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martes, 4 de marzo de 2008

Otra crónica para otra muerte anunciada


Ingrid Betancourt debe morir. Así lo decidió Álvaro Uribe cuando ordenó la masacre de la selva de Sucumbíos. La bomba que destrozó el aliento de Raul Reyes incluía en su onda expansiva la sentencia última para la quebradiza mujer. Los cuerpos desgarrados de los guerrilleros, sorprendidos mientras dormían, tiroteados por la espalda, marcan así otra crónica de una de tantas muertes anunciadas en la cotidiana agonía de Colombia.

Ingrid Betancourt debe morir porque así lo marca el guión. El relato está ya escrito y los grandes editorialistas del Grupo Prisa no tienen previsto otro final. La muerte es una opción dulce. Las palabras que la frágil cautiva envía a su esposo retumban en nuestra cabeza como el seco repicar de campanas llamando a difuntos. Ya sólo falta la catarsis última, la tragedia presentida por los lectores hecha realidad.

La muerte es una opción dulce. Pero para Uribe la muerte es, por encima de los adjetivos, simplemente eso: una opción. Una posibilidad más en el frío cálculo político a la que se puede recurrir impunemente, consciente de pertenecer a ese selecto grupo de los asesinos consentidos cuyo liderazgo se regodea en asumir, en competida pugna con el primer ministro israelí Ehud Olmert.

La muerte, convertida en baza política, lleva así inevitablemente a lo irremediable. Ingrid Betancourt debe morir para echar al traste la más mínima esperanza para el castigado pueblo colombiano. Un objetivo que el presidente perseguirá con el mismo empecinado empeño con que hasta ahora ha intentado hacer fracasar cualquier proceso de liberación.

Uribe considera la muerte un simple as bajo la manga en la partida de las geoestrategias. Y no duda en jugarla fiel a su nuevo papel de mamporrero de Washington encargado gustoso de concebir desestabilizaciones contra una revolución como la venezolana -tan peligrosa por acatar la voz de sus ciudadanos-, o de llenar de escollos las turbulentas aguas por las que intenta navegar con rumbo propio Ecuador.

Por todo ello, Alvaro Uribe ha decidido que Ingrid Betancourt debe morir. Mientras, al otro lado del Atlántico los consejos de administración de algunas corporaciones hacen sus cálculos de beneficios. Y el Gobierno y el Rey de España permanecen mudos, plácidamente, sin necesidad siquiera de que alguien les mande callar.

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Imagen creada por José M. Costa

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Tierra de nadie


A fuerza de vivir a medio camino entre la globalización y la realidad virtual, hemos acabado condenados a deambular por una especia de tierra de nadie, de limbo geográfico donde afrontar el día a día. Espacio incierto al que ni la muerte parece poner perfiles definidos una vez apurado el último trago.

Es lo que le pasa a José Herrera, difunto tullido y desventurado, que espera desde hace semanas en una fría morgue valenciana que alguien decida cual es el destino final de sus incompletos huesos. Recaló con sus males en una residencia de Picassent, pero le atacó la definitiva en la habitación de un hospital de Valencia. Ahora, ni unos ni otros quieren hacerse cargo de sus incompletos huesos, o lo que es lo mismo, del gasto que supone lanzarlos a una fosa común.

Y es que ya no queda espacio físico ni para la muerte. En Guanajuato hicieron de ello virtud cuando descubrieron que aquella tierra, tan buena para las fresas en la vecina localidad de Irapuato, no lo era menos para los cadáveres en tránsito a mejor vida. El entusiasmo con que los visitantes gringos contemplaban aquellos cuerpos tan bien conservados, les animó a ir vaciando sus nichos para dejar paso a nuevos inquilinos, haciendo de sus anteriores moradores piezas valoradas de su museo de Momias.

Claro que en ocasiones la vida se encarga de destrozar tanto al últimado que no se le deja opción al terruño para obrar el milagro de la conservación. Siempre en tierra de nadie. Como a ninguna parte conducía la carretera que veintidós trabajadores afganos estaban construyendo para el ejército norteamericano en la hermosa región sureña de Nuristán. Descansaban en sus endebles tiendas cuando un avión norteamericano decidió que ya habían llegado demasiado lejos y les reventó el sueño con bombas inteligentes.

También Larami y Moushin vivían en ese agujero negro que son los banlieue, los barrios periféricos, hasta que su motocicleta se empotró contra aquel coche policial. Ahora Viliers-le-Bel arde de nuevo, espontáneo, marginal, salvaje. Mientras las fuerzas antidisturbios le recuerda que sólo son tierra de nadie.

viernes, 23 de marzo de 2007

La sombra de la soga vista bajo la mesa

El 9 de enero de 2002 tuve la oportunidad de participar en Bagdad en un encuentro en con el vicepresidente Taha Yasín Ramadán. Fue en el hotel Al-Mansur, lujoso edificio a orillas del Tigris, en otro tiempo perteneciente al grupo Melià y, ya por entonces, aquejado de falta de pintura y exceso de sinsabores.

Las baterías antiaéreas instaladas en las azoteas de los edificios colindantes, presagiaban la destrucción que se avecinaba sólo unos meses más tarde. Sin embargo, Bagdad, con su fealdad de cemento y edificios sin acabar, todavía era capaz de envolverte en su embrujo de cuento; en la aventura de buscar una cerveza por algún local del barrio cristiano caldeo; en las curiosas miradas que te escudriñaban por las calles del zoco de Al Rashid, en el desaparecido centro histórico otomano; en la surrealista escena de unos destartalados trompetistas ensayando el Cielito lindo cobijados junto al puente Al-Anrar.

La entrada de Ramadán en la sala del hotel no dejaba indiferente. Paso firme, de estricto uniforme, rodeado de asistentes y guardaespaldas. Su mirada era dura, fiera, reforzando con los ojos la contundencia de sus palabras de verde oliva. Entonces, este kurdo de 69 años mostró su confianza en que la guerra no estallaría e insistió, una y otra vez, en que su país había cumplido las imposiciones de una comunidad internacional que, se lamentaba, no buscaba armas de destrucción masiva por otras latitudes próximas como Israel. Por ello fue tajante al afirmar: “Iraq ha cumplido, ahora le toca a Naciones Unidas”.
Esta semana,Taha Yasín Ramadán ha sido ahorcado en nombre de la democracia. Las gestiones realizadas por Naciones Unidas para evitar su ejecución han sido inútiles. En realidad, el secretario general Ban-Ki-moon apenas pudo hacer poco más que esconderse bajo la mesa cuando las primeras bombas de la resistencia cayeron en la zona verde de máxima seguridad. A su lado el primer ministro Nuri al Maliki mantiene la compostura, consciente de la mirada atenta de las tropas norteamericanas.

La misma compostura que, hace unas horas, ha tenido que mantener su vicepresidente, Salam al Zobaie, cuando desde la ventanilla de su auto contempló cómo todo saltaba por los aires.