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martes, 13 de mayo de 2008

Purgatorios



Cuentan de Karol Wojtila que le obsesionaba tanto el destino de su hermana nacida sin vida, que al convertirse en Juan Pablo II hizo de la revisión de las geografías del Más Allá una de sus prioridades teológicas. Fue así como terminó convencido de la inexistencia del Limbo y persuadido de la misericordia divina para con los infantes muertos sin bautizar. Esta tortuosa reflexión le condujo, a la vez, a cuestionar ese carácter físico del Cielo, Infierno y Purgatorio que Dante había legado al imaginario cristiano con tanto detalle.

Tan generosa interpretación de la Otra Vida contrasta con el apego demostrado por Wojtila al dogma, la contrarreforma y el anticomunismo cuando de abordar los asuntos terrenales se trataba. Su sucesor heredaría de él esta línea dura frente a los supuestos pecados del hombre. Pero Joseph Ratzinger, ajeno al drama personal del polaco, no tendrá reparos en proyectar también al Otro Mundo esa actitud intransigente. Por ello, a la primera oportunidad que tuvo, Benedicto XVI nos recordó que el Infierno es algo mucho más tormentoso que esa simple idea metafísica esbozada por su antecesor.
El nuevo pontífice evitó, en cualquier caso, ser más explícito sobre esos reinos de Pedro Botero, tal vez por sus limitaciones imaginativas para anunciar realidades más espeluznantes que las que día a día se viven en Bagdad, Darfur o Kabul. Del mismo modo, tampoco adelantó pistas sobre los goces que aguardan a los elegidos en el Paraíso, aconsejado sin duda por ese afán eclesiástico por reprimir cualquier atisbo de placer que pueda hacer volar las ensoñaciones de los fieles. Pero, con todo, lo que resulta más llamativo fue el total mutismo de Benedicto XVI sobre los perfiles del Purgatorio. Y ello pese a que esa tierra de nadie entre el Cielo y el Infierno por los siglos de los siglos, no sólo es el lugar que mayor número de ánimas podría acoger en los preparativos del Juicio Final, sino que desde hace tiempo se ha convertido en la cotidianidad más parecida a nuestro presente.

En efecto, desde que Francis Fukuyama decretó el fin de la historia y los consejos de administración de las principales corporaciones hicieron suya la propuesta, la mayor parte del planeta se halla sumida en una especia de Purgatorio sin remisión, un devenir en punto muerto del que, según nos advierten, no tenemos escapatoria. No en vano, si antes se presentaba como un tránsito de purificación dolorosa en el camino al Paraíso, hoy se nos aparece como un callejón sin salida cuya única alternativa es el fuego eterno. Nos permiten esquivar el abismo del infierno, es cierto, pero a cambio de renunciar a la más remota esperanza.

Esta condena a perpetua expiación atenaza por igual a hombres y geografías. La deriva que el Líbano vive agravada estos días es, de hecho, una buena muestra de este porvenir prefigurado de parálisis. Abocado al espectro de la guerra, su única alternativa es la Nada. Esa es la decisión última de un Occidente que ha dispuesto que Hizbollah no existe, que es tanto como exigir al País de los Cedros que pierda sus cedros. Una sinrazón digna de menosprecio si no existiera el precedente, hace ahora sesenta años, de decretar la inexistencia de árabes en Palestina hasta desencadenar la Nakba, la catástrofe, evidenciando así las frágiles fronteras que siempre separan a los purgatorios del Infierno.

Una lúgubre perspectiva que incluso se siente en aquellos purgatorios por cuyos ventanales parece percibirse cercano el aroma del Paraíso. Almacenes de almas en pena esperando una incógnita, como en las frías alambradas de Guantánamo donde los condenados visten con mono naranja el púdico hedor de su desesperanza. El espacio indefinido se convierte así en aséptica necrópolis donde almacenar al disidente, real o imaginado, al que se arrebata la certeza última del asesinado hasta dejarlo aterido por su nueva condición de no-vivo. Hibernación del molesto, que Europa, siempre atenta a las tendencias del otro lado del Atlántico, se apresura a reconvertir en salas de espera para esos 8 millones de visitantes con carencias burocráticas donde aguardar el retorno por la vía administrativa a sus infiernos personales.

Una realidad de letargo que termina por adherirse a la geografía íntima de nuestras pieles. Así el purgatorio se transforma en nuestra sombra, helando nuestras reacciones, imposibilitando nuestras respuestas, dejándonos sin estímulos. Hieráticos terminamos aceptando nuestra condición de congelados tras convencernos de que nuestra vida pende de un hilo, como si fuésemos arañas o ahorcados. Eso sí, con la banda sonora de los anuncios televisivos de fondo y los ladridos del cancerbero a lo lejos para recordarnos qué nos aguarda si osamos aflojar el nudo de nuestra soga.

Por todo ello Benedicto XVI evita hablarnos del Purgatorio en sus sermones, porque hacerlo sería tanto como situarnos frente al espejo de nuestras renuncias. Y para ese ejercicio de desnudar los falsos resortes de nuestra resignación es más útil Karl Marx que las Sagradas Escrituras. O ir al teatro. Sentarse en la butaca y dejarse envolver por una poética del purgatorio como la recreada en su obra por el dramaturgo Francisco Zarzoso, que se transforma en El mal de Holanda en toda una radiografía del engaño: purgatorio envuelto con colores del paraíso, pero en cuyo interior se destapa un infierno representado en tres actos. Allí, en la penumbra de la sala, podemos llegar a imaginar cómo no hay infierno ni purgatorio al que no le llegue su telón final, por muy eterno con que se nos imponga.

jueves, 25 de octubre de 2007

Los periódicos y el síndrome de la minifalda

"Es que iba provocando". Con estas palabras, u otras similares, se solía relativizar -y aún se suele seguir haciendo- infinidad de agresiones sexuales contra la mujer, creando incluso jurisprudencia en más de una sonora sentencia. La culpabilización de la víctima se esconde así en el plisado de una falda que se precipita a más o menos centímetros de la rodilla, en el escote generoso en transparencias, o en ese carmín tan subido de tono que, según sus detractores, lo convierten en violentamente irresistible para la testosterona cándida del violador.

Así la violencia ejercida contra la anatemizada hembra, se percibe como una suerte de venganza bíblica que restituye de forma ejemplarizante el equilibrio roto por su exhibicionista comportamiento. Y el agresor, reivindicado por la ley de los jueces y la sabiduría rancia de Perogrullo, conserva intacta su prepotencia de poder en lo alto de su torre de fálico marfil. Porque, a fin de cuentas y en última instancia, quien muestra carne, carne quiere; uno no es de piedra, y luego pasa lo que pasa.

Sin duda, estos argumentos escandalizarían a cualquiera que tuviera no sólo una mentalidad liberal, sino simplemente el más mínimo de sentido común. Incluso no faltarían periodistas sensibilizados que desde las páginas de los más serios, rigurosos y progresistas diarios lanzarían los más encendidos artículos y editoriales, para denunciar tan inadmisibles comportamientos sociales y judiciales.

Y, sin embargo, el manido argumento de la minifalda exhibicionista sigue llenando páginas y páginas de esos mismos diarios cuando de lo que se trata es de salvaguardar el buen orden social e internacional. De este modo, por ejemplo, los españoles podemos comprender un poco mejor por qué atacan a nuestras tropas y matan a nuestros soldados en el Líbano, tras conocer que este país tiene la provocativa desfachatez de romper el alto el fuego y disparar contra los aviones israelíes que cándidamente penetran en su espacio aéreo.

O nos descubren indignados como Venezuela, convertida en los últimos años en país minifalda por excelencia, tiene la osadía de reformar su constitución para recortar las libertades civiles en caso de emergencia. Nos ponen de nuevo en guardia ante ese iluminado sátrapa Hugo Chávez, aspirante a la eterna reelección, encaprichado en tener una constitución a medida, con las mismas disparatadas posibilidades que otorga, sin ir más lejos, la actual Constitución española.

Son ganas de provocar. Y, claro, luego pasa lo que pasa.

martes, 26 de junio de 2007

De Colombia al Líbano sin saber por qué



La muerte de seis soldados del Ejército español en Sahel al Derdara, al sur del Líbano, confirma una vez más que una de las mercancías más globalizada de la economía es, sin duda, la carne de cañón. Tres de ellos eran colombianos, mientras que los otros tres tenían el poco consuelo administrativo de disponer de un documento nacional de identidad que les acreditaba como españoles. Pero a los seis les unía el mismo paradójico sarcasmo: ninguno de ellos sabía por qué su blindado circulaba por una carretera libanesa cuando saltó por los aires.

Tampoco el resto de españoles -o colombianos, chinos o senegaleses afincados en España-, saben qué hacían allí antes de quedar reventados por la deflagración. Una ignorancia que no impedirá que sean pocos quienes puedan evitar un escalofrío de emoción al ver trasladar sus féretros cubiertos por la enseña nacional, mientras los informativos nos recuerdan la abnegada entrega de nuestros soldados en esas misiones humanitarias de paz que, hasta la fecha, no han logrado acabar con una sola de las causas que hay detrás del estallido de una guerra.

Las palabras paz y humanitarismo se transmutan así en una especia de mantra cuya mecánica repetición, noticiario tras noticiario, encauza nuestras meditaciones. Y, sobre todo, se convierten en muletillas recurrentes que permiten a los mass media evitar el tedioso trabajo de informar y analizar la realidad, con el peligro añadido de que si lo hacen, algún televidente despistado preste atención y pueda acabar conociendo los resortes del mundo donde vive. Además, con esta omisión, los responsables de contenidos de los distintos medios pueden aprovechar mejor ese tiempo en la ingrata labor de recolectar espectaculares imágenes y emotivas historias que sean del agrado de todos los públicos, especialmente de los grandes directivos de las empresas de publicidad que han de seleccionar el mejor canal para sus anunciantes.

Porque seamos serios ¿cómo vamos a tener a la familia, esa célula básica de consumo bendecida por la Iglesia y McDonals, atenta frente al televisor si se les habla de los intereses del Israel por el control hídrico del río Litani, o de los afluentes del Jordán, el Wazzani y el Hasbani, todos ellos discurriendo por el sur del Líbano? ¿Con qué imagen de vídeos de primera podríamos ilustrar la presión estadounidense sobre Siria, también desde el País de los Cedros, para desestabilizar a uno de los últimos Estados laicos en la región, después de la invasión de Iraq y tras la brutal ofensiva de Israel hace ahora cuarenta años, que acabó –con el beneplácito de la monarquías feudales del Golfo- con el proyecto nacionalista árabe que desde Egipto impulsaba Gammal Abdel Nasser? ¿Dónde podemos encontrar un hilo argumental al gusto de Coca Cola, que nos permita explicar cómo el respaldo de la población palestina a Hamás, o de la libanesa a Herzbollah, está más ligado a las frustraciones dejadas por aquella fugaz Guerra de los Seis Días y al hartazgo ante la tiranía y corrupción de nuestros leales aliados en Oriente Medio, que a pretendidos fanatismos religiosos? En fin, ¿cuál es la ubicación de la cámara más políticamente correcta, para ilustrar la importancia estratégica de Afganistán en la distribución de los recursos energéticos del Cáucaso, o como avanzada base frente al despegue de nuevas potencias como China o India, sin que se cuelen en el plano general mujeres que siguen amordazadas por el burka, nuestros colaboradores señores de la guerra ampliando sus plantaciones de opio o los cientos de civiles destripados por nuestras bombas, cuya explosión les libera de la barbarie talibán y, colateralmente, de todos los sinsabores de la vida?

En cualquier caso, tampoco hacen falta análisis tan enrevesados para los breves minutos que entre un spot publicitario y otro duran los informativos. Especialmente cuando toda esta perplejidad se puede condensar en explicaciones básicas de fácil comprensión: la conspiración internacional, la maldad suprema. Aparece así la imagen del terrorista sanguinario, sin perfiles, movido por un único propósito maligno y sin sentido. Al Qaeda sustituye de este modo en el imaginario a Fu Manchú, al Doctor No y a todos los malvados que en el mundo han sido. ¿Para qué entonces necesitamos más explicaciones si en el fondo seis ataúdes, o doscientos, de vez en cuando, tampoco son tantos? Incidentes periódicos que mantienen vivos nuestros miedos y nos empujan a buscar el reconfortante cobijo de nuestros protectores. Al fin y al cabo, no conviene olvidar que, en última instancia, si la Iglesia ha sobrevivido más de dos mil años, ha sido en gran medida, gracias al Diablo.