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sábado, 5 de abril de 2008

Tánger, siglo XXI


Son muchas las ciudades que arrastran resignadas su nostalgia de lo que nunca fueron. Tánger, sin duda, es una de ellas. Los pasos de Paul Bowles o William S. Borrouhgs son en la actualidad apenas un reclamo turístico cuyo eco se va apagando por entre el bullicio del Zoco Chico, y poco o nada queda ya de aquella ensoñación canalla de Jack Kerouac o Mick Jagger por las callejuelas de una khasba que se eleva serpenteante sobre la colina.

Por no quedar ya no quedan ni tangerinos. Al menos así se lamentan los taxistas más viejos desde su añoranza políglota de aquellos años 40 y 50, cuando la villa se proyectaba en su esplendor de ciudad abierta bajo control internacional. Tánger, espacio de cobijo y acogida, es desde hace tiempo lugar de escapada para sus habitantes, desperdigados hoy en diáspora impersonal por los suburbios de París, Marsella o Madrid. Su ausencia paseando por la playa o viendo morir el tiempo desde las mesas de un café, la ocupan ahora otros exiliados de las montañas, del campo, que ya no atraen la mirada orientalista de ningún Delacroix.

Pero, a pesar de todo, Tánger continúa teniendo una especial atracción para ese peculiar turista que se empeña en disfrazarse de viajero. Tal vez porque, como señala el tópico, todo viaje tiene en el fondo una vertiente inevitable de introspección, de situarse ante el espejo de nosotros mismos aunque sólo sea para tomar la determinación de apartar la mirada. Y pocos escaparates de nuestro lastre europeo se pueden encontrar más privilegiados que esta ciudad africana. Basta con sentarse en la terraza del Café Hafa entre aromas de té con menta y hachís, levantar la mirada y descubrirse al fondo. Allá Europa se nos presenta hecha silueta, nítida unos días o envuelta en brumas en otros, separada tan sólo por una pequeña pero implacable lengua de mar.

El Viejo Continente se descubre así cara a cara con este otro territorio a la deriva que es África. Pero de este encuentro surgen hoy pocas evocadoras imágenes y demasiada desesperanza. La de los cientos de náufragos devorados por el azul siniestro de aquellas aguas. La del vacío sin rumbo de la otra orilla.

Después, con los bolsillos llenos de incertidumbres, el visitante podrá apurar una última copa en el bar del Hotel El Minzah, donde llegará con la certeza de saber que ya no quedan espías entres sus selectas sombras coloniales. Un trago final, a salvo de las restricciones coránicas, que le descubrirá el regusto amargo de constatar que, en realidad, nunca existieron secretos que desvelar.

miércoles, 20 de junio de 2007

Censura, goteras y olvidos en la Valencia de la Bienal


En otros tiempos, Dios no dudaba en provocar diluvios, destruir ciudades o lanzar las plagas que fueran necesarias para dejar constancia de su divino enfado. Hoy, en la actual Valencia de la Rita apisonadora y el Camps demoledor, a Yahvé le sobra y basta con una simple gotera para evidenciar su ira celestial.
Es lo que ha pasado en la Sala la Gallera, donde una oportuna gotera obligó a cerrar precipitadamente una exposición de la Bienal que había desatado ciertas beatíficas suspicacias en algunos sectores de la iglesia valenciana. Se trata de una parte de la muestra Lo impuro y lo contaminado, una interesante experiencia artística procedente de Lima, que incluía una serie de reflexiones plásticas sobre el hecho religioso y su plasmación artística.
De entre las piezas reunidas en aquel espacio, antaño lugar de pelea de gallos, parece ser que provocó especial malestar en algunas miradas, la relectura que el joven pintor peruano Marcel Velaochaga hizo del cuadro El funeral de Atahualpa, pintado en la segunda mitad del XIX por Luis Montero. El motivo del incomodo no sería otro que la presencia en la tela de la figura del Bendicto XVI, escoltado por un marine norteamericano y sosteniendo con su santa mano la cabeza decapitada de Che Guevara.
Así, el Santo Padre aparece en el lienzo con un gesto muy distinto del proyectado por las cúpulas eclesiástica y del PP valenciano para recordarlo durante su visita a la capital del Turia, en aquel clamor de multitudes, entre flores y fallerescos altares, candoroso en su defensa de la familia, aunque firme como martillo de herejes contra feministas y homosexuales.
Afortunadamente, los responsables de la Conselleria de Cultura no tuvieron que pasar por el maltrago de la censura, porque en eso llegó la cólera divina y en forma de gotera obligó a cerrar la exposición. No para amordazar a la libertad de expresión. No, al contrario, para preservar las obras allí expuestas. Por eso, lo más grotesco no es la clausura apresurada del espacio artístico. Lo más triste es que la sala llevara semanas cerrada y nadie, absolutamente nadie, la echara en falta.
A buen seguro que donde corresponda ya habrán tomado nota de la amnesia. De ahora en adelante, en Valencia no volverá a existir la censura, esa capaz de provocar contraproducentes escándalos que atraen miradas curiosas sobre lo prohibido. A partir de ahora, bastará con cerrar las puertas sin mucho ruido a la menor gotera, porque en poco más de un suspiro nadie recuerda lo que había dentro.
Dentro de unos meses los bólidos de Bernie Ecclestone desgastarán el asfalto de las calles valencianas. Para entonces ya poco importará. Y es que hace ya mucho tiempo que las duras ruedas de los automóviles del espectáculo han reducido a su mínima expresión el frágil firme de nuestra memoria crítica.