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sábado, 8 de marzo de 2008

Desde la angustia

España, 8 de marzo. Hoy, víspera de elecciones generales, es jornada de reflexión. Y sin embargo, resulta difícil pensar con tres disparos en el cerebro.

Las detonaciones que ayer segaron la vida en Mondragón de Isaías Carrasco retumban hoy entre las fauces de la bestia. Ayer unos salvapatrias arrojaron sus esputos de plomo con la pretenciosa vocación de promover el diálogo de las bocas partidas. Hoy otros salvapatrias nos recordarán de nuevo el añejo discurso del “no hay descanso contra la hidra” y lanzarán sus índices temblorosos contra quien ose cuestionar la cárcel y el silencio

Pero entre ese retumbar de ecos en la caverna, sólo una certeza: Isaías quedó tendido en el suelo, como un simple cuerpo descoyuntado cubierto de sangre y vergüenza. Los salvapatrias podrán ahora escuchar complacientes sus discursos retroalimentados, entregarse al onanismo mental de las grandes palabras.

Y mañana otra voz podrá ser amordaza, otro pensamiento prohibido, otro disparo esparcirá la nada. El tiovivo macabro sigue así su rueda. Por eso hoy, 8 de marzo, en España es imprescindible la reflexión. Mucho más, incluso, que ir a votar mañana.

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Imagen: Comiendo cuchillo de Juan Roberto Diago

lunes, 25 de febrero de 2008

De autodeterminaciones y otras bombas



Las incursiones de los aviones y helicópteros turcos sobre las regiones de Zap, Hakurk o Haftanin en busca de guerrilleros del PKK han hecho que la política internacional regrese a la situación en que se hallaba antes de la polémica independencia de Kosovo: la arbitrariedad, la ley del más fuerte, la impunidad. El respaldo de Estados Unidos a esta nueva intervención de Ankara en el norte de Iraq desarma así todos los miedos despertados no sólo entre algunos competidores regionales como Rusia, preocupada porque el ejemplo kosovar se extienda por tierras caucásicas, sino incluso entre ciertos aliados, como el Gobierno español de José Luis Zapatero temeroso de que el influjo balcánico diera alas suficientes a cualquier lehendakari de turno encaprichado en aguarle la campaña electoral.

Sin embargo todo fue un espejismo. Porque la comprensión norteamericana a los ataques contra los kurdos en territorio iraquí –entre democráticos a regañadientes, eso sí, y condicionada, por supuesto, a que, como señaló el Secretario de Defensa, Robert Gates, los turcos se vayan “cuando hayan cumplido su misión”- deja bien a las claras que la voluntad de Washington no era convertir los hechos consumados de Kosovo en un precedente universal de respeto a la autodeterminación. A fin de cuentas, el apoyo de Georges Bush a la independencia kosovar, al margen del derecho internacional, sólo pretendía culminar la construcción de la macrobase militar de Campo Bondsteel. Eso y, de paso, lograr que en vísperas de la entrega de los Óscar los norteamericanos recuperarán unas gotas de autoestima contemplando en sus televisores la imagen de ciudadanos agradecidos enarbolando la enseña de las barras y estrellas por las pobres calles de Pristina, todo un espectáculo para un público resignado hace tiempo a ver la patriótica bandera cubriendo sólo interminables féretros procedentes de Iraq o Afganistán.

Por eso las bombas turcas que hoy estarán cayendo sobre las montañas de Qandil y sus habitantes, son un mensaje claro para los gobiernos preocupados por lo que puedan pensar, entre tantos otros, sus ciudadanos en Chechenia, Palestina, Transnitria, Osetia del Sur, Nagorno Karabaj, Xinjiang, Tibet, Sáhara Occidental, Chipre, Mindanao, Pattani, Québec, o Euskadi. La respuesta a sus temores es clara: señores gobernantes, ustedes pueden seguir haciendo con sus respectivas minorías lo que les dé la gana.

De este modo, la Audiencia Nacional puede insistir estos días en prohibir partidos con la tranquilidad de conciencia que otorga las firmes convicciones democráticas. Y por eso, también, en la región de Mitrovica miles de serbios ignoran cuál será su futuro en el nuevo Kosovo independiente. Tal vez huir, como ya han hecho tantos otros miles de serbios durante los últimos años ante el mutismo de la prensa internacional que había decidido que aquellos infelices formaban parte de los Imperio del Mal. Eso sí, esta vez su posible expulsión estará supervisada por un general español. Todo un consuelo.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Las dudas



René Descartes nos recordó hace tiempo que la duda es buena consejera en el difícil camino del conocimiento. El dogma es enemigo de la curiosidad y una mínima dosis de duda es, posiblemente, el mejor antídoto contra la intransigencia. Si el filósofo francés aplicaba la receta al campo de la investigación, no parece menos apropiado el remedio para los delicados males de la política.

Y, sin embargo, la duda cartesiana parece un recurso cada vez más en desuso en nuestras decadentes y autosatisfechas democracias. Si las gigantescas letras que componían la palabra ZWEIFEL(1), con que el artista nórdico Lars Lamberg coronó el Palast der Republik de Berlín, el antiguo parlamento de la RDA, estaban cargadas de escepticismo ante la caída del muro, la decisión de la canciller Angela Merkel de eliminar el oxidado edificio de las orillas del río Spree no está menos llena de metafórica certeza. En la nueva Europa neoliberal del siglo XXI no hay espacio para la duda.

Como tampoco lo hay en los Estados Unidos, donde la gastada democracia alabada un día por Alexis de Tocqueville se rinde ante los herederos del senador Mcarthy empeñados en dar en Guantánamo una última vuelta de tuerca a su obsesiva caza de brujas. Frente al terrorista, como ayer frente al comunista o al hereje, no cabe la duda: sólo la implacable determinación. Más aún, la mínima vacilación resultará sospechosa.

De este modo, el terrorista, encarnación del Mal como el Ángel Caído, ni siquiera necesita materializar su maldad. Y si a los ojos de Dios un mal pensamiento es suficiente para la condena eterna, a los ojos del Estado postmoderno y globalizado un pensamiento inadecuado merece la respuesta de todo el peso de ley. En Guantánamo… o en Madrid.

Por eso es irrelevante que al medio centenar de imputados en el proceso 18/98 no se les acuse de ningún atentado, ni de comprar explosivos. Simplemente, pertenecían a la izquierda abertzale, lo que irremediablemente les convierte en miembros de ETA y, por lo tanto, en merecedores de 527 años y seis meses de prisión. A fin de cuentas, como señala el informe del fiscal, ¿acaso no buscaban “impulsar la revolución desde dentro del sistema democrático”?.

También ANV forma parte de la izquierda abertzale. Aunque ellos mismos siempre se definieron así, lo ha descubierto ahora la Guardia Civil. Y lo ponen por escrito, en rigurosos informes de los servicios de benemérita inteligencia, cuya sola existencia evidencia las peores sospechas. Por eso habrá que ilegalizarla, y luego encarcelar a sus líderes o, incluso, quién sabe, a sus miles de votantes.

Más aún, tal vez algún día sea necesario ilegalizar o encarcelar a esos afiliados, votantes o simpatizantes de IU o del PCE –puede que incluso a algún despistado socialista- que aspiran a realizar la revolución desde dentro del sistema democrático. Como si pensar que el objetivo de la democracia es posibilitar la transformación social y política sin recurrir a la violencia, no les convirtiera en sospechosos de ingenuidad.

No, frente a las ideas inapropiadas no cabe la duda, ni el titubeo, ni la indecisión. Mariano Rajoy, Ángel Acebes y Eduardo Zaplana están vigilantes. Y los asesores de José Luis Rodríguez Zapatero recomiendan un giro al centro.

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(1) "Duda" en alemán

lunes, 11 de junio de 2007

Euskadi o la cicatriz de Norma Jean Baker



He de reconocer que sus últimas fotografías me han reconciliado con la hermosura irreal de Norma Jean Baker. En realidad, la belleza cocinada por Hollywood de Marilyn Monroe para su distribución por los grandes almacenes del celuloide y la vida, siempre me resultó demasiado artificial para el deseo erótico, del mismo modo en que siempre he sido escéptico ante el potencial revolucionario del malgastado rostro de Ernesto "Che" Guevara impreso en camisetas puestas a la venta en el Corte Inglés o en el aeropuerto José Martí de la Habana.
Sin embargo, la sinuosa silueta de la mujer, congelada por el mercenario objetivo del fotógrafo Bert Stern para la revista Vogue, me provoca una irremediable atracción. Al observar las instantáneas tengo la sensación de que sus manos no tapan deseperadamente los senos para salvar la censura de la moral pública, o para acrecentar la excitación de la mirada, sino para evitar que la vida se le escape a borbotones como finalmente le ocurriría cinco días más tarde. Y sin embargo, no hay lucha ni resistencia en la imagen, sólo un plancentero abandono, mientras la profunda cicatriz de su costado parece convertirla en una suerte de Cristo lanceado, pero de puro libido resucitado.
Ignoro si Marilyn o Norma intuían su muerte en aquella lejana sesión fotográfica en el hotel Bel-Air de Los Ángeles. Tal vez una sí, pero la otra no. En cualquier caso poco importa, aunque resulte tentador pensar que la deseada estrella encontró aquel día entre alcohol, barbitúricos y flashes, el coraje suficiente para enfrentarse a sus propias cicatrices. Es poco probable que así fuera, teniendo en cuenta su preocupación porque la herida quedara visible, según relata el propio Stern.
Y es que, en el fondo nadie quiere dejar al descubierto sus cicatrices, y como el personaje de Oscar Wilde la mayoría opta por ocultarlas en algún rincón perdido, en ese retrato embozado bajo pesados cortinajes que tapen nuestras heridas, nuestras llagas, nuestras pústulas, a cobijo de las curiosidades ajenas, a salvo de nuestra propia mirada. Un afán encubridor que obsesiona a las personas, pero también a los pueblos, a los estados.
Tal vez por temperamento o por tópico, España ha sido un país proclive a las cicatrices. Y de entre los muchos jirones en las carnes que todavía arrastra, la violencia política en Euskadi sigue siendo una de las más lacerantes huellas. Mirarla abiertamente supone reconocer el fracaso de una transición tan idealizada como frustrante, donde la "democracia" insiste en cimentarse a golpe de leyes de excepción, censuras y cárcel. También implica admitir la agonía de unos sueños emancipadores sustentados en demasiada pólvora y vísceras esparcidas.
Por eso, los Dorian Gray de Madrid o Bilbao prefieren el resguardo autista de sus cuadros descompuestos en el fondo del desván. De este modo, los malos actores de esta tragicomedia llamada España o Euskadi, pueden seguir sobreactuando con el alarido indecente de los Mariano Rajoy y sus patrias en peligro, que tan buenos réditos electorales parecen darle; con la inadmisible incocencia desconcertada de José Luis Rodríguez Zapatero y su ambigüedad temorosa de perder cuatro votos, o con la martiriología de Arnaldo Otegui y su socialismo liberador de txapela y herriko taberna.
No sé si Marilyn Monroe o Norma Jean Baker fueron capaces de enfrentarse a la visión de sus propias cicatrices en aquella lejana jornada de 1962. Si lo hicieron, sin duda, ya fue demasiado tarde, y una de las dos, o ambas, la real y la inventada, amanecieron muertas en la cama un 5 de agosto de aquel año.
Aquí en España, en Euskadi, también hace mucho tiempo que fue demasiado tarde. Y seguimos sin querer ver nuestras llagas.

jueves, 22 de marzo de 2007

Entre el tartamudeo y el alarido

Durante los últimos meses nos hemos acostumbrado en España a que la vida política y social discurra entre el tartamudeo y el alarido. En el primer caso parece encontrarse el gobierno y los socialistas, con José Luis Rodríguez Zapatero a la cabeza, que desde que descubrieron que el prometido y necesario proceso de paz no iba a discurrir por el camino de rosas de los eslóganes publicitarios, parecen sumidos en un balbuceo silábico sin solución.

Y es que, Ferraz y Moncloa han optado por el titubeo como mecanismo de defensa política. Emulan, de este modo, al Claudio de Robert Graves, tan magistralmente encarnado para la BBC en los años 70 por Derek Jacobi como aquel personaje que supo convertir su tartamudez en una máscara de imbecilidad con la que sobrevivir en la Roma, imperial y sangrienta, de los Julio-Claudios.

Sólo esa apuesta por el discurso entrecortado, explica la patética foto de los parlamentarios navarros del PSN-PSOE, con su candidato Fernando Puras al frente, comprometiéndose por escrito a no promover ni votar ninguna iniciativa tendente a unir Navarra con el País Vasco. Pretendían, así, contrarrestar la embestida de las legiones del PP, convocadas para ese día en Pamplona. Para ello, querían demostrar la misma repulsión hacia esa posible unificación recogida no sólo en las abyectas páginas de una reeditada Alternativa KAS, sino planteada explícitamente en la tan loada Constitución, un detalle éste que, ahora, ni socialistas ni populares parecen recordar mientras se dedican a proclamar su navarridad con golpes de pecho.

No menos ridículo, después del culebrón de Iñaki de Juana Chaos, ha sido el sainete organizado en torno al juicio contra Ornaldo Otegi, retirando el fiscal su petición de un año y dos meses de prisión por un delito tan etéreo como el enaltecimiento del terrorismo durante el homenaje a la activista de ETA, Olaya Castresana. Eso sí, el ministerio fiscal se iluminó retirando las acusaciones, sólo una vez había concluido un aparatoso operativo policial para detener en su domicilio al líder de la izquierda abertzale, después de que éste no compareciera ante la Audiencia Nacional a la hora indicada por encontrar bloqueadas las carreteras por la nieve: ¡tal y como estaban informando todas las televisiones!

El problema es que con estos amagos e indecisiones que están caracterizando el talante Zapatero, queda reforzado el discurso ultra de la derecha realmente existente en esta país. Si una propuesta democrática y legítima, que compete en última instancia a la decisión libre de los navarros, se asume como algo vergonzoso de lo que hay que desmarcarse como de un apestado, flaco favor se le hace al sereno debate político y a la madurez crítica de los ciudadanos. Del mismo modo, si tenemos que pasear a personas esposadas para demostrarla a la caverna nuestra firmeza de cristianos viejos en la fe del Estado, mal lo tenemos para encauzar una normalización política que difícilmente puede pasar por la exclusión de la izquierda abertzale.

Por desgracia, los barros de antaño, las leyes de partidos, las catalogaciones genéricas e inquisitoriales en el cajón de sastre de los violentos donde cabe todo; están provocando ahora estos lodos de indecisión. Frente a ello, los socialistas, como Claudio, han optado por esconderse tras el tartamudeo, convencidos de que, al final, el ciudadano de pie recibe con mayor simpatía la lengua trapajosa, que el alarido.

Puede que los augures demoscópicos les den la razón. Aunque en cualquier caso, no harían mal recordando que a Claudio sus limitaciones oratorios no le impedían tener clara su idea del Imperio. Pero, sobre todo, sería crucial que en Ferraz y en Moncloa tengan presente que la tartamudez del viejo emperador no le evitó, al fin, su muerte envenenado. Por ello, y aunque sólo fuera por lo último, no estaría de más que volvieran también su mirada hacia el sabio Demóstenes y comenzaran a domar su voz, llenándose la boca de piedrecitas frente al mar.