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jueves, 12 de junio de 2008

Las anécdotas y los crímenes


Ryszard Kapuściński supo convertir en virtud la necesidad periodística de indagar en los imponderabilia. Para el maestro, todos esos diminutos gestos, aburridas rutinas y monótonos sonidos que envuelven lo cotidiano, componen buena parte de este universo complejo que llamamos realidad. Por ello, siempre aconsejaba poner atención al más mínimo cambio, por anecdótico que pareciera, ya que éste podría ser el detonante o el augurio de la más profunda revolución. Kapuściński compartía, de este modo, la misma intuición analítica que Agatha Cristhie o Dashiell Hammett, en cuyos relatos logramos aprender cómo detrás del más intrascendente detalle suele esconderse, casi siempre, la verdadera clave del crimen.

Las páginas impresas de los diarios -y ahora también las frías pantallas de los ordenadores- son, desde su pretensión de espejos de una supuesta realidad, cobijos idóneos para este tipo de insignificancias que sin embargo parecen esconder la solución de algún enigma. No he podido dejar de pensar en ello mientras estos días leía la noticia de la detención en Holanda del joven paquistaní Aqueel Ur Rehman Abbassi, acusado de pertenecer a una supuesta célula islamista, desarticulada en enero por la policía cuando, según un delator, estaba a punto de inmolarse con una bomba en el metro de Barcelona.

En cualquier caso, más que los preparativos del atentado, lo que atrajo mi atención fue el comportamiento burocrático de este estudiante de Comercio Internacional en la Universidad de Breda, que llegó al Barrio del Raval con la presunta vocación de convertirse en un asesino suicida. Ajeno a los más básicos consejos de clandestinidad, Abbassi, que se preparaba para morir en unas semanas, parece dedicar sus presentidos últimos días en rellenar los más variados impresos administrativos: se inscribió en el padrón municipal, se sacó el carnet de la biblioteca pública de Sant Pau i Santa Creu y, lo que resulta más fascinante, solicitó ser admitido en el Servei Català de Salut.

Es cuanto menos llamativa esta preocupación por la salud en un hombre que se prepara para destrozar su cuerpo. Tal vez detrás de este afán preventivo esté el temor ante un imprevisto e impertinente catarro que le impidiera alcanzar el camino del martirio.O simplemente respondía a la más incontrolada hipocondría. Sea lo que fuera, esperemos que el próximo juicio ayude a desvelar el misterio. Porque, obviamente, Abbassi nunca llegó a inmolarse. Ni en Barcelona, ni en Alemania, donde los servicios de información apuntaban que iba a cometer otra masacre. Al final, el joven paquistaní regresó a Holanda donde fue detenido, declarado persona non grata tras no encontrar ningún cargo contra él, e internado en un centro de extranjería en Vught. Allí llevaba meses esperando su deportación hasta que ahora, de nuevo, ha sido detenido a petición del juez Ismael Moreno que reclama su extradición por su participación en la supuesta conspiración del Raval.

Pero las anécdotas, los pequeños detalles que insisten en destacar en esta historia, no se reducen en este caso a los avatares administrativos de Aqueel Ur Rehman Abbassi. Existen otras insignificancias que se empeñan en llamar la atención mientras se repasa lo publicado aquellos días. Destaca, por ejemplo, el mecánico trabajo realizado por el periodista de El País que tuvo que editar el teletipo de agencia sobre el auto de procesamiento a los 11 detenidos. Especialmente curiosa es su freudiana elección del lugar donde estampar las comillas, ese recurso gráfico con el que el redactor acentúa la veracidad de unas palabras extraídas directamente de la realidad, y por lo tanto destacables del resto de su relato.

El anónimo periodista utilizará las comillas para describir la corriente religiosa a la que pertenecen los inculpados, el Tablighi Jamaat. En realidad, poco nos dice de esta tendencia islámica, de fuerte vocación proselitista, fundado en 1927 por el maestro sufí Maulana Muhammad Ilyas Kandhalawi en Mewart, una provincia india cerca de Delhi. El redactor sólo informa de que se trata de una “versión rigurosa” del Islam que justifica el uso “indiscriminado” de la violencia, remarcando con las comillas el pavor de un lector anónimo que de repente se descubre víctima potencial de unos fanáticos. Un pánico que se verá acrecentado con la ambigua redacción del párrafo siguente, donde al describir las características del explosivo que se iba a utilizar cita textualmente del auto judicial la expresión: “con garantías de causar estragos”, pero deja fuera del entrecomillado la negación, precisamente, de esa posibilidad.

Resulta curiosa esa aleatoria distribución de comillas. Sobre todo en las referencias a el Tablighi ya que unas semanas antes, este mismo diario publicaba un artículo de Fernando Reinares, director del Programa sobre Terrorismo Global en el Real Instituto Elcano y catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos, en la que, pese a reconocer proximidades con grupos armados, señalaba que los miembros de esta corriente “no abogan por el uso de la violencia”. La aparente contradicción se desvanece cuando acudimos al teletipo de Europa Press que originó la información sobre el auto judicial publicada por El País. Así descubrimos que esa tendencia violenta de Tablighi es producto del nuevo arte que el periodismo ha encontrado en las nuevas tecnologías: el cortar y pegar. Al borrar parte del texto original del teletipo, el redactor achaca a todo el grupo religioso lo que, según el juez, responde a una estructura que ha derivado hacia formas más radicales. Y lo mismo ocurre con el material explosivo que, según el auto, “carecía de suficiente potencia destructiva”.

Ignoro si estos cambios son producto de la inexperta mano de uno de esos becarios en prácticas que tanto abundan en esta profesión tan precaria. O tal vez del exceso de celo de un veterano redactor interesado en poner algo más de picante a la fría información judicial. Me resisto a pensar que detrás exista una intención manipuladora. Prefiero creer que, como la preocupación por la salud de Aqueel Ur Rehman Abbassi, sólo se trata de una anécdota. Una más. Ahora quedaría por descubrir en cuál de todos estos insignificantes detalles se esconde la auténtica clave de algún crimen.

sábado, 8 de marzo de 2008

Desde la angustia

España, 8 de marzo. Hoy, víspera de elecciones generales, es jornada de reflexión. Y sin embargo, resulta difícil pensar con tres disparos en el cerebro.

Las detonaciones que ayer segaron la vida en Mondragón de Isaías Carrasco retumban hoy entre las fauces de la bestia. Ayer unos salvapatrias arrojaron sus esputos de plomo con la pretenciosa vocación de promover el diálogo de las bocas partidas. Hoy otros salvapatrias nos recordarán de nuevo el añejo discurso del “no hay descanso contra la hidra” y lanzarán sus índices temblorosos contra quien ose cuestionar la cárcel y el silencio

Pero entre ese retumbar de ecos en la caverna, sólo una certeza: Isaías quedó tendido en el suelo, como un simple cuerpo descoyuntado cubierto de sangre y vergüenza. Los salvapatrias podrán ahora escuchar complacientes sus discursos retroalimentados, entregarse al onanismo mental de las grandes palabras.

Y mañana otra voz podrá ser amordaza, otro pensamiento prohibido, otro disparo esparcirá la nada. El tiovivo macabro sigue así su rueda. Por eso hoy, 8 de marzo, en España es imprescindible la reflexión. Mucho más, incluso, que ir a votar mañana.

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Imagen: Comiendo cuchillo de Juan Roberto Diago

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Las dudas



René Descartes nos recordó hace tiempo que la duda es buena consejera en el difícil camino del conocimiento. El dogma es enemigo de la curiosidad y una mínima dosis de duda es, posiblemente, el mejor antídoto contra la intransigencia. Si el filósofo francés aplicaba la receta al campo de la investigación, no parece menos apropiado el remedio para los delicados males de la política.

Y, sin embargo, la duda cartesiana parece un recurso cada vez más en desuso en nuestras decadentes y autosatisfechas democracias. Si las gigantescas letras que componían la palabra ZWEIFEL(1), con que el artista nórdico Lars Lamberg coronó el Palast der Republik de Berlín, el antiguo parlamento de la RDA, estaban cargadas de escepticismo ante la caída del muro, la decisión de la canciller Angela Merkel de eliminar el oxidado edificio de las orillas del río Spree no está menos llena de metafórica certeza. En la nueva Europa neoliberal del siglo XXI no hay espacio para la duda.

Como tampoco lo hay en los Estados Unidos, donde la gastada democracia alabada un día por Alexis de Tocqueville se rinde ante los herederos del senador Mcarthy empeñados en dar en Guantánamo una última vuelta de tuerca a su obsesiva caza de brujas. Frente al terrorista, como ayer frente al comunista o al hereje, no cabe la duda: sólo la implacable determinación. Más aún, la mínima vacilación resultará sospechosa.

De este modo, el terrorista, encarnación del Mal como el Ángel Caído, ni siquiera necesita materializar su maldad. Y si a los ojos de Dios un mal pensamiento es suficiente para la condena eterna, a los ojos del Estado postmoderno y globalizado un pensamiento inadecuado merece la respuesta de todo el peso de ley. En Guantánamo… o en Madrid.

Por eso es irrelevante que al medio centenar de imputados en el proceso 18/98 no se les acuse de ningún atentado, ni de comprar explosivos. Simplemente, pertenecían a la izquierda abertzale, lo que irremediablemente les convierte en miembros de ETA y, por lo tanto, en merecedores de 527 años y seis meses de prisión. A fin de cuentas, como señala el informe del fiscal, ¿acaso no buscaban “impulsar la revolución desde dentro del sistema democrático”?.

También ANV forma parte de la izquierda abertzale. Aunque ellos mismos siempre se definieron así, lo ha descubierto ahora la Guardia Civil. Y lo ponen por escrito, en rigurosos informes de los servicios de benemérita inteligencia, cuya sola existencia evidencia las peores sospechas. Por eso habrá que ilegalizarla, y luego encarcelar a sus líderes o, incluso, quién sabe, a sus miles de votantes.

Más aún, tal vez algún día sea necesario ilegalizar o encarcelar a esos afiliados, votantes o simpatizantes de IU o del PCE –puede que incluso a algún despistado socialista- que aspiran a realizar la revolución desde dentro del sistema democrático. Como si pensar que el objetivo de la democracia es posibilitar la transformación social y política sin recurrir a la violencia, no les convirtiera en sospechosos de ingenuidad.

No, frente a las ideas inapropiadas no cabe la duda, ni el titubeo, ni la indecisión. Mariano Rajoy, Ángel Acebes y Eduardo Zaplana están vigilantes. Y los asesores de José Luis Rodríguez Zapatero recomiendan un giro al centro.

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(1) "Duda" en alemán

sábado, 6 de octubre de 2007

La salsa y el monarca




Las fronteras que separan la exageración del despropósito nunca han sido terrero seguro. El pescador, por ejemplo, siempre ha sido propenso a “exagerar” las dimensiones de sus capturas. Sin embargo, el aficionado a las artes del anzuelo y el sedal es consciente de que su auditorio sólo aparentará un mínimo interés por sus hazañas si las desproporciones entre el tamaño de sus piezas y las medidas fantasiosas de su relato se ajustan a un básico nivel de sentido común mutuamente acordado. Transformar sardinas en atunes puede ser tolerado como un simpático gesto de complicidad y refuerzo de la autoestima de nuestro amigo el pescador. Pero transformarlas en ballenas sería tal despropósito que no podríamos seguir escuchando el relato sin comenzar a tener la sospecha de que nuestro interlocutor nos está tomando por imbéciles.

Lamentablemente, en los últimos tiempos, esa mínima ponderación que impide pasar de la exageración al despropósito se hace cada día más tenue en las aburridas sociedades avanzadas, donde los medios de comunicación se muestran ávidos de excitantes narraciones y los poderes políticos ansían hallar la truculenta historia que mantenga al respetable público atento en sus asientos y sin molestar. Uno de estos últimos episodios se vivió esta semana. Y como no podía ser de otra forma desde aquel 11 de septiembre neoyorquino, lo hizo siguiendo la estela temática del terrorismo global, un argumento que está resultando tan rentable que, sin duda, habría hecho las delicias de aquellos productores cinematográficos de los años de Guerra Fría que, entre platillos volantes y criaturas monstruosas, dejaban entrever los maléficos planes de un “Planeta Rojo” con capital en Moscú.

Porque resulta difícil considerar sólo una “exagerada” forma de velar por la seguridad ciudadana y la estabilidad de la democracia, la decisión de evacuar varias calles del Soho londinense porque alguien confundió el aroma de la suculenta salsa nam prik pao que afanosamente preparaba el cocinero del restaurante tailandés Thai Cottage Chalemchai Tangjariyapoon, con un supuesto ataque químico orquestado desde alguna tenebrosa cueva en algún recóndito país. De hecho, ni la enfermiza imaginación de Ed Wood habría podido idear para alguna de sus películas, el despropósito de la impactante entrada de los equipos especiales de bomberos en las cocinas para aislar y neutralizar tan sabroso acompañamiento para las gambas.

Tampoco faltan ejemplos de esta tendencia a la desproporción por estas tierras españolas, tan dadas por lo natural a la exageración y a la sobreactuación. Qué otra cosa sino puede considerarse la llamada a rebato que en los últimos tiempos están protagonizando los más variados abanderados de la monarquía desde que la revista satírica El jueves osó dejar a los Príncipes de Asturias con el culo al aire. No en vano, tras el ondear de unas -por desgracia- pocas banderas republicanas, algunos parecen empeñados en equiparar la quema de cuatro fotocopias con la imagen de los ciudadanos Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia, con el último paso que dio Luis XVI antes de que Charles Henri Sanson accionara el dispositivo de la guillotina sobre su cabeza. Sólo que ahora la gesta ingenua de unos adolescentes antimonárquicos está acabando ante los tribunales y puede terminar entre barrotes para algún infeliz.

En última instancia, detrás de estas aparatosas actuaciones en defensa del orden no hay más que un afán interesado por hacer ruido y amedrentar a las ya de por sí pusilánimes audiencias. Remover las aguas mediáticas buscando, como no podría ser de otra forma hablando de exageraciones, una “ganancia de pescadores” conseguida a costa de enturbiar los fondos con lodo. Lo sorprendente, en cualquier caso, es que todavía no falte quien esté dispuesto a tragarse el anzuelo.