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miércoles, 18 de junio de 2008

Por una huelga de almas caídas


El tesón con que José Luis Rodríguez Zapatero se entrega a los malabarismos lingüísticos para evitar el uso del término crisis, es tan tozudo como inútil. El presidente, sin duda, aspira a que los españoles no nos dejemos llevar por el desasosiego, tratando de evitar, de paso, que la recesión económica impacte de lleno en su valoración demoscópica. Pero se olvida de que las mayores zozobras no anidan en el ánimo de los españoles, sino que están bien amarradas a sus bolsillos, donde los incrementos de las hipotecas, la subida de los alimentos y el alza de los carburantes llevan tiempo haciendo estragos tras la alegría derrochadora de nuevo rico que venían viviendo en los últimos años.

La reciente huelga de camioneros nos ha devuelto la consciencia de que la vida no es un capítulo de Betty la fea, sino una realidad más compleja, contradictoria y conflictiva de lo que nos venían anunciando los informativos. Y lo peor aún está por llegar. Porque encauzado el paro de los transportadores de mercancías, ahora le toca el turno a los transportadores de almas. El conflicto que ha estallado entre los trabajadores de las funerarias de Madrid, evidencia así el alcance real y profundo de una crisis donde ya, ni siquiera, parece quedarnos el consuelo de descanso eterno.

De hecho, las recetas que desde el Gobierno y la Unión Europea se proponen están haciendo removerse de sus tumbas a Carlos Marx, Bakunin y todos los mártires de Chicago. Y no es para menos teniendo en cuenta que el neoliberalismo lleva años empeñado en convencernos de que el camino de la modernidad pasa irremediablemente por el retorno al siglo XIX. No sorprenden pues recetas como la jornada laboral de 62 horas con la que estos nuevos flautistas de Hamelin con oficina en Bruselas, pretenden salvarnos de la pereza generada por un estado del bienestar que en España nunca vimos. Por no hablar, claro, de ese ungüento maravilloso descubierto hace años por la patronal para curar todos los males de la economía: la flexibilidad laboral, un abaratamiento de los despidos del que ya vuelven a hablar los empresarios ante el primer rumor de una mesa negociadora.

En cualquier caso, todo ello no hace más que confirmar el viejo refrán del río revuelto y las ganancias pescadoras. Porque sólo las turbulentas aguas de la economía y la política europea, permiten sin el menor sonrojo hacer una cosa y su contraria a mayor gloria de tecnócratas y santones de la economía. Así mientras los expertos estiman necesaria la aportación de los emigrantes para garantizar los servicios públicos y las jubilaciones, el Banco de España, además de insistir en la inevitable fórmula de la moderación salarial, nos recomienda que trabajemos más años para poder cobrar una pensión. Para ello, en lógica consonancia, los europarlamentarios aprueban la nueva directiva que permitirá encarcelar y deportar emigrantes, sin tener en cuenta tan siquiera las buenas maneras que pedían algunos socialdemócratas.

Ante este panorama, no sé cómo aún hay quien se sorprende del rechazo al Tratado de Lisboa en el reciente referéndum de Irlanda. También por aquí votaría en contra más de uno, si no fuera porque el Gobierno ha decidido, por nuestro bien, no convocar ninguna consulta. En fin, así las cosas creo que habrá que empezar a pensar en qué hacemos. Yo por mi parte, mostrando mi solidaridad con los funerarios madrileños, abogo por una huelga de almas caídas. Una huelga indefinida y sin servicios mínimos. Sin descartar, incluso, que si las condiciones no mejoran tengamos que convertirla en eterna.

martes, 20 de mayo de 2008

Los gitanos, Fabra y la tierra quemada



Desde que Carl von Clausewitz puso de manifiesto que la guerra es la continuación de la política por otros medios, no son pocos los que se han empeñado en demostrar todo lo contrario: que la política no es más que la otra cara de la guerra. De ellos surge ese afán desesperado por encontrar el enemigo ideal que acomode al ciudadano a sobrellevar la más leve duda social, política y hasta psicoanalítica como si de una guerra de trincheras se tratara. O la empecinada inclinación por convertir la táctica de tierra quemada en la mejor estrategia de supervivencia.

La turbamulta que la pasada semana arrasó los poblados chabolistas y expulsó de Nápoles a un millar de gitanos llega para recordarnos lo cerca que estamos de esa tierra quemada. Estos justicieros del vespino dejan constancia de que la bestia se despereza entre susurros de Roberto Maroni. Pero sobre todo aparecen en el momento preciso para convencer al progresismo sensato de la inevitable necesidad de una nueva vuelta de tuerca a esas miles de personas que deberán pagar con internamiento y expulsión sus carencias burocráticas y nuestros miedos.

La Directiva de Retorno que estos días se debate en Bruselas se presenta de este modo como el antídoto eficaz contra los ladridos italianos y el espectro de la tierra quemada. Su asimilación confirma así la rebeldía del acomodo, la indignada indiferencia de una bienintencionada izquierda del siglo XXI que supo cambiar a tiempo las trasnochadas lecturas del Manifiesto Comunista por la hipermodernidad de las hipotecas. No es extraño pues que hasta la propia oposición italiana, que hace poco reivindicara a José Luis Rodríguez Zapatero como el Lula del Mediterráneo, acabe legitimando los desmanes de Schengen frente a los despropósitos de Berlusconi. Al menos hasta que la próxima encuesta aconseje al Walter Veltroni o al Celestino Corbacho de turno la necesidad de meter en vereda a tanto joven extranjero por las calles.

Pero la inclinación hacia la tierra quemada no es monopolio de la frustración italiana. Tampoco faltan por estos lares quienes se decanten por la huida hacia adelante y el suelo arrasado. Lo estamos viendo estas semanas en las filas del PP donde algunos dirigentes optan por azuzar la antorcha a los pies de Mariano Rajoy, temerosos de quedarse fuera de juego en una renovación que busca subir unas décimas la intención de voto en ese espacio ectoplásmico que es el centro. Así lo ha venido haciendo Esperanza Aguirre, así lo ha escenificado María San Gil y así se desmarca ahora quien sería la envidia de Corleone en Castellón de la Plana, Carlos Fabra.

Este último es, posiblemente, quien mejor encarne el espíritu de la tierra quemada. Y también quien mejor ponga al descubierto esa extraña lógica que acaba reduciendo a cenizas una chabola en Nápoles o un despacho en Génova. Al fin y al cabo, si el incendiario Fabra hace temblar los pasillos de la sede popular por unas cuantas urbanizaciones con campo de golf, el aprendiz de camicia nera se limita a preparar el terreno para que las excavadoras urbanísticas de la Camorra hagan su negocio en el barrio de Ponticelli.

En última instancia, ya se sabe: transformar la política en la guerra por otros medios es tan fácil como convertirla en la especulación inmobiliaria por otros atajos. O si no que le pregunten a David Taguas.

domingo, 13 de abril de 2008

La cuadratura del círculo


Un fantasma recorre Europa: el fantasma del desconcierto. La crisis económica en la que poco a poco nos van hundiendo los sub prime, los circuitos financieros y la burbuja inmobiliaria de este cielo cada vez más enladrillado, está terminando por sumirnos en una perplejidad difícil de digerir. Y frente a la desorientación que provoca ver cómo se asemeja nuestro mejor de los mundos posibles a ese corralito argentino de tan nefastos recuerdos, resulta tentador buscar cobijo en aquel sueño alquimista de encontrar esa piedra filosofal capaz de convertir en oro las peores zozobras bursátiles.

La fórmula es aparentemente sencilla. La recordaba hace poco Massimo D’Alema a propósito de los aprietos electorales que estos días acosan a los italianos. El único conjuro viable a estas alturas del partido es: la cuadratura del círculo. La receta resulta fácil de recordar. No en vano se ha convertido en todo un mantra que los gurús surgidos de cualquier máster de Economía de tres al cuarto no dejan de repetir desde hace más de veinte años: la liberalización. El reto está en evitar que salte por los aires la cohesión social... si es posible, claro.

D’Alema, feliz tras haberse liberado del “condicionamiento ideológico” de Fausto Bertinotti, no tiene reparos en reivindicar para su moderno centro-izquierda el monopolio de tan efectivo bálsamo de Fierabrás contra los males económicos. Un ungüento maravilloso que si bien es cierto que agrava “las diferencias sociales”, consigue obrar el milagro que permite olvidarse de tan insignificante contratiempo: logra que los empresarios estén encantados con Walter Veltroni.

Así, superado el lastre de la lucha de clases, el juego se reduce ahora a la pugna despiadada de talantes. Es, sin duda, un campo de batalla donde el ex alcalde de Roma se halla cómodo. No en vano, forma parte de ese selecto club de líderes políticos ungidos con ese carácter de altas miras que tan bien encarna en Madrid José Luis Rodríguez Zapatero. Una coincidencia de aureolas que ha llevado al presidente español a ir en apoyo del romano, al tiempo que afronta su segundo mandato con vocación de gran estadista en tiempos de crisis, o lo que es igual, ingeniero absoluto de la cuadratura del círculo.

En realidad, tampoco le resulta tan caro a Moncloa conservar esos maquillajes socialdemócratas. Poco más de cuatrocientos euros por contribuyente y ya está. El resto de las cuentas deberá ajustarla la calculadora de Pedro Solbes con operaciones aritméticas hechas sobre la base de viejas fórmulas como la moderación salarial. Todo un guiño apaciguador a los empresarios españoles quienes estos días, como si de un aviso a navegantes se tratara, alertaban maliciosamente de que cientos de miles de personas perderán su trabajo en los próximos meses.

Pese a ello, el flamante ministro de Economía insiste día a día en tranquilizar a los escépticos que barruntan la que se avecina. Tal vez Solbes encuentre en el embajador de Estados Unidos en Italia un buen aliado para evitar los nervios traicioneros. Ronald Spogli hace gala de americano impasible y se muestra plenamente tranquilo ante los resultados electorales. A fin de cuentas el diplomático no tiene la menor duda en asegura que Berlusconi y Veltroni son intercambiables. Pues eso: la cuadratura del círculo.

viernes, 14 de marzo de 2008

Izquierda Unida contra Arquímedes

Es cuanto menos llamativa la facilidad con que durante estos últimos días, la más ortodoxa gauche divine ha sabido sustituir el materialismo histórico por los principios pitagóricos. El desmerengamiento-que diría Fidel Castro- sufrido por Izquierda Unida en las elecciones del pasado domingo ha hecho que más de una calculadora tirase humo esta semana buscando el consuelo matemático en una ley d’Hondt que se presenta más implacable para los diputados izquierdistas que la brigada político-social de Franco.

Pero ésta no es la única aflicción numérica que desazona a las fuerzas del progreso. El otro gran enigma matemático que amenaza con inmovilizar a la progresía española es la teoría del Arquímedes. Se trata de ese extraño e implacable fenómeno por el cual las aguas izquierdistas se ven desplazadas por la irrupción del cuerpo felipista o zapateristas de turno, que aprovecha su líquido elemento para elevarse en cada contienda electoral en la que el voto útil llama a rebato.

Poco se puede decir del primero de estos desvelos aritméticos. Tan sólo sorprende cómo no pocos militantes y teóricos parecen haber recibido su impacto con la misma inesperada fe con que Pablo de Tarso aceptó su conversión. Si aquel tuvo que caer de su caballo –según noticias no confirmadas, todo sea dicho- para aceptar la llamada de Dios, otros han tenido que caer del grupo parlamentario para descubrir las perversiones de una ley electoral que está vigente más de treinta años.

Más calado tiene el impacto del principio descubierto por el sabio de Siracusa en los avatares de la izquierda española. Y es que desde que Felipe González impidió a Santiago Carrillo convertirse en el Enrico Berlinguer que liderase la descomposición de la izquierda, las relaciones con el socialiberalismo postmoderno han marcado los amores y odios de la siniestra. Así, no pocos han optado en los últimos tiempos por pasarse con armas y bagajes a la pretendida casa común como Diego López Garrido, o incluso al universo de papel cuché de Anita Obregón como Cristina Almeida.

Gaspar Llamazares optó –al menos por el momento- por la fórmula intermedia. Frente al quijotesco ZP, él representaría el papel del pragmático escudero, compañero de viaje leal que finalmente vería recompensada su entrega si no con una ínsula, al menos con un ministerio. Desgraciadamente, cuando dejó el cobijo virtual de Second Life, el asturiano descubrió que su organización se encontraba “sola, fané y descangallada” que diría el tango de Discépolo.

Por el contrario, otros afrontan la maldición arquimediana con la determinación del campesino frente a la sequía: sacando al santo a pasear. La supuesta coherencia ideológica se exhibe así a golpe de hoz y martillo, reivindicando una pretendida especificidad política que a menudo es mera retórica y, en ocasiones, simple reparto de cargos y anhelo por llegar a fin de mes con el acta de diputado, concejal o liberado sindical. Algo que explica la facilidad con que muchos militantes comunistas acaban en los brazos del PSOE o lo pronto que se olvidan aquellos abrazos peligrosos de algún secretario general del Partido a su homónimo socialista en plena campaña.

Con todo, lo más preocupante es que absortos entre cálculos y logaritmos se acabe olvidando el materialismo histórico. O lo que es lo mismo, esa imbricación crítica en una sociedad cada vez más desarticulada y vulnerable a fuerza de recibir golpes de ese neoliberalismo beato y cuartelario de los populares, o aquel otro con el rostro amable de ZP. Por eso es urgente recuperar a Marx, a Karl y a Groucho, a los dos, para que la próxima crisis financiera nos pille, al menos, confesados. Y salir a pasear por las calles, aunque eso nos deje sin un diputado.

miércoles, 23 de enero de 2008

El dulce sueño de las mil y una noches



Desde los encuentros de José María Aznar con George Bush en el rancho de Crawford, la derecha española se encuentra atrapada por el embrujo de Karl Rove. Frente a los nostálgicos progresistas anclados en el afán de analizar la realidad para cambiarla —esa trasnochada reality-based community—, un asesor presidencial -que todo indica que fue Rove en una reprimenda privada al periodista Ron Suskind- defiendió la opción de inventar a cada momento realidades que se ajusten a los planes diseñados por el gabinete de sabios de la Casa Blanca.

El asesor del presidente norteamericano elevó así el engaño al rango de teoría política. Y desde ese momento, ni Washington ni el Pentágono reparan en gastos para buscar los mejores relatos con los que embaucar a los ciudadanos en lo que ya se conoce como la estrategia de Sherezade. Así, el Despacho Oval se llenó de diseñadores y productores televisivos a los que se encargó las mejoras tomas del presidente para promocionar sus hazañas bélicas por Oriente, o incluso de magos, como David Blaine, tal vez en un desesperado intento de sacar de la chistera las desaparecidas armas de destrucción masiva que justificaran la matanza.

Pese a lo cuestionado de sus teorías a la vista de lo que ocurre por Afganistán, Irak o Palestina, la música de Rove sigue inspirando a las cabezas pensantes de la calle Génova. El problema radica en que a la hora de escribir buenos guiones, España nunca tuvo la tradición épica de Hollywood, ni siquiera la colorista de Bollywood. Por eso, a Mariano Rajoy en lugar de superproducciones a lo Cecil B. de Mille, se la ha llenado la agenda política de películas a lo Sáez de Heredia de la posguerra.

En realidad no podía ser de otra forma con un imaginario conservador construido sobre la base de Raza, A mi la Legión y Marcelino, pan y vino. Una fusión entre cuartel y sacristía que se deja sentir en los grandes relatos difundidos por el PP durante estos últimos cuatro años: la conspiración judeomasónica tras los atentados del 11-M, la ruptura de España, la patria entregada a las malvadas ambiciones de los terroristas. Guiones vetustos y exagerados que pese a los intentos de la Conferencia Episcopal, parecen llegar agotados al arranque de la campaña.

De hecho, en las últimas semanas los populares han dejado en segundo plano los grandes relatos, ante el tirón de audiencia obtenido con el culebrón barato de amores y traiciones protagonizado por Alberto Ruiz Galladón y Esperanza Aguirre. Un sainete recibido con alborozo por la audiencia progresista empeñada en presentar al ambicioso alcalde de Madrid como a una especia de antihéroe con el que identificarse.

Y es que, con todo, lo peor no es tanto el afán del PP por crear y recrear ficciones a la medida de sus estrategias políticas, como la incapacidad de los socialistas por imponer sus propios relatos, más inspirados en la modernidad manchega de Pedro Almodóvar. En realidad, si en un principio el PSOE se sintió incómodo por la presión mediática que recaía sobre la desorientada personalidad de José Luis Rodríguez Zapatero, lo cierto es que ahora se encuentra encantado con la marcha del relato popular. Especialmente con la irrupción de Manuel Pizarro como estrella invitada en el serial televisivo. Su entrada en escena ha permitido rebajar la tensión sobre Zapatero y redirigir el protagonismo de la campaña electoral hacia los número dos de cada partido. Una maniobra que permite al europeísta Felipe González alertar del giro del PP hacia la derecha ultramontana, mientras se disimula el desmelene neoliberal que supone situar a Pedro Solbes en el primer plano de la pugna política. De este modo, el Ministro de Economía, pletórico de osadía, amenaza con debates para matizar los delirios del ex presidente de Endesa. Y al mismo tiempo, el Gobierno apoya la causa saharaui regalando misiles a Marruecos, el derecho de la mujer a decidir libremente su maternidad retrocede a los años 70 del siglo pasado y el juez Baltasar Garzón se entrega ensimismado a su misión histórica de salvar la democracia prohibiendo partidos.

Mientras tanto, Sherezade continúa relatando las historias que inventara Karl Rove. Y la reality-based community española sigue entregándose al sueño dulce de las mil y una noches.

martes, 13 de noviembre de 2007

Las formas, los reyes y los nuestros

El conflicto entre las formas y los fondos ha llenado miles de páginas en la voluminosa historia del arte y las ideas. La aparente primacía de los contenidos ha impedido a menudo que la estética, con su distanciamiento, introduzca ese matiz de ponderación capaz de evitar la rigidez discursiva tan común por las geografías del dogmatismo. Por el contrario, el reproche formalista es no pocas veces un recurso hipócrita con el que se intenta esquivar el duro golpe que nos lanzan algunas verdades como puños.

No poca de esa hipocresía parece esconderse detrás de la reacción de José Luis Rodríguez Zapatero y Juan Carlos de Borbón a propósito de las intervenciones de los presidentes Hugo Chávez y Daniel Ortega en la reciente Cumbre Iberoamericana. Al menos llama la atención la vehemente defensa que Zapatero hizo de su antecesor en el cargo José María Aznar por el apelativo de “fascista” lanzado contra él por el líder venezolano. Un adjetivo que, más allá de conceptualizaciones historiográficas, no parece muy descabellado políticamente para alguien que se apresuró a cerrar filas con el golpista Pedro Carmona -como reconoció en su día el propio ministro Miguel Angel Moratinos-, convirtiendo de este modo a España en valedora frente a Europa de lo que era un acto de fuerza en contra de un gobierno democráticamente elegido.

Por eso habría sido de agradecer que Zapatero hubiera manifestado la misma firmeza que mostró defendiendo la supuesta honorabilidad atacada de Aznar, asegurando que aquella sería “la última vez” que un gobierno español injería en asuntos internos de un país soberano. Pero sin embargo no lo hizo, dejando sembrada así la duda sobre si su altercado con Chávez no escondía, a su vez, un oportuno guiño cómplice hacia la oposición venezolana que estos días se moviliza, jaleada por el Grupo Prisa, contra la reforma constitucional en marcha en el país.

En lugar de ello el presidente español prefirió resguardarse en la orden de callar lanzada por el monarca. Con estos dos gestos, la diplomacia española parece asumir en Latinoamérica la validez de aquel viejo refrán que aseguraba que “no hay peor sordo que el que no quiere oír”. Un autismo premeditado y remarcado poco después por el propio rey con su decisión de abandonar la sala para no escuchar las críticas del presidente nicaragüense contra las multinacionales españolas, consorcios económicos que, en cualquier caso, esconden más de una vergüenza por las castigadas tierras latinoamericanas.

Lo peor, con todo, no ha sido el incidente en sí, sino la llamada a rebato lanzada por los medios de comunicación españoles frente al supuesto ultraje nacional. Se asume así el rancio patrioterismo como razón de Estado. Nada puede cuestionar la defensa a ultranza de nuestros compatriotas enarbolada por Zapatero o la salvaguarda ciega de nuestras empresas asumida por el rey. Al fin y al cabo, Franklin Delano Roosevelt ya dejó claro el siglo pasado que en las políticas hacía América Latina había que proteger a los nuestros, aunque los nuestros fueran unos hijos de puta.

viernes, 19 de octubre de 2007

Mentiras sin sexo y cintas de vídeo



Hace tiempo que la actividad política en España se ha convertido en un ejercicio virtual de sombras chinescas, que nos entretiene en su proyección mientras la platónica realidad parece estar en otra parte. Eso explica en gran medida la afición cinematográfica que en las últimas semanas los dos grandes partidos están demostrando en su lucha por llevarse el gato electoral a sus respectivas aguas.

Obviamente, no se trata de una inclinación cinéfila a lo arte y ensayo, con sesudos debates de cine-club clandestino del tardo-franquismo. No, en realidad, se limitan a moverse por el espacio amable del video doméstico, como propuesta segura para atraer la atención del votante y televidente, o más exactamente, del nuevo televotante. La democracia adquiere de este modo un nuevo carácter, que cede los espacios participativos de antaño -la calle, la fábrica, el parlamento, el casino provinciano o el café- para dar paso a un nuevo referente de pluralidad en el universo divertido del YouTube.

Y es que la cosa ha ido degenerando velozmente. Muy lejos queda ya la mínima calidad formal con que se planteara Hay motivo. Ahora todo vale. Desde el candoroso video de las Juventudes Socialistas, a la caspa audiovisual que generó como réplica. Del solemne y decimonónico Mariano Rajoy convertido en una suerte de Agustina de Aragón defensora de la bandera nacional, a José Luis Rodríguez Zapatero como encarnación de una simpática Sor Citroën dispuesta a cantarnos los logros de su gobierno acompañada por los eucarísticos acordes de una guitarra.

No es extraño que ante este panorama el neonato Público nos plantee el juego de hallar las siete diferencias entre las imágenes contrastadas del presidente del Gobierno y el pretendido líder de la oposición. Un entretenimiento amable y familiar con que los mass media nos recuerdan, una vez más, lo gratificante que puede ser seguir viviendo en el sistema ideado por don Antonio Cánovas del Castillo. Menos mal que, desde dentro, Gaspar Llamazares nos prepara para esa lucha final en las barricadas de Second Life.