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domingo, 24 de agosto de 2008

Primer plano, star system y septorrinoplastia

Desde que en 1903 Edwin S. Porter rodó El gran robo del tren, el mundo no volvió a ser el mismo. El pionero cineasta no sólo sentó con aquel filme las bases del modelo narrativo de un nuevo arte. También fijó uno de los principales recursos con los que contaría la incipiente industria cinematográfica no sólo para conquistar el mundo. El responsable fue un hombre de bigotes amenazantes que mirándonos fijamente con su incorporeidad en blanco y negro, nos disparaba a bocajarro desde la pantalla antes de desvanecerse entre el humo de su pistola.

Nacía así, oficialmente, el primer plano, recurso narrativo que determinaría la evolución del cine. La cercanía de la visión permitió al espectador reconocer al actor, identificarse con él, sentirlo próximo, interesarse por él y, sobre todo, seguirlo. De ese modo, a partir de ese momento todo estaba listo para que, unos años más tarde, Carl Laemnle, promotor de los estudios Universal, diera con la fórmula secreta para vender sus mercancías: el star system.
Hollywood se dedicó desde entonces a fabricar y distribuir estrellas, aplicando en ello la más fría racionalidad capitalista. Los cines de las ciudades más remotas, en los países más lejanos, se abarrotaban de público expectante ante la última película de Greta Garbo, Betty Davis o Ava Gadner. La receta se mostró infalible durante décadas. Sólo exigía un requisito: garantizar el éxito de aquel primer plano. Y había que cumplirlo al precio que fuera, como tuvieron que sufrir la mayoría de actrices de aquellos años a las que se arrancó muelas para realzar sus pómulos, o se extirpó costillas para acentuar sus caderas.
Aunque hace décadas que el star system dejó atrás su gran esplendor, su impacto fue tan intenso que terminó moldeando nuestra propia visión de una realidad que los mass media se encargaron en transformar en espectáculo. Así nuestro interés por el mundo acaba reducido a seguir los avatares de Fernando Alonso o Rafa Nadal, mientras que las preocupaciones políticas se limitan a conocer el nombre del protagonista del próximo estreno anunciado.
En la comedia de enredo que es la política norteamericana, por ejemplo, el artista revelación de la temporada es Barack Obama. El guión, como bien recordara estos días su candidato a la vicepresidencia, el veterano Joseph Biden, es el de siempre: recuperar el sueño americana y desear que Dios bendiga a América y sus soldados. Mientras, fuera de plano, las tropas norteamericanas y sus aliados ejecutan la última matanza en Iraq o Afganistán, con banda sonora de Judy Garland entonando por la eternidad su Over the rainbow.
Claro que más mérito tiene el caso español. Aquí se recurre al primer plano y al star sytem nada más y nada menos que para salvaguardar el reino y su monarquía. No en vano, la televisiva Leticia Ortiz se dedicó durante años a colarse en los hogares de sus súbditos, para que sus retinas acabaran reteniendo su imagen de futura reina. Y la estrella, como las mejores actrices de antaño, está dispuesta incluso al sacrificio del retoque quirúrgico con tal de mejorar ese perfil que algún día aparecerá estampado en las monedas. Una septorrinoplastia, en fin, con la que conseguirá planos más cercanos. Pero sobre todo, que mejorará la respiración de una Casa Real a la que horroriza la perspectiva de terminar asfixiada.

miércoles, 18 de junio de 2008

Por una huelga de almas caídas


El tesón con que José Luis Rodríguez Zapatero se entrega a los malabarismos lingüísticos para evitar el uso del término crisis, es tan tozudo como inútil. El presidente, sin duda, aspira a que los españoles no nos dejemos llevar por el desasosiego, tratando de evitar, de paso, que la recesión económica impacte de lleno en su valoración demoscópica. Pero se olvida de que las mayores zozobras no anidan en el ánimo de los españoles, sino que están bien amarradas a sus bolsillos, donde los incrementos de las hipotecas, la subida de los alimentos y el alza de los carburantes llevan tiempo haciendo estragos tras la alegría derrochadora de nuevo rico que venían viviendo en los últimos años.

La reciente huelga de camioneros nos ha devuelto la consciencia de que la vida no es un capítulo de Betty la fea, sino una realidad más compleja, contradictoria y conflictiva de lo que nos venían anunciando los informativos. Y lo peor aún está por llegar. Porque encauzado el paro de los transportadores de mercancías, ahora le toca el turno a los transportadores de almas. El conflicto que ha estallado entre los trabajadores de las funerarias de Madrid, evidencia así el alcance real y profundo de una crisis donde ya, ni siquiera, parece quedarnos el consuelo de descanso eterno.

De hecho, las recetas que desde el Gobierno y la Unión Europea se proponen están haciendo removerse de sus tumbas a Carlos Marx, Bakunin y todos los mártires de Chicago. Y no es para menos teniendo en cuenta que el neoliberalismo lleva años empeñado en convencernos de que el camino de la modernidad pasa irremediablemente por el retorno al siglo XIX. No sorprenden pues recetas como la jornada laboral de 62 horas con la que estos nuevos flautistas de Hamelin con oficina en Bruselas, pretenden salvarnos de la pereza generada por un estado del bienestar que en España nunca vimos. Por no hablar, claro, de ese ungüento maravilloso descubierto hace años por la patronal para curar todos los males de la economía: la flexibilidad laboral, un abaratamiento de los despidos del que ya vuelven a hablar los empresarios ante el primer rumor de una mesa negociadora.

En cualquier caso, todo ello no hace más que confirmar el viejo refrán del río revuelto y las ganancias pescadoras. Porque sólo las turbulentas aguas de la economía y la política europea, permiten sin el menor sonrojo hacer una cosa y su contraria a mayor gloria de tecnócratas y santones de la economía. Así mientras los expertos estiman necesaria la aportación de los emigrantes para garantizar los servicios públicos y las jubilaciones, el Banco de España, además de insistir en la inevitable fórmula de la moderación salarial, nos recomienda que trabajemos más años para poder cobrar una pensión. Para ello, en lógica consonancia, los europarlamentarios aprueban la nueva directiva que permitirá encarcelar y deportar emigrantes, sin tener en cuenta tan siquiera las buenas maneras que pedían algunos socialdemócratas.

Ante este panorama, no sé cómo aún hay quien se sorprende del rechazo al Tratado de Lisboa en el reciente referéndum de Irlanda. También por aquí votaría en contra más de uno, si no fuera porque el Gobierno ha decidido, por nuestro bien, no convocar ninguna consulta. En fin, así las cosas creo que habrá que empezar a pensar en qué hacemos. Yo por mi parte, mostrando mi solidaridad con los funerarios madrileños, abogo por una huelga de almas caídas. Una huelga indefinida y sin servicios mínimos. Sin descartar, incluso, que si las condiciones no mejoran tengamos que convertirla en eterna.

domingo, 4 de mayo de 2008

El cuchillo y el hambre


La visión de un puñal sumergiéndose en la primera garganta de la Humanidad causó tal impacto en aquella lejana mirada que, desde entonces, se quedó clavada en la retina del inconsciente colectivo, en ese obsesivo recodo de nuestro genoma donde almacenamos los horrores más intensos. Aquel movimiento brusco alrededor del cuello, el helado filo seccionando la carne, el calor de la sangre surgiendo a borbotones, el mudo grito de la víctima, toda aquella sucesión de imágenes que tantas veces iba repetirse a lo largo de la Historia, sobrecogió de tal manera a su testigo original que aquel pavor nos acompaña desde milenios.

Por ello la mera evocación del cuchillo, el machete o la navaja despierta un pánico profundo y ancestral que nunca lograrán alcanzar una pistola o esas asépticas armas inteligentes. Es un espanto mucho más intenso que el temor a la muerte o a la locura. Es el miedo de nosotros mismos, la conciencia de ese abismo que en cualquier momento puede abrirse a nuestros pies y precipitarnos hacia la grotesca impotencia del degollado o la incisiva determinación del verdugo.

Ningún otro miedo es tan fuerte como el que desata el mortífero tajo del acero. Ninguno, menos el hambre. El espanto de ir consumiéndose por dentro, sentir encogidas las entrañas hasta dejarte sin fuerzas, exhausto, sin aliento; sólo piel no apta para la caricia, sólo despojo en agonía. Porque la famélica angustia tiene algo de muerte incompleta, detenida en ese preciso instante en que exhalamos el último aliento. Y ahí nos deja como en una eterna conciencia del fin, sin saber si estamos vivos o muertos hasta que alguien hecha tierra sobre nuestras caras.

En lo que va de año decenas de sindicalistas han sido degollados y apuñalados en Colombia, mientras en las calles Nuakchott, Dakar o Uagadugú desesperadas sombras humanas se revientan contra el asfalto huyendo del hambre. Jean Ziegler, al dejar su cargo en Naciones Unidas y regresar a su oficina en la desesperanza, nos advirtió que las nuevas plagas no vienen de los dioses, sino que surgen de la prometeica maldición de los biocombustibles, los templos del Fondo Monetario Internacional y los nuevos sacerdotes del capitalismo del siglo XXI.

Mientras tanto en Haití sus agotados ciudadanos han convertido las tortas de barro en todo un manjar. Las chabolas de Cité Soleil están viendo como la confección de estas galletas con margarina, sal y arcilla se convierte en un próspero negocio. Quién sabe si en este mismo instante, en algún selecto consejo de administración donde puede que estén sentados José María Aznar, Eduardo Zaplana o David Taguas, se esté valorando muy seriamente invertir en este sector en expansión. Si bien antes, para dar mayor estabilidad al mercado, tal vez sea aconsejable neutralizar a los sindicatos. Aunque sea a cuchilladas.

domingo, 13 de abril de 2008

La cuadratura del círculo


Un fantasma recorre Europa: el fantasma del desconcierto. La crisis económica en la que poco a poco nos van hundiendo los sub prime, los circuitos financieros y la burbuja inmobiliaria de este cielo cada vez más enladrillado, está terminando por sumirnos en una perplejidad difícil de digerir. Y frente a la desorientación que provoca ver cómo se asemeja nuestro mejor de los mundos posibles a ese corralito argentino de tan nefastos recuerdos, resulta tentador buscar cobijo en aquel sueño alquimista de encontrar esa piedra filosofal capaz de convertir en oro las peores zozobras bursátiles.

La fórmula es aparentemente sencilla. La recordaba hace poco Massimo D’Alema a propósito de los aprietos electorales que estos días acosan a los italianos. El único conjuro viable a estas alturas del partido es: la cuadratura del círculo. La receta resulta fácil de recordar. No en vano se ha convertido en todo un mantra que los gurús surgidos de cualquier máster de Economía de tres al cuarto no dejan de repetir desde hace más de veinte años: la liberalización. El reto está en evitar que salte por los aires la cohesión social... si es posible, claro.

D’Alema, feliz tras haberse liberado del “condicionamiento ideológico” de Fausto Bertinotti, no tiene reparos en reivindicar para su moderno centro-izquierda el monopolio de tan efectivo bálsamo de Fierabrás contra los males económicos. Un ungüento maravilloso que si bien es cierto que agrava “las diferencias sociales”, consigue obrar el milagro que permite olvidarse de tan insignificante contratiempo: logra que los empresarios estén encantados con Walter Veltroni.

Así, superado el lastre de la lucha de clases, el juego se reduce ahora a la pugna despiadada de talantes. Es, sin duda, un campo de batalla donde el ex alcalde de Roma se halla cómodo. No en vano, forma parte de ese selecto club de líderes políticos ungidos con ese carácter de altas miras que tan bien encarna en Madrid José Luis Rodríguez Zapatero. Una coincidencia de aureolas que ha llevado al presidente español a ir en apoyo del romano, al tiempo que afronta su segundo mandato con vocación de gran estadista en tiempos de crisis, o lo que es igual, ingeniero absoluto de la cuadratura del círculo.

En realidad, tampoco le resulta tan caro a Moncloa conservar esos maquillajes socialdemócratas. Poco más de cuatrocientos euros por contribuyente y ya está. El resto de las cuentas deberá ajustarla la calculadora de Pedro Solbes con operaciones aritméticas hechas sobre la base de viejas fórmulas como la moderación salarial. Todo un guiño apaciguador a los empresarios españoles quienes estos días, como si de un aviso a navegantes se tratara, alertaban maliciosamente de que cientos de miles de personas perderán su trabajo en los próximos meses.

Pese a ello, el flamante ministro de Economía insiste día a día en tranquilizar a los escépticos que barruntan la que se avecina. Tal vez Solbes encuentre en el embajador de Estados Unidos en Italia un buen aliado para evitar los nervios traicioneros. Ronald Spogli hace gala de americano impasible y se muestra plenamente tranquilo ante los resultados electorales. A fin de cuentas el diplomático no tiene la menor duda en asegura que Berlusconi y Veltroni son intercambiables. Pues eso: la cuadratura del círculo.

martes, 29 de enero de 2008

El albañil contra el broker



Las noticias sobre fraudes y engaños a los bancos siempre provocan una íntima sensación de cómplice alegría. La ensoñación de ver cumplidos todos los deseos, unida a la tranquilidad ética que produce el saber que quien roba a un ladrón tiene mil años de perdón, llevó en su día a media España a identificarse con las aventuras y desventuras de aquel carpetovetónico ladrón de furgones blindados que fue el Dioni.

En el extremo opuesto se encuentra hoy el caso de Jérôme Kerviel, el broker que con sus fraudes ha generado un agujero de 4.900 millones de euros al tercer banco de Francia. Este joven operador de las Société Générale se limitó a intentar ser un alumno aventajado en la selva de especulación financiera en que se ha convertido el capitalismo del siglo XXI. Por desgracia para él, sus errores de cálculo saltaron a la luz en pleno estallido de la burbuja económica, con una opinión pública ávida de poner un rostro a los causantes de su zozobra y unos consejos de administración encantados con la oportunidad de desviar responsabilidades.

Muy distinta es la historia de Lucio Urtubia el último gran atracador anarquista, heredero de una tradición asentada sobre los nombres de Buenaventura Durruti, Francisco Ascaso o de quien fuera su iniciador en ese arte de lo que él prefiere denominar "expropiaciones", Quico Sabaté. Tuve la oportunidad de compartir unas horas con Lucio hace unas semanas en Valencia, adonde este veterano luchador acudió para participar en unas jornadas libertarias. El encuentro fue en un espacio poco dado a los deseos revolucionarios, uno de esos bares de una gran superficie comercial donde me fue narrando sus duros orígenes en Cascante, sus incursiones en el contrabando y sus robos durante el servicio militar que le obligaron a huir del país. Recordaba su llegada a Francia, aquellos días “entre ladrones y anarquistas” que cambiaron su vida: los círculos de exiliados ácratas donde no era extraño hallar a personalidades como Andrè Bretón y, sobre todo, su encuentro con Sabaté de quien heredaría una ametralladora Thompson, una navaja y su determinación.

Hombre de acción a la fuerza, que no duda en reconocer que en ocasiones se orinaba de miedo antes de un atraco, Lucio optó por derivar sus actuaciones hacia la falsificación. Su golpe más sonado sería la estafa con cheques de viaje falsos al City Bank, que a punto estuvo de costarle la ruina al banco. Aunque su proyecto más ambicioso fue provocar la bancarrota de Estados Unidos inundando el mundo con dólares falsos fabricados en Cuba. Le propuso el plan a Rosa Simeón, la embajadora cubana en París por los años 60, e incluso llegó a debatirlo en la sede diplomática con el mismísimo Ernesto Che Guevara. Sin embargo, el mítico guerrillero terminó por desechar la idea porque, a juicio de Lucio, estaba demasiado apoltronado en el poder por aquellos años.

Lucio Urtubia –que jamás se benefició de ninguno de sus estafas y atracos y vivió toda su vida trabajando como albañil- relata su historia con naturalidad, pero con desconcierto a un tiempo. No se vanagloria de un pasado digno de película y que efectivamente los realizadores José María Goenaga y Aitor Arregi han convertido en un documental nominado a los Goya. Sin embargo, no oculta cierto vértigo ante esas extrañas fuerzas que en ocasiones parecen reunirse en forma de destino para articular biografías insospechadas en algunas personas.

Lucio sigue viviendo en París de su pensión de albañil. Lejos quedan sus atracos, su ayuda a Albert Boadella durante su fuga tras La torna, sus planes para secuestrar al nazi Klaus Barbie o sus apoyos a los Tupamaros y a los Panteras Negras. Ahora dedica su tiempo a gestionar el pequeño centro cultural anarquista que ha impulsado en la rue des Cascades. Allí enseña a quien quiera escucharle una idea que condensa todas sus convicciones y vivencias: “La riqueza la crean los pobres, la pobreza la generan los ricos”. Una lección que a Jérôme Kerviel nadie se acordó de enseñarle en la facultad de Economía.

jueves, 22 de noviembre de 2007

África, entre el muñón y la esperanza


Cuando África existe, cuando el continente negro logra alcanzar esa mínima visibilidad que le otorga un fugaz instante en los telediarios, es para convertirse en metáfora del espanto. En otro tiempo, su nombre femenino llegaba envuelto por el evocador tronar de los tambores, las últimas y esperadas noticias sobre la pugna entre Speke y Burton por alcanzar las fuentes del Nilo, el rugir de leones tras los pasos perdidos del doctor Livingston o la cristiana búsqueda del buen salvaje, demasiado inocente para afrontar solo, sin la férrea disciplina misionera, la tentadora naturaleza sensual que le rodeaba.

Eran los tiempos en que el colonialismo se adentraba por el Níger con la sonrisa entusiasta del progreso en el rostro y la voracidad de los viejos buques negreros oculta en las entrañas. Luego llegarían los Bokassa para garantizar que nunca les faltaran los diamantes a los Valèry Giscard D’Estaing de turno en los consejos de ministros o las juntas de accionistas. Y los bienpensantes del mundo libre decidieron que había llegado el momento de olvidarse de África, pues la discreción es la mejor consejera de los negocios.

Para cuando Francis Fukuyama anunció el fin de la historia, el continente ya había desaparecido. Sólo algunos documentales en canales de mínima audiencia, recordaban a los telespectadores que África continuaba viva, pero sólo como paisaje, como refugio de fauna salvaje, sin gente, vacía. Por eso nadie entendía nada cuando el primer machetazo cayó sobre Ruanda. Sólo quedó el rostro desencajado ante el horror y la matanza.

Desde entonces África es la geografía del terror que periódicamente asalta nuestras sobremesas con el dilema de adivinar cuál es la mayor catástrofe: ¿Darfur? ¿Somalia? El mítico paraíso que vio dar sus primeros pasos al hombre se ha convertido hoy en la tierra de podredumbre origen del Sida, una balsa de Medusa a la deriva de la que todos quieren escapar en los cayucos de la desesperanza amenazando así nuestras cálidas costas de tranquilidad.

Y en la mirada selectiva de hoy sobre África, como en la de ayer, no existe espacio para el africano. Ni siquiera ese mínimo respeto distante que planteara Conrad cuando se asomaba al corazón de las tinieblas. Así se enmudece la voz crítica del continente y se evitan los recuerdos incómodos para nuestra autocomplacencia. Recuerdos como los de Thomas Sankara que hastiado del papel de víctima o verdugo que el guión reserva a los habitantes del continente, decidió escribir un nuevo relato para hombres y mujeres dignos y lo llamó Burkina-Faso. Al volante de un Renault-5 se adentró por los duros caminos de una revolución que buscaba la ingenua meta de la felicidad. Era consciente de que los cambios necesarios llegaban tarde, pero también estaba convencido de la necesidad de impulsarlos antes de que fuera demasiado tarde.

Un 15 de noviembre los africanos se despertaron estremecidos por la noticia del asesinato de Sankara. Hace sólo veinte años de aquella muerte que contó con todas las bendiciones de François Mitterrand. Pero este aniversario no ha provocado ni una sola línea en la prensa española tan propensa a las conmemoraciones. Su perfil rebelde y orgulloso no encaja en ese escenario del espanto que debe ser África.

Es más amable seguir el concurso de Miss Mina antipersonal promovido por el noruego Morten Traavik con fondos europeos. Las finalistas, seleccionadas entre miles de aspirantes tullidas, siguen nerviosas la marcha de las votaciones. La ganadora obtendrá como premio una espléndida prótesis de última generación, generosamente donada por una empresa nórdica. El resto de África seguirá condenada al muñón.

viernes, 30 de marzo de 2007

Desnudando al jefe de todo esto

Cautivo y desarmado el ejército rojo del pensamiento, hace tiempo que nos quedamos sin herramientas para descifrar quién es el culpable de tanto desmán. Enterrada antes de hora la lucha de clases, las insatisfacciones y desdichas acaban siendo responsabilidad de nuestras propias frustraciones. Y frente a ellas sólo tenemos el recurso de la píldora anti-ansiolítica, la sesión de risoterapia, o el bisturí estéticista que nos devuelva la autoestima arrebatada, no por un capitalismo avaricioso de nuestras plusvalías, sino por ese michelín insolente que se empeña en recordarnos su flacidez cada mañana.

Encadenados, así, a un mundo de (i)responsabilidades difusas e impersonales, la búsqueda de un absoluto incuestionable que nos de una respuesta a todo, es otro camino hábilmente potenciado para hacernos esquivar el feo vicio del análisis crítico. Aquí las teorías del complot encuentran su hábitat natural, con una larga historia que abarca desde la famosa conspiración judeomasónica del extinto caudillo por la gracia de Dios, al asesinato de Kennedy, pasando, como no, por el Eje del Mal de Al Qaeda, los etarras de Mariano Rajoy o Fu Manchú.

Frente a este frenesí que nos conduce indiferentemente de la depresión bipolar a la esquizofrenia colectiva, escuchar de vez en cuando voces clamando por la cordura es siempre de agradecer en este desierto de incertidumbres. Una de las más recientes es la de Lars Von Trier y su última película El jefe de todo esto. Con su personal Dogma antidogmático, el cineasta danés hace honor a la tradición de sus padres –comunistas y nudistas- y nos desnuda ante la pantalla el cínico comportamiento de este capitalismo de ficción que diría Vicente Verdú, que ha hecho de la invención de un responsable último irreal y de la creación de unos redes afectivas y amables dentro del sistema, su herramienta de control más implacable, capaz de fagocitar hasta los más críticos a cambio de un segundo de gloria.

Allá por los años 20, Sergei Einsenstein trabajaba con llevar a la pantalla grande una película que plasmara El Capital del Karl Marx. Casi un siglo después, el cineasta nórdico casi lo consigue, desentrañando las entrañas del sistema con su peculiar fusión entre el materialismo dialéctico y la comedia clásica. El resultado es demoledor. Aunque, si la visión del filme no nos ayuda a orientarnos en nuestras vidas, tampoco está de más la fórmula que me recomendaba un veterano periodista madrileño al calor de unos vinos: “Todo lo que vaya en contra del Estado, la patronal, el clero y el ejercito es bueno”. Pues eso, al fin y al cabo, para la risoterapia siempre estamos a tiempo.

miércoles, 21 de marzo de 2007

El plátano es sensacional

La mítica United Fruit Company, maestra en las tétricas artes de crear repúblicas bananeras en la América Latina de los lejanos inicios del siglo XX, vuelve a demostrar una vez más el viejo dicho de que “quien tuvo retuvo”. Así lo pone de relieve una de sus herederas, Chiquita Brand, condenada ahora a pagar 25 millones de dólares por el nímino despiste de financiar a los paramilitares colombianos en la lucha contra la guerrilla.

En total, se cuenta, la empresa habría aportado 1,7 millones de dólares entre 1997 y 2004. Cantidad a la que se sumaría algún que otro regalito, como 3.000 fusiles AK-47 o varios millones de balas. Todo ello, eso sí, perfectamente reflejado en los libros de cuentas, dentro de la partida de “seguridad” y justificado, obviamente, como una inversión necesaria para la protección de sus trabajadores en la región de Urabá.

Y es que, ya se sabe, para estas empresas los empleados son lo primero, como la familia. Aunque, como en toda familia, no falten las ovejas descarriadas a las que devolver al redil. Tal vez por ello, más de uno de sus trabajadores –curiosamente sindicalistas- estén entre las 432 personas, la mayoría campesinos pobres, que tuvieron el infortunio de cruzarse con uno de estos grupos paramilitares en alguna de los 62 masacres que protagonizaron durante aquellos años en la zona.

Afortunadamente cosas así no pasan en Europa. Aquí no hace falta recurrir a asesinos, por la sencilla razón de que el nuevo proletariado de hipoteca y microchip ha optado por el primitivo recurso de matarse él mismo. Como los antiguos indígenas americanos forzados y angustiados por la irrupción de los españoles, los empleados del centro de ingeniería de Renault cerca de Paris han decidido ir arrancándose la vida. Tres ya se han suicidado en sólo cuatro meses, incapaces de soportar el aislamiento, la presión, el control constante, y después de que alguien, por algún canal de pago de televisión, les dijera que la lucha de clases ya no existía.

Como la heredera de United Fruit, Renault también se ha puesto manos a la obra para proteger a sus empleados. Ahora anuncia nuevos contratos de refuerzo para rebajar el estrés. Aunque, a lo mejor, quién sabe, con un poco de aporte energético a la actual plantilla es suficiente. Y qué mejor que un plátano al día, cuando Chiquita te los suministra a precios tan competitivos.