarido. En el primer caso parece encontrarse el gobierno y los socialistas, con José Luis Rodríguez Zapatero a la cabeza, que desde que descubrieron que el prometido y necesario proceso de paz no iba a discurrir por el camino de rosas de los eslóganes publicitarios, parecen sumidos en un balbuceo silábico sin solución.

Y es que, Ferraz y Moncloa han optado por el titubeo como mecanismo de defensa política. Emulan, de este modo, al Claudio de Robert Graves, tan magistralmente encarnado para la BBC en los años 70 por Derek Jacobi como aquel personaje que supo convertir su tartamudez en una máscara de imbecilidad con la que sobrevivir en la Roma, imperial y sangrienta, de los Julio-Claudios.

Sólo esa apuesta por el discurso entrecortado, explica la patética foto de los parlamentarios navarros del PSN-PSOE, con su candidato Fernando Puras al frente, comprometiéndose por escrito a no promover ni votar ninguna iniciativa tendente a unir Navarra con el País Vasco. Pretendían, así, contrarrestar la embestida de las legiones del PP, convocadas para ese día en Pamplona. Para ello, querían demostrar la misma repulsión hacia esa posible unificación recogida no sólo en las abyectas páginas de una reeditada Alternativa KAS, sino planteada explícitamente en la tan loada Constitución, un detalle éste que, ahora, ni socialistas ni populares parecen recordar mientras se dedican a proclamar su navarridad con golpes de pecho.

No menos ridículo, después del culebrón de Iñaki de Juana Chaos, ha sido el sainete organizado en torno al juicio contra Ornaldo Otegi, retirando el fiscal su petición de un año y dos meses de prisión por un delito tan etéreo como el enaltecimiento del terrorismo durante el homenaje a la activista de ETA, Olaya Castresana. Eso sí, el ministerio fiscal se iluminó retirando las acusaciones, sólo una vez había concluido un aparatoso operativo policial para detener en su domicilio al líder de la izquierda abertzale, después de que éste no compareciera ante la Audiencia Nacional a la hora indicada por encontrar bloqueadas las carreteras por la nieve: ¡tal y como estaban informando todas las televisiones!

El problema es que con estos amagos e indecisiones que están caracterizando el talante Zapatero, queda reforzado el discurso ultra de la derecha realmente existente en esta país. Si una propuesta democrática y legítima, que compete en última instancia a la decisión libre de los navarros, se asume como algo vergonzoso de lo que hay que desmarcarse como de un apestado, flaco favor se le hace al sereno debate político y a la madurez crítica de los ciudadanos. Del mismo modo, si tenemos que pasear a personas esposadas para demostrarla a la caverna nuestra firmeza de cristianos viejos en la fe del Estado, mal lo tenemos para encauzar una normalización política que difícilmente puede pasar por la exclusión de la izquierda abertzale.

Por desgracia, los barros de antaño, las leyes de partidos, las catalogaciones genéricas e inquisitoriales en el cajón de sastre de los violentos donde cabe todo; están provocando ahora estos lodos de indecisión. Frente a ello, los socialistas, como Claudio, han optado por esconderse tras el tartamudeo, convencidos de que, al final, el ciudadano de pie recibe con mayor simpatía la lengua trapajosa, que el alarido.

Puede que los augures demoscópicos les den la razón. Aunque en cualquier caso, no harían mal recordando que a Claudio sus limitaciones oratorios no le impedían tener clara su idea del Imperio. Pero, sobre todo, sería crucial que en Ferraz y en Moncloa tengan presente que la tartamudez del viejo emperador no le evitó, al fin, su muerte envenenado. Por ello, y aunque sólo fuera por lo último, no estaría de más que volvieran también su mirada hacia el sabio Demóstenes y comenzaran a domar su voz, llenándose la boca de piedrecitas frente al mar.