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domingo, 24 de agosto de 2008

Primer plano, star system y septorrinoplastia

Desde que en 1903 Edwin S. Porter rodó El gran robo del tren, el mundo no volvió a ser el mismo. El pionero cineasta no sólo sentó con aquel filme las bases del modelo narrativo de un nuevo arte. También fijó uno de los principales recursos con los que contaría la incipiente industria cinematográfica no sólo para conquistar el mundo. El responsable fue un hombre de bigotes amenazantes que mirándonos fijamente con su incorporeidad en blanco y negro, nos disparaba a bocajarro desde la pantalla antes de desvanecerse entre el humo de su pistola.

Nacía así, oficialmente, el primer plano, recurso narrativo que determinaría la evolución del cine. La cercanía de la visión permitió al espectador reconocer al actor, identificarse con él, sentirlo próximo, interesarse por él y, sobre todo, seguirlo. De ese modo, a partir de ese momento todo estaba listo para que, unos años más tarde, Carl Laemnle, promotor de los estudios Universal, diera con la fórmula secreta para vender sus mercancías: el star system.
Hollywood se dedicó desde entonces a fabricar y distribuir estrellas, aplicando en ello la más fría racionalidad capitalista. Los cines de las ciudades más remotas, en los países más lejanos, se abarrotaban de público expectante ante la última película de Greta Garbo, Betty Davis o Ava Gadner. La receta se mostró infalible durante décadas. Sólo exigía un requisito: garantizar el éxito de aquel primer plano. Y había que cumplirlo al precio que fuera, como tuvieron que sufrir la mayoría de actrices de aquellos años a las que se arrancó muelas para realzar sus pómulos, o se extirpó costillas para acentuar sus caderas.
Aunque hace décadas que el star system dejó atrás su gran esplendor, su impacto fue tan intenso que terminó moldeando nuestra propia visión de una realidad que los mass media se encargaron en transformar en espectáculo. Así nuestro interés por el mundo acaba reducido a seguir los avatares de Fernando Alonso o Rafa Nadal, mientras que las preocupaciones políticas se limitan a conocer el nombre del protagonista del próximo estreno anunciado.
En la comedia de enredo que es la política norteamericana, por ejemplo, el artista revelación de la temporada es Barack Obama. El guión, como bien recordara estos días su candidato a la vicepresidencia, el veterano Joseph Biden, es el de siempre: recuperar el sueño americana y desear que Dios bendiga a América y sus soldados. Mientras, fuera de plano, las tropas norteamericanas y sus aliados ejecutan la última matanza en Iraq o Afganistán, con banda sonora de Judy Garland entonando por la eternidad su Over the rainbow.
Claro que más mérito tiene el caso español. Aquí se recurre al primer plano y al star sytem nada más y nada menos que para salvaguardar el reino y su monarquía. No en vano, la televisiva Leticia Ortiz se dedicó durante años a colarse en los hogares de sus súbditos, para que sus retinas acabaran reteniendo su imagen de futura reina. Y la estrella, como las mejores actrices de antaño, está dispuesta incluso al sacrificio del retoque quirúrgico con tal de mejorar ese perfil que algún día aparecerá estampado en las monedas. Una septorrinoplastia, en fin, con la que conseguirá planos más cercanos. Pero sobre todo, que mejorará la respiración de una Casa Real a la que horroriza la perspectiva de terminar asfixiada.

jueves, 12 de junio de 2008

Las anécdotas y los crímenes


Ryszard Kapuściński supo convertir en virtud la necesidad periodística de indagar en los imponderabilia. Para el maestro, todos esos diminutos gestos, aburridas rutinas y monótonos sonidos que envuelven lo cotidiano, componen buena parte de este universo complejo que llamamos realidad. Por ello, siempre aconsejaba poner atención al más mínimo cambio, por anecdótico que pareciera, ya que éste podría ser el detonante o el augurio de la más profunda revolución. Kapuściński compartía, de este modo, la misma intuición analítica que Agatha Cristhie o Dashiell Hammett, en cuyos relatos logramos aprender cómo detrás del más intrascendente detalle suele esconderse, casi siempre, la verdadera clave del crimen.

Las páginas impresas de los diarios -y ahora también las frías pantallas de los ordenadores- son, desde su pretensión de espejos de una supuesta realidad, cobijos idóneos para este tipo de insignificancias que sin embargo parecen esconder la solución de algún enigma. No he podido dejar de pensar en ello mientras estos días leía la noticia de la detención en Holanda del joven paquistaní Aqueel Ur Rehman Abbassi, acusado de pertenecer a una supuesta célula islamista, desarticulada en enero por la policía cuando, según un delator, estaba a punto de inmolarse con una bomba en el metro de Barcelona.

En cualquier caso, más que los preparativos del atentado, lo que atrajo mi atención fue el comportamiento burocrático de este estudiante de Comercio Internacional en la Universidad de Breda, que llegó al Barrio del Raval con la presunta vocación de convertirse en un asesino suicida. Ajeno a los más básicos consejos de clandestinidad, Abbassi, que se preparaba para morir en unas semanas, parece dedicar sus presentidos últimos días en rellenar los más variados impresos administrativos: se inscribió en el padrón municipal, se sacó el carnet de la biblioteca pública de Sant Pau i Santa Creu y, lo que resulta más fascinante, solicitó ser admitido en el Servei Català de Salut.

Es cuanto menos llamativa esta preocupación por la salud en un hombre que se prepara para destrozar su cuerpo. Tal vez detrás de este afán preventivo esté el temor ante un imprevisto e impertinente catarro que le impidiera alcanzar el camino del martirio.O simplemente respondía a la más incontrolada hipocondría. Sea lo que fuera, esperemos que el próximo juicio ayude a desvelar el misterio. Porque, obviamente, Abbassi nunca llegó a inmolarse. Ni en Barcelona, ni en Alemania, donde los servicios de información apuntaban que iba a cometer otra masacre. Al final, el joven paquistaní regresó a Holanda donde fue detenido, declarado persona non grata tras no encontrar ningún cargo contra él, e internado en un centro de extranjería en Vught. Allí llevaba meses esperando su deportación hasta que ahora, de nuevo, ha sido detenido a petición del juez Ismael Moreno que reclama su extradición por su participación en la supuesta conspiración del Raval.

Pero las anécdotas, los pequeños detalles que insisten en destacar en esta historia, no se reducen en este caso a los avatares administrativos de Aqueel Ur Rehman Abbassi. Existen otras insignificancias que se empeñan en llamar la atención mientras se repasa lo publicado aquellos días. Destaca, por ejemplo, el mecánico trabajo realizado por el periodista de El País que tuvo que editar el teletipo de agencia sobre el auto de procesamiento a los 11 detenidos. Especialmente curiosa es su freudiana elección del lugar donde estampar las comillas, ese recurso gráfico con el que el redactor acentúa la veracidad de unas palabras extraídas directamente de la realidad, y por lo tanto destacables del resto de su relato.

El anónimo periodista utilizará las comillas para describir la corriente religiosa a la que pertenecen los inculpados, el Tablighi Jamaat. En realidad, poco nos dice de esta tendencia islámica, de fuerte vocación proselitista, fundado en 1927 por el maestro sufí Maulana Muhammad Ilyas Kandhalawi en Mewart, una provincia india cerca de Delhi. El redactor sólo informa de que se trata de una “versión rigurosa” del Islam que justifica el uso “indiscriminado” de la violencia, remarcando con las comillas el pavor de un lector anónimo que de repente se descubre víctima potencial de unos fanáticos. Un pánico que se verá acrecentado con la ambigua redacción del párrafo siguente, donde al describir las características del explosivo que se iba a utilizar cita textualmente del auto judicial la expresión: “con garantías de causar estragos”, pero deja fuera del entrecomillado la negación, precisamente, de esa posibilidad.

Resulta curiosa esa aleatoria distribución de comillas. Sobre todo en las referencias a el Tablighi ya que unas semanas antes, este mismo diario publicaba un artículo de Fernando Reinares, director del Programa sobre Terrorismo Global en el Real Instituto Elcano y catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos, en la que, pese a reconocer proximidades con grupos armados, señalaba que los miembros de esta corriente “no abogan por el uso de la violencia”. La aparente contradicción se desvanece cuando acudimos al teletipo de Europa Press que originó la información sobre el auto judicial publicada por El País. Así descubrimos que esa tendencia violenta de Tablighi es producto del nuevo arte que el periodismo ha encontrado en las nuevas tecnologías: el cortar y pegar. Al borrar parte del texto original del teletipo, el redactor achaca a todo el grupo religioso lo que, según el juez, responde a una estructura que ha derivado hacia formas más radicales. Y lo mismo ocurre con el material explosivo que, según el auto, “carecía de suficiente potencia destructiva”.

Ignoro si estos cambios son producto de la inexperta mano de uno de esos becarios en prácticas que tanto abundan en esta profesión tan precaria. O tal vez del exceso de celo de un veterano redactor interesado en poner algo más de picante a la fría información judicial. Me resisto a pensar que detrás exista una intención manipuladora. Prefiero creer que, como la preocupación por la salud de Aqueel Ur Rehman Abbassi, sólo se trata de una anécdota. Una más. Ahora quedaría por descubrir en cuál de todos estos insignificantes detalles se esconde la auténtica clave de algún crimen.

viernes, 30 de mayo de 2008

El rey gafe del Himalaya



Gyanendra Bir Bikran Shah Dev atraía la mala suerte. Así lo dictaminaron cuando nació los doctos astrólogos que consultaron las estrellas de Katmandú aquel verano de 1947. Ahora, el tiempo parece confirmar los augurios de las constelaciones y el duodécimo maharajadhiraja de la dinastía Shah está a punto de pasar a la Historia como el último rey de Nepal. La fatalidad se cuela así en el relato de las grandes agencias de comunicación que nos dan cuenta de la nueva república que despierta a los pies del Annapurna. Y ciertamente resulta tentador proyectar la sombra funesta del destino para explicar los avatares de estas pobres tierras que dan cobijo al Himalaya. No en vano, el acceso al trono de Gyanendra se vio envuelto por una espesa niebla que sólo recurriendo a la estoica ayuda de la fatalidad parece posible disipar.

Así, los instantes finales de su hermano mayor el rey Birendra parecen seguir el desarrollo dictado por un dios enojado y caprichoso: la irrupción del príncipe heredero Dipendra Bir Bikram aquella noche del 1 de junio de 2001, ebrio, enloquecido por la prohibición de su matrimonio con la joven Devyani y con la rabia hecha fuego indiscriminado. Y tras el estruendo de disparos, el suelo de la sala de billar y los jardines del Palacio Narayanhiti se quedó cubierto por la sangre y los cuerpos esparcidos del rey y la reina Aishwarya, del príncipe Niraján y la princesa Surtí, de dos hermanos del monarca y de las princesas Shanti, Jayanti y Sharada y su esposo. Después el enamorado borracho giró el cañón de su arma hacia su cabeza. Aquella última caricia al gatillo situó a Gyanendra ante las puertas del Palacio Hanuman, donde fue solemnemente coronado mientras su esposa se recuperaba de las heridas sufridas en una matanza de la que, para sorpresa de muchos, salió ileso su hijo.

Desde entonces el nuevo rey gobernó, pero lo hizo, eso sí, con afán modernizador. Para ello no tuvo problemas en cambiar los derechos feudales por una cuantiosa participación en el negocio turístico, boyante por las ansias de miles de europeos por alcanzar el nirvana en las altas cumbres del país, ni en sustituir el tradicional poder absoluto del panchayat por las occidentalizantes formas del estado de excepción y el autogolpe de estado. Todo ello frente a una rebelión maoísta impulsada por un Partido Comunista desplazado del poder por intrigas palaciegas y parlamentarios después de haber sido la primera formación de izquierdas de Asia que llegaba democráticamente al gobierno en 1994. Y como trasfondo social, una población donde más de un millón de personas malvive con menos de un dólar diario y el 48,3% de los niños menores de cinco años pasa hambre, según el Banco Mundial, o donde dos de cada diez nacidos no llegarán a cumplir los cuarenta años, tal y como augura el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo con la misma fatalidad que los antiguos astrólogos de palacio.

Sin embargo, las agencias nos recordarán estos días que Gyanendra atraía la mala suerte, como si el ocaso de 270 años de dinastía fuera un presagio encarnado en su maldición. Por su parte, El País se sorprenderá a grandes titulares de la victoria comunista en las urnas, evidenciando una vez más su mala memoria selectiva. Luego, los expertos y los editoriales se mantendrán a la espera. Nunca se sabe si dentro de poco será necesario rescatar un nuevo perfil de Gyanendra. De hecho, en algún momento llegó a considerarse a los reyes de su familia la reencarnación del dios Vishnú. Y ya se sabe, el hinduismo tiene buena acogida en el materialista Occidente. Al menos tanta como el budismo y al Dalai Lama no le va nada mal.

martes, 13 de mayo de 2008

Purgatorios



Cuentan de Karol Wojtila que le obsesionaba tanto el destino de su hermana nacida sin vida, que al convertirse en Juan Pablo II hizo de la revisión de las geografías del Más Allá una de sus prioridades teológicas. Fue así como terminó convencido de la inexistencia del Limbo y persuadido de la misericordia divina para con los infantes muertos sin bautizar. Esta tortuosa reflexión le condujo, a la vez, a cuestionar ese carácter físico del Cielo, Infierno y Purgatorio que Dante había legado al imaginario cristiano con tanto detalle.

Tan generosa interpretación de la Otra Vida contrasta con el apego demostrado por Wojtila al dogma, la contrarreforma y el anticomunismo cuando de abordar los asuntos terrenales se trataba. Su sucesor heredaría de él esta línea dura frente a los supuestos pecados del hombre. Pero Joseph Ratzinger, ajeno al drama personal del polaco, no tendrá reparos en proyectar también al Otro Mundo esa actitud intransigente. Por ello, a la primera oportunidad que tuvo, Benedicto XVI nos recordó que el Infierno es algo mucho más tormentoso que esa simple idea metafísica esbozada por su antecesor.
El nuevo pontífice evitó, en cualquier caso, ser más explícito sobre esos reinos de Pedro Botero, tal vez por sus limitaciones imaginativas para anunciar realidades más espeluznantes que las que día a día se viven en Bagdad, Darfur o Kabul. Del mismo modo, tampoco adelantó pistas sobre los goces que aguardan a los elegidos en el Paraíso, aconsejado sin duda por ese afán eclesiástico por reprimir cualquier atisbo de placer que pueda hacer volar las ensoñaciones de los fieles. Pero, con todo, lo que resulta más llamativo fue el total mutismo de Benedicto XVI sobre los perfiles del Purgatorio. Y ello pese a que esa tierra de nadie entre el Cielo y el Infierno por los siglos de los siglos, no sólo es el lugar que mayor número de ánimas podría acoger en los preparativos del Juicio Final, sino que desde hace tiempo se ha convertido en la cotidianidad más parecida a nuestro presente.

En efecto, desde que Francis Fukuyama decretó el fin de la historia y los consejos de administración de las principales corporaciones hicieron suya la propuesta, la mayor parte del planeta se halla sumida en una especia de Purgatorio sin remisión, un devenir en punto muerto del que, según nos advierten, no tenemos escapatoria. No en vano, si antes se presentaba como un tránsito de purificación dolorosa en el camino al Paraíso, hoy se nos aparece como un callejón sin salida cuya única alternativa es el fuego eterno. Nos permiten esquivar el abismo del infierno, es cierto, pero a cambio de renunciar a la más remota esperanza.

Esta condena a perpetua expiación atenaza por igual a hombres y geografías. La deriva que el Líbano vive agravada estos días es, de hecho, una buena muestra de este porvenir prefigurado de parálisis. Abocado al espectro de la guerra, su única alternativa es la Nada. Esa es la decisión última de un Occidente que ha dispuesto que Hizbollah no existe, que es tanto como exigir al País de los Cedros que pierda sus cedros. Una sinrazón digna de menosprecio si no existiera el precedente, hace ahora sesenta años, de decretar la inexistencia de árabes en Palestina hasta desencadenar la Nakba, la catástrofe, evidenciando así las frágiles fronteras que siempre separan a los purgatorios del Infierno.

Una lúgubre perspectiva que incluso se siente en aquellos purgatorios por cuyos ventanales parece percibirse cercano el aroma del Paraíso. Almacenes de almas en pena esperando una incógnita, como en las frías alambradas de Guantánamo donde los condenados visten con mono naranja el púdico hedor de su desesperanza. El espacio indefinido se convierte así en aséptica necrópolis donde almacenar al disidente, real o imaginado, al que se arrebata la certeza última del asesinado hasta dejarlo aterido por su nueva condición de no-vivo. Hibernación del molesto, que Europa, siempre atenta a las tendencias del otro lado del Atlántico, se apresura a reconvertir en salas de espera para esos 8 millones de visitantes con carencias burocráticas donde aguardar el retorno por la vía administrativa a sus infiernos personales.

Una realidad de letargo que termina por adherirse a la geografía íntima de nuestras pieles. Así el purgatorio se transforma en nuestra sombra, helando nuestras reacciones, imposibilitando nuestras respuestas, dejándonos sin estímulos. Hieráticos terminamos aceptando nuestra condición de congelados tras convencernos de que nuestra vida pende de un hilo, como si fuésemos arañas o ahorcados. Eso sí, con la banda sonora de los anuncios televisivos de fondo y los ladridos del cancerbero a lo lejos para recordarnos qué nos aguarda si osamos aflojar el nudo de nuestra soga.

Por todo ello Benedicto XVI evita hablarnos del Purgatorio en sus sermones, porque hacerlo sería tanto como situarnos frente al espejo de nuestras renuncias. Y para ese ejercicio de desnudar los falsos resortes de nuestra resignación es más útil Karl Marx que las Sagradas Escrituras. O ir al teatro. Sentarse en la butaca y dejarse envolver por una poética del purgatorio como la recreada en su obra por el dramaturgo Francisco Zarzoso, que se transforma en El mal de Holanda en toda una radiografía del engaño: purgatorio envuelto con colores del paraíso, pero en cuyo interior se destapa un infierno representado en tres actos. Allí, en la penumbra de la sala, podemos llegar a imaginar cómo no hay infierno ni purgatorio al que no le llegue su telón final, por muy eterno con que se nos imponga.

miércoles, 23 de enero de 2008

El dulce sueño de las mil y una noches



Desde los encuentros de José María Aznar con George Bush en el rancho de Crawford, la derecha española se encuentra atrapada por el embrujo de Karl Rove. Frente a los nostálgicos progresistas anclados en el afán de analizar la realidad para cambiarla —esa trasnochada reality-based community—, un asesor presidencial -que todo indica que fue Rove en una reprimenda privada al periodista Ron Suskind- defiendió la opción de inventar a cada momento realidades que se ajusten a los planes diseñados por el gabinete de sabios de la Casa Blanca.

El asesor del presidente norteamericano elevó así el engaño al rango de teoría política. Y desde ese momento, ni Washington ni el Pentágono reparan en gastos para buscar los mejores relatos con los que embaucar a los ciudadanos en lo que ya se conoce como la estrategia de Sherezade. Así, el Despacho Oval se llenó de diseñadores y productores televisivos a los que se encargó las mejoras tomas del presidente para promocionar sus hazañas bélicas por Oriente, o incluso de magos, como David Blaine, tal vez en un desesperado intento de sacar de la chistera las desaparecidas armas de destrucción masiva que justificaran la matanza.

Pese a lo cuestionado de sus teorías a la vista de lo que ocurre por Afganistán, Irak o Palestina, la música de Rove sigue inspirando a las cabezas pensantes de la calle Génova. El problema radica en que a la hora de escribir buenos guiones, España nunca tuvo la tradición épica de Hollywood, ni siquiera la colorista de Bollywood. Por eso, a Mariano Rajoy en lugar de superproducciones a lo Cecil B. de Mille, se la ha llenado la agenda política de películas a lo Sáez de Heredia de la posguerra.

En realidad no podía ser de otra forma con un imaginario conservador construido sobre la base de Raza, A mi la Legión y Marcelino, pan y vino. Una fusión entre cuartel y sacristía que se deja sentir en los grandes relatos difundidos por el PP durante estos últimos cuatro años: la conspiración judeomasónica tras los atentados del 11-M, la ruptura de España, la patria entregada a las malvadas ambiciones de los terroristas. Guiones vetustos y exagerados que pese a los intentos de la Conferencia Episcopal, parecen llegar agotados al arranque de la campaña.

De hecho, en las últimas semanas los populares han dejado en segundo plano los grandes relatos, ante el tirón de audiencia obtenido con el culebrón barato de amores y traiciones protagonizado por Alberto Ruiz Galladón y Esperanza Aguirre. Un sainete recibido con alborozo por la audiencia progresista empeñada en presentar al ambicioso alcalde de Madrid como a una especia de antihéroe con el que identificarse.

Y es que, con todo, lo peor no es tanto el afán del PP por crear y recrear ficciones a la medida de sus estrategias políticas, como la incapacidad de los socialistas por imponer sus propios relatos, más inspirados en la modernidad manchega de Pedro Almodóvar. En realidad, si en un principio el PSOE se sintió incómodo por la presión mediática que recaía sobre la desorientada personalidad de José Luis Rodríguez Zapatero, lo cierto es que ahora se encuentra encantado con la marcha del relato popular. Especialmente con la irrupción de Manuel Pizarro como estrella invitada en el serial televisivo. Su entrada en escena ha permitido rebajar la tensión sobre Zapatero y redirigir el protagonismo de la campaña electoral hacia los número dos de cada partido. Una maniobra que permite al europeísta Felipe González alertar del giro del PP hacia la derecha ultramontana, mientras se disimula el desmelene neoliberal que supone situar a Pedro Solbes en el primer plano de la pugna política. De este modo, el Ministro de Economía, pletórico de osadía, amenaza con debates para matizar los delirios del ex presidente de Endesa. Y al mismo tiempo, el Gobierno apoya la causa saharaui regalando misiles a Marruecos, el derecho de la mujer a decidir libremente su maternidad retrocede a los años 70 del siglo pasado y el juez Baltasar Garzón se entrega ensimismado a su misión histórica de salvar la democracia prohibiendo partidos.

Mientras tanto, Sherezade continúa relatando las historias que inventara Karl Rove. Y la reality-based community española sigue entregándose al sueño dulce de las mil y una noches.

jueves, 22 de noviembre de 2007

África, entre el muñón y la esperanza


Cuando África existe, cuando el continente negro logra alcanzar esa mínima visibilidad que le otorga un fugaz instante en los telediarios, es para convertirse en metáfora del espanto. En otro tiempo, su nombre femenino llegaba envuelto por el evocador tronar de los tambores, las últimas y esperadas noticias sobre la pugna entre Speke y Burton por alcanzar las fuentes del Nilo, el rugir de leones tras los pasos perdidos del doctor Livingston o la cristiana búsqueda del buen salvaje, demasiado inocente para afrontar solo, sin la férrea disciplina misionera, la tentadora naturaleza sensual que le rodeaba.

Eran los tiempos en que el colonialismo se adentraba por el Níger con la sonrisa entusiasta del progreso en el rostro y la voracidad de los viejos buques negreros oculta en las entrañas. Luego llegarían los Bokassa para garantizar que nunca les faltaran los diamantes a los Valèry Giscard D’Estaing de turno en los consejos de ministros o las juntas de accionistas. Y los bienpensantes del mundo libre decidieron que había llegado el momento de olvidarse de África, pues la discreción es la mejor consejera de los negocios.

Para cuando Francis Fukuyama anunció el fin de la historia, el continente ya había desaparecido. Sólo algunos documentales en canales de mínima audiencia, recordaban a los telespectadores que África continuaba viva, pero sólo como paisaje, como refugio de fauna salvaje, sin gente, vacía. Por eso nadie entendía nada cuando el primer machetazo cayó sobre Ruanda. Sólo quedó el rostro desencajado ante el horror y la matanza.

Desde entonces África es la geografía del terror que periódicamente asalta nuestras sobremesas con el dilema de adivinar cuál es la mayor catástrofe: ¿Darfur? ¿Somalia? El mítico paraíso que vio dar sus primeros pasos al hombre se ha convertido hoy en la tierra de podredumbre origen del Sida, una balsa de Medusa a la deriva de la que todos quieren escapar en los cayucos de la desesperanza amenazando así nuestras cálidas costas de tranquilidad.

Y en la mirada selectiva de hoy sobre África, como en la de ayer, no existe espacio para el africano. Ni siquiera ese mínimo respeto distante que planteara Conrad cuando se asomaba al corazón de las tinieblas. Así se enmudece la voz crítica del continente y se evitan los recuerdos incómodos para nuestra autocomplacencia. Recuerdos como los de Thomas Sankara que hastiado del papel de víctima o verdugo que el guión reserva a los habitantes del continente, decidió escribir un nuevo relato para hombres y mujeres dignos y lo llamó Burkina-Faso. Al volante de un Renault-5 se adentró por los duros caminos de una revolución que buscaba la ingenua meta de la felicidad. Era consciente de que los cambios necesarios llegaban tarde, pero también estaba convencido de la necesidad de impulsarlos antes de que fuera demasiado tarde.

Un 15 de noviembre los africanos se despertaron estremecidos por la noticia del asesinato de Sankara. Hace sólo veinte años de aquella muerte que contó con todas las bendiciones de François Mitterrand. Pero este aniversario no ha provocado ni una sola línea en la prensa española tan propensa a las conmemoraciones. Su perfil rebelde y orgulloso no encaja en ese escenario del espanto que debe ser África.

Es más amable seguir el concurso de Miss Mina antipersonal promovido por el noruego Morten Traavik con fondos europeos. Las finalistas, seleccionadas entre miles de aspirantes tullidas, siguen nerviosas la marcha de las votaciones. La ganadora obtendrá como premio una espléndida prótesis de última generación, generosamente donada por una empresa nórdica. El resto de África seguirá condenada al muñón.

martes, 13 de noviembre de 2007

Las formas, los reyes y los nuestros

El conflicto entre las formas y los fondos ha llenado miles de páginas en la voluminosa historia del arte y las ideas. La aparente primacía de los contenidos ha impedido a menudo que la estética, con su distanciamiento, introduzca ese matiz de ponderación capaz de evitar la rigidez discursiva tan común por las geografías del dogmatismo. Por el contrario, el reproche formalista es no pocas veces un recurso hipócrita con el que se intenta esquivar el duro golpe que nos lanzan algunas verdades como puños.

No poca de esa hipocresía parece esconderse detrás de la reacción de José Luis Rodríguez Zapatero y Juan Carlos de Borbón a propósito de las intervenciones de los presidentes Hugo Chávez y Daniel Ortega en la reciente Cumbre Iberoamericana. Al menos llama la atención la vehemente defensa que Zapatero hizo de su antecesor en el cargo José María Aznar por el apelativo de “fascista” lanzado contra él por el líder venezolano. Un adjetivo que, más allá de conceptualizaciones historiográficas, no parece muy descabellado políticamente para alguien que se apresuró a cerrar filas con el golpista Pedro Carmona -como reconoció en su día el propio ministro Miguel Angel Moratinos-, convirtiendo de este modo a España en valedora frente a Europa de lo que era un acto de fuerza en contra de un gobierno democráticamente elegido.

Por eso habría sido de agradecer que Zapatero hubiera manifestado la misma firmeza que mostró defendiendo la supuesta honorabilidad atacada de Aznar, asegurando que aquella sería “la última vez” que un gobierno español injería en asuntos internos de un país soberano. Pero sin embargo no lo hizo, dejando sembrada así la duda sobre si su altercado con Chávez no escondía, a su vez, un oportuno guiño cómplice hacia la oposición venezolana que estos días se moviliza, jaleada por el Grupo Prisa, contra la reforma constitucional en marcha en el país.

En lugar de ello el presidente español prefirió resguardarse en la orden de callar lanzada por el monarca. Con estos dos gestos, la diplomacia española parece asumir en Latinoamérica la validez de aquel viejo refrán que aseguraba que “no hay peor sordo que el que no quiere oír”. Un autismo premeditado y remarcado poco después por el propio rey con su decisión de abandonar la sala para no escuchar las críticas del presidente nicaragüense contra las multinacionales españolas, consorcios económicos que, en cualquier caso, esconden más de una vergüenza por las castigadas tierras latinoamericanas.

Lo peor, con todo, no ha sido el incidente en sí, sino la llamada a rebato lanzada por los medios de comunicación españoles frente al supuesto ultraje nacional. Se asume así el rancio patrioterismo como razón de Estado. Nada puede cuestionar la defensa a ultranza de nuestros compatriotas enarbolada por Zapatero o la salvaguarda ciega de nuestras empresas asumida por el rey. Al fin y al cabo, Franklin Delano Roosevelt ya dejó claro el siglo pasado que en las políticas hacía América Latina había que proteger a los nuestros, aunque los nuestros fueran unos hijos de puta.

jueves, 25 de octubre de 2007

Los periódicos y el síndrome de la minifalda

"Es que iba provocando". Con estas palabras, u otras similares, se solía relativizar -y aún se suele seguir haciendo- infinidad de agresiones sexuales contra la mujer, creando incluso jurisprudencia en más de una sonora sentencia. La culpabilización de la víctima se esconde así en el plisado de una falda que se precipita a más o menos centímetros de la rodilla, en el escote generoso en transparencias, o en ese carmín tan subido de tono que, según sus detractores, lo convierten en violentamente irresistible para la testosterona cándida del violador.

Así la violencia ejercida contra la anatemizada hembra, se percibe como una suerte de venganza bíblica que restituye de forma ejemplarizante el equilibrio roto por su exhibicionista comportamiento. Y el agresor, reivindicado por la ley de los jueces y la sabiduría rancia de Perogrullo, conserva intacta su prepotencia de poder en lo alto de su torre de fálico marfil. Porque, a fin de cuentas y en última instancia, quien muestra carne, carne quiere; uno no es de piedra, y luego pasa lo que pasa.

Sin duda, estos argumentos escandalizarían a cualquiera que tuviera no sólo una mentalidad liberal, sino simplemente el más mínimo de sentido común. Incluso no faltarían periodistas sensibilizados que desde las páginas de los más serios, rigurosos y progresistas diarios lanzarían los más encendidos artículos y editoriales, para denunciar tan inadmisibles comportamientos sociales y judiciales.

Y, sin embargo, el manido argumento de la minifalda exhibicionista sigue llenando páginas y páginas de esos mismos diarios cuando de lo que se trata es de salvaguardar el buen orden social e internacional. De este modo, por ejemplo, los españoles podemos comprender un poco mejor por qué atacan a nuestras tropas y matan a nuestros soldados en el Líbano, tras conocer que este país tiene la provocativa desfachatez de romper el alto el fuego y disparar contra los aviones israelíes que cándidamente penetran en su espacio aéreo.

O nos descubren indignados como Venezuela, convertida en los últimos años en país minifalda por excelencia, tiene la osadía de reformar su constitución para recortar las libertades civiles en caso de emergencia. Nos ponen de nuevo en guardia ante ese iluminado sátrapa Hugo Chávez, aspirante a la eterna reelección, encaprichado en tener una constitución a medida, con las mismas disparatadas posibilidades que otorga, sin ir más lejos, la actual Constitución española.

Son ganas de provocar. Y, claro, luego pasa lo que pasa.

viernes, 19 de octubre de 2007

Mentiras sin sexo y cintas de vídeo



Hace tiempo que la actividad política en España se ha convertido en un ejercicio virtual de sombras chinescas, que nos entretiene en su proyección mientras la platónica realidad parece estar en otra parte. Eso explica en gran medida la afición cinematográfica que en las últimas semanas los dos grandes partidos están demostrando en su lucha por llevarse el gato electoral a sus respectivas aguas.

Obviamente, no se trata de una inclinación cinéfila a lo arte y ensayo, con sesudos debates de cine-club clandestino del tardo-franquismo. No, en realidad, se limitan a moverse por el espacio amable del video doméstico, como propuesta segura para atraer la atención del votante y televidente, o más exactamente, del nuevo televotante. La democracia adquiere de este modo un nuevo carácter, que cede los espacios participativos de antaño -la calle, la fábrica, el parlamento, el casino provinciano o el café- para dar paso a un nuevo referente de pluralidad en el universo divertido del YouTube.

Y es que la cosa ha ido degenerando velozmente. Muy lejos queda ya la mínima calidad formal con que se planteara Hay motivo. Ahora todo vale. Desde el candoroso video de las Juventudes Socialistas, a la caspa audiovisual que generó como réplica. Del solemne y decimonónico Mariano Rajoy convertido en una suerte de Agustina de Aragón defensora de la bandera nacional, a José Luis Rodríguez Zapatero como encarnación de una simpática Sor Citroën dispuesta a cantarnos los logros de su gobierno acompañada por los eucarísticos acordes de una guitarra.

No es extraño que ante este panorama el neonato Público nos plantee el juego de hallar las siete diferencias entre las imágenes contrastadas del presidente del Gobierno y el pretendido líder de la oposición. Un entretenimiento amable y familiar con que los mass media nos recuerdan, una vez más, lo gratificante que puede ser seguir viviendo en el sistema ideado por don Antonio Cánovas del Castillo. Menos mal que, desde dentro, Gaspar Llamazares nos prepara para esa lucha final en las barricadas de Second Life.

sábado, 6 de octubre de 2007

La salsa y el monarca




Las fronteras que separan la exageración del despropósito nunca han sido terrero seguro. El pescador, por ejemplo, siempre ha sido propenso a “exagerar” las dimensiones de sus capturas. Sin embargo, el aficionado a las artes del anzuelo y el sedal es consciente de que su auditorio sólo aparentará un mínimo interés por sus hazañas si las desproporciones entre el tamaño de sus piezas y las medidas fantasiosas de su relato se ajustan a un básico nivel de sentido común mutuamente acordado. Transformar sardinas en atunes puede ser tolerado como un simpático gesto de complicidad y refuerzo de la autoestima de nuestro amigo el pescador. Pero transformarlas en ballenas sería tal despropósito que no podríamos seguir escuchando el relato sin comenzar a tener la sospecha de que nuestro interlocutor nos está tomando por imbéciles.

Lamentablemente, en los últimos tiempos, esa mínima ponderación que impide pasar de la exageración al despropósito se hace cada día más tenue en las aburridas sociedades avanzadas, donde los medios de comunicación se muestran ávidos de excitantes narraciones y los poderes políticos ansían hallar la truculenta historia que mantenga al respetable público atento en sus asientos y sin molestar. Uno de estos últimos episodios se vivió esta semana. Y como no podía ser de otra forma desde aquel 11 de septiembre neoyorquino, lo hizo siguiendo la estela temática del terrorismo global, un argumento que está resultando tan rentable que, sin duda, habría hecho las delicias de aquellos productores cinematográficos de los años de Guerra Fría que, entre platillos volantes y criaturas monstruosas, dejaban entrever los maléficos planes de un “Planeta Rojo” con capital en Moscú.

Porque resulta difícil considerar sólo una “exagerada” forma de velar por la seguridad ciudadana y la estabilidad de la democracia, la decisión de evacuar varias calles del Soho londinense porque alguien confundió el aroma de la suculenta salsa nam prik pao que afanosamente preparaba el cocinero del restaurante tailandés Thai Cottage Chalemchai Tangjariyapoon, con un supuesto ataque químico orquestado desde alguna tenebrosa cueva en algún recóndito país. De hecho, ni la enfermiza imaginación de Ed Wood habría podido idear para alguna de sus películas, el despropósito de la impactante entrada de los equipos especiales de bomberos en las cocinas para aislar y neutralizar tan sabroso acompañamiento para las gambas.

Tampoco faltan ejemplos de esta tendencia a la desproporción por estas tierras españolas, tan dadas por lo natural a la exageración y a la sobreactuación. Qué otra cosa sino puede considerarse la llamada a rebato que en los últimos tiempos están protagonizando los más variados abanderados de la monarquía desde que la revista satírica El jueves osó dejar a los Príncipes de Asturias con el culo al aire. No en vano, tras el ondear de unas -por desgracia- pocas banderas republicanas, algunos parecen empeñados en equiparar la quema de cuatro fotocopias con la imagen de los ciudadanos Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia, con el último paso que dio Luis XVI antes de que Charles Henri Sanson accionara el dispositivo de la guillotina sobre su cabeza. Sólo que ahora la gesta ingenua de unos adolescentes antimonárquicos está acabando ante los tribunales y puede terminar entre barrotes para algún infeliz.

En última instancia, detrás de estas aparatosas actuaciones en defensa del orden no hay más que un afán interesado por hacer ruido y amedrentar a las ya de por sí pusilánimes audiencias. Remover las aguas mediáticas buscando, como no podría ser de otra forma hablando de exageraciones, una “ganancia de pescadores” conseguida a costa de enturbiar los fondos con lodo. Lo sorprendente, en cualquier caso, es que todavía no falte quien esté dispuesto a tragarse el anzuelo.

martes, 26 de junio de 2007

De Colombia al Líbano sin saber por qué



La muerte de seis soldados del Ejército español en Sahel al Derdara, al sur del Líbano, confirma una vez más que una de las mercancías más globalizada de la economía es, sin duda, la carne de cañón. Tres de ellos eran colombianos, mientras que los otros tres tenían el poco consuelo administrativo de disponer de un documento nacional de identidad que les acreditaba como españoles. Pero a los seis les unía el mismo paradójico sarcasmo: ninguno de ellos sabía por qué su blindado circulaba por una carretera libanesa cuando saltó por los aires.

Tampoco el resto de españoles -o colombianos, chinos o senegaleses afincados en España-, saben qué hacían allí antes de quedar reventados por la deflagración. Una ignorancia que no impedirá que sean pocos quienes puedan evitar un escalofrío de emoción al ver trasladar sus féretros cubiertos por la enseña nacional, mientras los informativos nos recuerdan la abnegada entrega de nuestros soldados en esas misiones humanitarias de paz que, hasta la fecha, no han logrado acabar con una sola de las causas que hay detrás del estallido de una guerra.

Las palabras paz y humanitarismo se transmutan así en una especia de mantra cuya mecánica repetición, noticiario tras noticiario, encauza nuestras meditaciones. Y, sobre todo, se convierten en muletillas recurrentes que permiten a los mass media evitar el tedioso trabajo de informar y analizar la realidad, con el peligro añadido de que si lo hacen, algún televidente despistado preste atención y pueda acabar conociendo los resortes del mundo donde vive. Además, con esta omisión, los responsables de contenidos de los distintos medios pueden aprovechar mejor ese tiempo en la ingrata labor de recolectar espectaculares imágenes y emotivas historias que sean del agrado de todos los públicos, especialmente de los grandes directivos de las empresas de publicidad que han de seleccionar el mejor canal para sus anunciantes.

Porque seamos serios ¿cómo vamos a tener a la familia, esa célula básica de consumo bendecida por la Iglesia y McDonals, atenta frente al televisor si se les habla de los intereses del Israel por el control hídrico del río Litani, o de los afluentes del Jordán, el Wazzani y el Hasbani, todos ellos discurriendo por el sur del Líbano? ¿Con qué imagen de vídeos de primera podríamos ilustrar la presión estadounidense sobre Siria, también desde el País de los Cedros, para desestabilizar a uno de los últimos Estados laicos en la región, después de la invasión de Iraq y tras la brutal ofensiva de Israel hace ahora cuarenta años, que acabó –con el beneplácito de la monarquías feudales del Golfo- con el proyecto nacionalista árabe que desde Egipto impulsaba Gammal Abdel Nasser? ¿Dónde podemos encontrar un hilo argumental al gusto de Coca Cola, que nos permita explicar cómo el respaldo de la población palestina a Hamás, o de la libanesa a Herzbollah, está más ligado a las frustraciones dejadas por aquella fugaz Guerra de los Seis Días y al hartazgo ante la tiranía y corrupción de nuestros leales aliados en Oriente Medio, que a pretendidos fanatismos religiosos? En fin, ¿cuál es la ubicación de la cámara más políticamente correcta, para ilustrar la importancia estratégica de Afganistán en la distribución de los recursos energéticos del Cáucaso, o como avanzada base frente al despegue de nuevas potencias como China o India, sin que se cuelen en el plano general mujeres que siguen amordazadas por el burka, nuestros colaboradores señores de la guerra ampliando sus plantaciones de opio o los cientos de civiles destripados por nuestras bombas, cuya explosión les libera de la barbarie talibán y, colateralmente, de todos los sinsabores de la vida?

En cualquier caso, tampoco hacen falta análisis tan enrevesados para los breves minutos que entre un spot publicitario y otro duran los informativos. Especialmente cuando toda esta perplejidad se puede condensar en explicaciones básicas de fácil comprensión: la conspiración internacional, la maldad suprema. Aparece así la imagen del terrorista sanguinario, sin perfiles, movido por un único propósito maligno y sin sentido. Al Qaeda sustituye de este modo en el imaginario a Fu Manchú, al Doctor No y a todos los malvados que en el mundo han sido. ¿Para qué entonces necesitamos más explicaciones si en el fondo seis ataúdes, o doscientos, de vez en cuando, tampoco son tantos? Incidentes periódicos que mantienen vivos nuestros miedos y nos empujan a buscar el reconfortante cobijo de nuestros protectores. Al fin y al cabo, no conviene olvidar que, en última instancia, si la Iglesia ha sobrevivido más de dos mil años, ha sido en gran medida, gracias al Diablo.

miércoles, 23 de mayo de 2007

El culebrón venezolano de El País

Pobrecita libertad de expresión, tan cerca de Jesús de Polanco y tan lejos de la calle. Uno no puede evitar readaptar el viejo dicho mexicano a la vista de la aguerrida campaña en defensa de tan universal derecho que desde hace semanas viene promoviendo el diario El País. El motivo no es otro que la decisión del gobierno venezolano de no renovar la concesión de frecuencia en abierto al canal televisivo RCTV por estimar que la misma finaliza el día 27, en contra del planteamiento de Marcel Garnier y el resto de dueños del canal privado que aseguran disponer de licencia hasta 2022.
Contrasta esta escandalizada defensa de los derechos de RCTV –que siempre podría seguir sus emisiones como canal de pago-, con los silencios del Grupo Prisa ante la connivencia de la televisión con los militares que intentaron acabar por la fuerza con el gobierno democráticamente elegido de Hugo Chávez en abril de 2002. Por entonces, la transparencia informativa tan defendida ahora, llevaba a las páginas de El País a moverse en una medida ambigüedad que hacía aparecer como golpista ¡al propio presidente detenido ilegalmente por los militares sublevados!
Con semejante ejemplo desde la vieja y democrática Europa, no es de extrañar que por aquellos días la emisora -que pasará a la historia de las telecomunicaciones como la productora de telenovelas como Cristal- optara abiertamente por colaborar con los militares derechistas y silenciar cualquier información sobre la resistencia popular que impidió el triunfo del golpe de estado. Vergonzosa colaboración denunciada por el periodista Andrés Izarra, que abandonó entonces la cadena como protesta, o puesta al descubierto por un filme documental tan emotivo como La revolución no será retransmitida, realizado por los irlandeses Kim Bartley y Donnacha O’Briam.
Desde entonces RCTV, aliada mediática de los sectores oligárquicos de Venezuela, ha venido manteniendo una beligerante guerra abierta contra el proceso de transformación social que viene impulsado el movimiento bolivariano liderado por Chávez; un proceso que, por cierto, cuenta con el respaldo mayoritario de la población como han tenido que reconocer todos los observadores internacionales que han supervisado los distintos comicios convocados todos estos años. Ataques que, como recordaba recientemente Ignacio Ramonet, no son distintos a los sufridos en los años 80 por la revolución sandinista desde las páginas de La Prensa, o en los primero 70 por el gobierno chileno de Salvador Allende desde el periódico El Mercurio.
Todo ello queda eclipsado para El País que, frente al activismo abiertamente golpista defendido por el PP en contra de Venezuela, prefiere optar por la versión más socialdemócrata de la sacrosanta defensa de la libertad de expresión, como una especie de homenaje final a la vieja amistad que en otro tiempo unió al estadista Felipe González con el democráticamente corrupto Carlos Ándres Pérez.
Al final todo acaba reducido a lo básico, a esa defensa de los valores universales. Y frente a la vía venezolana al socialismo, El País cierra filas con ese modelo de vida hecho culebrón que promueve RCTV: el amor entre la chica pobre y el rico caballero como alternativa a la justicia social. Porque menos arriesgado que dejarse tentar por proyectos utópicos es seguir la invitación que el propio canal nos lanza desde la publicidad de su programación: “disfrutar junto al Dr. Eladio Lárez del programa educativo por excelencia: “Quién quiere ser millonario”".