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sábado, 16 de febrero de 2008

Camps, los milagros y la fórmula 1



La velocidad provoca en los selectos círculos de la economía y la derecha política una extraña atracción. Tal vez sea porque su conservadurismo moral encuentra en el rugir de los motores y en el espeso olor de los neumáticos, un sustituto idóneo de esos desahogos eróticos confinados en las clandestinas catacumbas de sus dobles vidas. O tal vez sólo sea por esa atracción nihilista hacia el vértigo que a menudo sienten aquellos que ya se saben poseedores de todo lo que se pueda esperar.

Sea cual sea la razón, lo cierto es que esa inclinación por los coches y las carreras parece adueñarse de esos exquisitos propietarios de las altas esferas. Uno de los casos más famosos lo encarnó Mark Thatcher, el hijo de quien fuera punta de lanza junto con Augusto Pinochet y Ronald Reagan de la imposición a sangre y fuego del neoliberalismo. La afición al volante y al riesgo del hijo de la Dama de Hierro le llevó, allá por 1982, a embarcarse en la carrera del París-Dakar donde protagonizaría la involuntaria aventura de extraviarse de la ruta y permanecer durante casi una semana perdido en las tórridas arenas del desierto.

En cualquier caso, tampoco por las Españas han faltado espíritus inquietos entre la buena sociedad, dispuestos a dejarse seducir por el rechinar de los neumáticos sobre el asfalto. Buena prueba de ello son estas tierras valencianas, siempre dispuestas a fastos tan desmesurados como fugaces. Aquí Francisco Camps y Rita Barberá han sabido convertir la promoción de los más variadas pruebas automovilísticas en uno de sus principales reclamos, aprovechando la artificiosa estela de Fernando Alonso prefabricada desde sus monopolios televisivos por el yernísimo de José María Aznar. Surgía así una nueva y no menos santísima trinidad formada por el presidente de la Generalitat, Alejandro Agag y el rey de la Fórmula 1, un Bernie Ecclestone omnipotente y convencido de su hipnótico influjo en hacer y deshacer gobiernos a su antojo.

Consumado el embrujo en forma de Circuito del Motor, sólo queda el desagradable contratiempo de pagar una fórmula mágica que entre otros costosos ingredientes incluye los 3,4 millones de euros del contrato de carreras GP2, la competición en la que se ha especializado Agag como paso previo a su sueño de heredar el imperio de Bernie. Una contrariedad agravada además por la incapacidad del proyecto para generar recursos propios, como evidencian los informes oficiales, y por la imposibilidad de sacarse billetes de una chistera con los que pagar las facturas.

Obstáculos nimios, no obstante, para quienes han hecho del amor por el riesgo y la aventura una fórmula de vida política. Eso sí, una apuesta vital financiada con fondos públicos, como bien conoce Camps que ha sabido convertir las modificaciones de créditos presupuestarios en una suerte de milagro contable de los peces y los panes: se recortan 817.370 euros para rentas de integración social, 738.370 euros para el plan de vivienda, 667.460 del programa para la mejora de los municipios o se mengua en 203.140 euros el programa de ayuda humanitaria. Si todavía no hay suficiente, se puede seguir reclamando el trasvase del Ebro mientras se aminora en 551.930 euros la partida para la depuración de aguas o en 1.245.720 euros los fondos para promover el riego por goteo. Y así, sisando de aquí y de allá, se pueden reunir con facilidad los más de 35 millones de euros que son necesarios –por el momento- para que los valencianos puedan sentir cómo su comunidad con el ímpetu y la emoción de las grandes cilindradas, avanza veloz hacia ninguna parte.

jueves, 20 de diciembre de 2007

La democracia del carpetazo


Las nuevas tecnologías casi han condenado a la prehistoria de los recuerdos aquella castiza expresión que daba por acabado un asunto que se antojaba difícil e interminable: “dar carpetazo”. Aquel pesado caer de azules tapas de cartón sobre los papeles y el seco latigazo de unas gomas amarrando las esquinas, señalaban que había llegado el momento de conducir aquellos documentos y legajos a los fríos depósitos del olvido, aceptando así una lógica burocrática tan incomprensible, como incuestionable.

En cualquier caso, hoy, cuando las carpetas están quedando reducidas a un inmaterial icono en la pantalla del ordenador, seguimos sumidos en esta cultura del “carpetazo”. Más aún. Esa resolutiva forma de entender la vida se ha incrustado hasta tal punto en la sociedad que cada vez nos sorprende menos esta suerte de “democracia del carpetazo” en que se ha convertido la política.

No en vano, tiempo atrás, aún lograba escandalizarnos la facilidad con que algunos políticos recurrían a este rigor burocrático para zanjar los contratiempos. Todavía causa cierta dentera ética recordar la afirmación de “teníamos un problema y lo hemos resuelto”, lanzada por José María Aznar hace algo más que una década, para justificar la decisión de dar carpetazo a la incómoda llegada de inmigrantes a base de narcotizadas repatriaciones.

Por el contrario, a estas alturas ni siquiera nos inmuta que el progresista Gaspar Llamazares, tras sentirse exultante por haber sido designado candidato de IU con el rechazo del 14,1% de la militancia y la indiferencia del 62,5%, decida animar la participación crítica en el seno de la organización a golpe de “carpetazo”, purgando a Felipe Alcaraz, Manuel Monereo y Willy Meyer de la dirección. O desautorizando la asamblea de EUPV para ir en defensa de una minoría tan “perseguida” en el País Valenciano que tiene la mayoría en el grupo parlamentario autonómico, donde pudo aplicar la “política del carpetazo” de su mentor en Madrid y destituir contra lo acordada a la dirigente Glòria Marcos.

Lo más curioso, con todo, no es la apatía con que se reciben estos hechos, sino el alborozo con que son acogidos por comunicadores y columnistas encantados con esta nueva “democracia del carpetazo” que pone coto a las ideas “añejas” y “trasnochadas” de una izquierda que se resiste a la modernidad. No en vano, este tipo de prácticas son desde ahora esencia misma de la arquitectura política europea desde el momento en que Bruselas optó por “dar carpetazo” a la crisis abierta por el rechazo ciudadano a la Constitución comunitaria, con la expeditiva decisión de anular cualquier referéndum y aprobar el documento camuflado ahora como Tratado de Lisboa.

Eso sí, para guardar las formas, una comisión de sabios analizará los retos que aguardan al futuro de Europa. Al frente de la misma estará Felipe González, cuya filosofía política se condensa en un proverbio: “gato blanco, gato negro. Lo importante es que cace ratones”. La oposición democrática en Venezuela seguro que está encantada.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Tierra de nadie


A fuerza de vivir a medio camino entre la globalización y la realidad virtual, hemos acabado condenados a deambular por una especia de tierra de nadie, de limbo geográfico donde afrontar el día a día. Espacio incierto al que ni la muerte parece poner perfiles definidos una vez apurado el último trago.

Es lo que le pasa a José Herrera, difunto tullido y desventurado, que espera desde hace semanas en una fría morgue valenciana que alguien decida cual es el destino final de sus incompletos huesos. Recaló con sus males en una residencia de Picassent, pero le atacó la definitiva en la habitación de un hospital de Valencia. Ahora, ni unos ni otros quieren hacerse cargo de sus incompletos huesos, o lo que es lo mismo, del gasto que supone lanzarlos a una fosa común.

Y es que ya no queda espacio físico ni para la muerte. En Guanajuato hicieron de ello virtud cuando descubrieron que aquella tierra, tan buena para las fresas en la vecina localidad de Irapuato, no lo era menos para los cadáveres en tránsito a mejor vida. El entusiasmo con que los visitantes gringos contemplaban aquellos cuerpos tan bien conservados, les animó a ir vaciando sus nichos para dejar paso a nuevos inquilinos, haciendo de sus anteriores moradores piezas valoradas de su museo de Momias.

Claro que en ocasiones la vida se encarga de destrozar tanto al últimado que no se le deja opción al terruño para obrar el milagro de la conservación. Siempre en tierra de nadie. Como a ninguna parte conducía la carretera que veintidós trabajadores afganos estaban construyendo para el ejército norteamericano en la hermosa región sureña de Nuristán. Descansaban en sus endebles tiendas cuando un avión norteamericano decidió que ya habían llegado demasiado lejos y les reventó el sueño con bombas inteligentes.

También Larami y Moushin vivían en ese agujero negro que son los banlieue, los barrios periféricos, hasta que su motocicleta se empotró contra aquel coche policial. Ahora Viliers-le-Bel arde de nuevo, espontáneo, marginal, salvaje. Mientras las fuerzas antidisturbios le recuerda que sólo son tierra de nadie.

miércoles, 20 de junio de 2007

Censura, goteras y olvidos en la Valencia de la Bienal


En otros tiempos, Dios no dudaba en provocar diluvios, destruir ciudades o lanzar las plagas que fueran necesarias para dejar constancia de su divino enfado. Hoy, en la actual Valencia de la Rita apisonadora y el Camps demoledor, a Yahvé le sobra y basta con una simple gotera para evidenciar su ira celestial.
Es lo que ha pasado en la Sala la Gallera, donde una oportuna gotera obligó a cerrar precipitadamente una exposición de la Bienal que había desatado ciertas beatíficas suspicacias en algunos sectores de la iglesia valenciana. Se trata de una parte de la muestra Lo impuro y lo contaminado, una interesante experiencia artística procedente de Lima, que incluía una serie de reflexiones plásticas sobre el hecho religioso y su plasmación artística.
De entre las piezas reunidas en aquel espacio, antaño lugar de pelea de gallos, parece ser que provocó especial malestar en algunas miradas, la relectura que el joven pintor peruano Marcel Velaochaga hizo del cuadro El funeral de Atahualpa, pintado en la segunda mitad del XIX por Luis Montero. El motivo del incomodo no sería otro que la presencia en la tela de la figura del Bendicto XVI, escoltado por un marine norteamericano y sosteniendo con su santa mano la cabeza decapitada de Che Guevara.
Así, el Santo Padre aparece en el lienzo con un gesto muy distinto del proyectado por las cúpulas eclesiástica y del PP valenciano para recordarlo durante su visita a la capital del Turia, en aquel clamor de multitudes, entre flores y fallerescos altares, candoroso en su defensa de la familia, aunque firme como martillo de herejes contra feministas y homosexuales.
Afortunadamente, los responsables de la Conselleria de Cultura no tuvieron que pasar por el maltrago de la censura, porque en eso llegó la cólera divina y en forma de gotera obligó a cerrar la exposición. No para amordazar a la libertad de expresión. No, al contrario, para preservar las obras allí expuestas. Por eso, lo más grotesco no es la clausura apresurada del espacio artístico. Lo más triste es que la sala llevara semanas cerrada y nadie, absolutamente nadie, la echara en falta.
A buen seguro que donde corresponda ya habrán tomado nota de la amnesia. De ahora en adelante, en Valencia no volverá a existir la censura, esa capaz de provocar contraproducentes escándalos que atraen miradas curiosas sobre lo prohibido. A partir de ahora, bastará con cerrar las puertas sin mucho ruido a la menor gotera, porque en poco más de un suspiro nadie recuerda lo que había dentro.
Dentro de unos meses los bólidos de Bernie Ecclestone desgastarán el asfalto de las calles valencianas. Para entonces ya poco importará. Y es que hace ya mucho tiempo que las duras ruedas de los automóviles del espectáculo han reducido a su mínima expresión el frágil firme de nuestra memoria crítica.

lunes, 28 de mayo de 2007

La tierra de las flores, de la luz y del amor

Valencia es la tierra de las flores, de la luz y del amor. A partir de ahora, también es, junto con Madrid, la gran despensa de votos del PP. La foto fija de la noche electoral en la sede socialista en la calle Blanquerías, o en el Hotel Hesperia donde EU y Bloc esperaban celebrar su condición de llave del cambio, dejaba lugar a pocas dudas.
Sólo algunos semblantes contrastaban entre aquella galería de rostros desencajados: Enric Morera que observaba como la aritmética del desastre le convertían un cero por cero en dos diputados, y Carmen Alborch que después de que la apisonadora de Rita Barberá le dejase hecho unos zorros sus expectativas con diseño de Montesinos, continuaba, como siempre, sonriendo. Por el contrario, en Ignasi Pla, Glòria Marcos o Amadeo Sanchis, ni siquiera existía perplejidad. Presentaban más bien esa mirada perdida del boxeador, que tras sufrir en su rostro el castigo de una serie alternada de crochets de derecha e izquierda, siente como estalla su mentón por el impacto de un gancho y le parece estar bailando en el vacío durante ese eterno instante previo a su precipitarse sobre la lona.

Y después se hizo el silencio, mientras que afuera la música del tiovivo popular continuaba marcando sus estridentes compases de Copa América o nuevas partituras automovilísticas recreadas por Bernie Ecclestone. Un hedonismo vacío, envidiado por una izquierda realista que sólo tenía para ofrecer la diversión de una geganta de cartón piedra, y criticado por una siniestra idealista, empeñada en aguar la fiesta a los invitados en nombre de un difuso y sostenible sentido común.

Porque desde que el social-liberal Carlos Solchaga concentrara, allá por los años 80, toda la sapiencia de la nueva economía en su célebre soflama “enriqueceos”, y la posmodernidad convirtiera la cultura crítica en mera lentejuela, el respetable público está para pocos espectáculos reflexivos. El debate político se reduce así a lo básico: la izquierda que nos quitó el agua del Ebro y pretende dejarnos hasta sin “Aquí hay tomate”. O lo que es peor, los radicales trasnochados que amenazan con dejar sin recalificar el huerto del abuelo, PAI intuido con el que pagar la hipoteca del adosado o ese flamante BMW con el que llevar a los niños al colegio concertado.

Hasta el cambio climático parece conjurarse en beneficio de este Levante, por fin, eternamente feliz, transformando las estaciones en un perpetuo verano para mayor intensidad de esa luz tan alababa, junto al amor, por el célebre pasodoble. En cuanto al tercer vértice del trípode sobre el que se asientan las esencias valencianas, las flores, nada mejor que un poco de cuidado diario para lucir radiante a los ojos del jardinero más exigente. Ya se encargó de recordarlo el exultante Carlos Fabra tras conocer el recuento de papeletas: “cuanta más mierda nos echen, más crecemos”, dejando así constancia de sus amplios conocimientos sobre los asuntos del estiércol.