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martes, 20 de mayo de 2008

Los gitanos, Fabra y la tierra quemada



Desde que Carl von Clausewitz puso de manifiesto que la guerra es la continuación de la política por otros medios, no son pocos los que se han empeñado en demostrar todo lo contrario: que la política no es más que la otra cara de la guerra. De ellos surge ese afán desesperado por encontrar el enemigo ideal que acomode al ciudadano a sobrellevar la más leve duda social, política y hasta psicoanalítica como si de una guerra de trincheras se tratara. O la empecinada inclinación por convertir la táctica de tierra quemada en la mejor estrategia de supervivencia.

La turbamulta que la pasada semana arrasó los poblados chabolistas y expulsó de Nápoles a un millar de gitanos llega para recordarnos lo cerca que estamos de esa tierra quemada. Estos justicieros del vespino dejan constancia de que la bestia se despereza entre susurros de Roberto Maroni. Pero sobre todo aparecen en el momento preciso para convencer al progresismo sensato de la inevitable necesidad de una nueva vuelta de tuerca a esas miles de personas que deberán pagar con internamiento y expulsión sus carencias burocráticas y nuestros miedos.

La Directiva de Retorno que estos días se debate en Bruselas se presenta de este modo como el antídoto eficaz contra los ladridos italianos y el espectro de la tierra quemada. Su asimilación confirma así la rebeldía del acomodo, la indignada indiferencia de una bienintencionada izquierda del siglo XXI que supo cambiar a tiempo las trasnochadas lecturas del Manifiesto Comunista por la hipermodernidad de las hipotecas. No es extraño pues que hasta la propia oposición italiana, que hace poco reivindicara a José Luis Rodríguez Zapatero como el Lula del Mediterráneo, acabe legitimando los desmanes de Schengen frente a los despropósitos de Berlusconi. Al menos hasta que la próxima encuesta aconseje al Walter Veltroni o al Celestino Corbacho de turno la necesidad de meter en vereda a tanto joven extranjero por las calles.

Pero la inclinación hacia la tierra quemada no es monopolio de la frustración italiana. Tampoco faltan por estos lares quienes se decanten por la huida hacia adelante y el suelo arrasado. Lo estamos viendo estas semanas en las filas del PP donde algunos dirigentes optan por azuzar la antorcha a los pies de Mariano Rajoy, temerosos de quedarse fuera de juego en una renovación que busca subir unas décimas la intención de voto en ese espacio ectoplásmico que es el centro. Así lo ha venido haciendo Esperanza Aguirre, así lo ha escenificado María San Gil y así se desmarca ahora quien sería la envidia de Corleone en Castellón de la Plana, Carlos Fabra.

Este último es, posiblemente, quien mejor encarne el espíritu de la tierra quemada. Y también quien mejor ponga al descubierto esa extraña lógica que acaba reduciendo a cenizas una chabola en Nápoles o un despacho en Génova. Al fin y al cabo, si el incendiario Fabra hace temblar los pasillos de la sede popular por unas cuantas urbanizaciones con campo de golf, el aprendiz de camicia nera se limita a preparar el terreno para que las excavadoras urbanísticas de la Camorra hagan su negocio en el barrio de Ponticelli.

En última instancia, ya se sabe: transformar la política en la guerra por otros medios es tan fácil como convertirla en la especulación inmobiliaria por otros atajos. O si no que le pregunten a David Taguas.

lunes, 26 de marzo de 2007

Zaplana, los aviones y las lentejas

Desde Ícaro, el sueño del hombre por volar ha sido una de las constantes de la historia de los deseos. Tal vez por ello, cuando los ingeniosos bocetos de Leonardo son ya poco más que una antigualla en la compleja técnica de la aeronáutica, la experiencia de surcar los cielos continúa generando un sentimiento de poder, aunque sólo sea por la pequeñez en que vemos reducido un mundo a nuestros pies, desde la ventanilla del avión.

Esto explica, posiblemente, la inclinación por los altos vuelos que tan a menudo hallamos en la política. Relación que, sin duda, encuentra su principal plasmación en esa simbiosis inseparable que se da entre el imperialismo norteamericano de rostro hortera y un aparato como el Air Force One, el avión del presidente.

En nuestro país, los lazos entre aviación y política han tenido un carácter más castizo. Memorable fue, en este sentido, la experiencia protagonizada el 3 de abril de 1988 por el entonces vicepresidente Alfonso Guerra que tras unos días de descanso en El Algarve, no dudó en solicitar un Mystère de la Fuerza Aérea para sortear la caravana de vehículos que hacían cola en la frontera y poder llegar a tiempo a Sevilla para disfrutar la corrida en La Maestranza.

Han pasado casi veinte años desde entonces, pero la atracción por las alturas parece no conocer vértigos entre los próceres de la patria. Si bien es cierto que hace tiempo que quedaron atrás las formas izquierdistas de aquel amigo de los descamisaos, y los nuevos vientos neoliberales también han hecho su entrada en los deslices voladores de nuestros gobernantes. Véase, si no, los afanes privatizadores del actual portavoz del PP, Eduardo Zaplana, que no dudó en gastar unos 150.000 euros de las arcas del Estado, para viajar en Jet privados durante los menos de dos años que estuvo al frente del ministerio de Trabajo.

Por que el más bronceado de los políticos españoles, el eterno amigo de Julio Iglesias, no podía permitirse el lujo de viajar en transporte público, aunque fuese el puente aéreo. A fin de cuentas, la generosidad empieza por uno mismo y el cartagenero siempre ha tenido fama de dadivoso: los 182.556 euros procedentes de fondos públicos invertidos en regalos así lo atestiguan. Ay, que tiempos aquellos en que un pañuelo de seda twill o un echarpe unie brodee cachemir, permitían tener bien atada la unidad de España.

Aunque es en los pequeños detalles dónde la personalidad desprendida del dirigente popular queda mejor retratada. En esas facturas de 60 euros para que el Estado le devolviera la aportación realizada en una cuestación caritativa, o en los justificantes de compra para que le abonaran los 50 céntimos que tuvo que pagar por un paquete de chiclés, o los 1,29 euros por unas lentejas.

Y es que las dificultades por llegar a fin de mes, no son patrimonio exclusivo de Esperanza Aguirre. Hace ya mucho tiempo que Zaplana se lo había confesado a su amigo Salvador Palop: “tengo que ganar mucho dinero, me hace falta mucho dinero para vivir”. Por entonces, el dirigente del PP soñaba con un coche nuevo, aquel radiante Vectra 16 válvulas. Claro que, pasaron los años y... ¡dónde esté un avión!